Capítulo 4 Antes del domingo
Antes del domingo
Sus dos dedos se quedan bajo mi barbilla un segundo más de lo que un Don necesita para dar una orden. El pulso se me le sube a la yema. Lo siente. Lo sé porque la mirada se le oscurece, exactamente igual que cuando prometió no apartarse.
Se aparta, igual.
Dobla la foto, la guarda dentro de la chaqueta y baja la escalera de servicio como si el domingo ya hubiera empezado. Yo me quedo en el umbral, la boca abierta alrededor de un beso que no ocurrió, el sobre vacío temblándome en las manos.
No duermo. El reloj del pasillo da las cuatro, las cinco. Cada campanada suena a plazo.
A las seis Rosa entra sin golpear. Trae café y una cara de quien ya oyó lo que no debía.
—Hay un auto en la esquina que no es de esta casa —dice, bajo—. Y Tomás registró tu cuarto mientras bajabas la bandeja. Si tenías algo, ya no lo tienes.
—Solo tenía la foto.
—Entonces ya la tiene él. Peor.
Me viste. Me peina el moño con dos tirones secos, como si un pelo suelto pudiera delatarme más que una cámara a las 02:17.
—No salgas. Ni a la farmacia. Ni a ver a tu madre. Hasta el domingo, Elisa, esta casa es tu pulmón. Fuera se acaba el aire.
El nombre de mamá me golpea el estómago.
—Si no voy, dejan de pagarle la máquina.
Rosa aprieta la boca.
—Hoy el pago salió de la cuenta Aldunate. Lo vi en el recado de la mañana. Tu madre está cubierta. Tú estás comprada.
Comprada. La palabra se me queda entre los dientes, amarga, y aun así me suelta un alivio del que me avergüenzo.
Paso el día en el ala este como una sombra con llaves. Mateo no está. Su cama sigue deshecha de un lado. En el escritorio, el cajón de arriba ahora sí está cerrado con llave. La cuarta. La que no debía buscar.
A las cuatro, al cambiar las toallas, encuentro en el bolsillo del delantal un papel que no puse yo. Letra distinta a la de anoche. Más prolija.
Clínica Santa Marta. Sala 3.
Teresa pregunta por ti.
Si no llegas antes de las siete, deja de preguntar.
Se me enfrían las manos. Santa Marta es su clínica. Sala 3 es su sillón. Alguien estuvo ahí. Alguien usó su nombre con la misma calma con la que Valeria usó su amenaza.
El reloj de la mesita marca las cuatro y diez.
Rosa no está. Tomás cruza el patio con el teléfono en la oreja. El auto de la esquina sigue ahí, negro, vidrios oscuros, el motor apagado y, aun así, vivo.
Si me quedo, mamá paga mi obediencia.
Si salgo, Mateo paga mi desobediencia.
El domingo, en ambos casos, cobra alguien.
Bajo por la puerta de servicio con el delantal todavía puesto. No corro. Las que corren se ven. Cruzo el jardín lateral, el olor a laurel, la reja chica que usa el panadero. La calle me golpea con ruido normal: un perro, un bus, una mujer con bolsas. Por un segundo el mundo parece posible.
El auto de la esquina arranca.
No es el de la casa.
Doblo la primera esquina y un hombre me tapa el paso. Traje barato. Sonrisa de recado.
—Elisa Navarro. Qué puntual para ser sirvienta.
—Quítese.
—Rivas solo quiere un minuto. Un minuto te deja a la madre con máquina. Dos minutos te deja sin Don. Tú eliges el reloj.
Detrás de él, el auto abre la puerta de atrás. Vacía. Oscura. Una boca.
—No sé nada —digo.
—Por eso vales poco. Aun así vales. Sube.
Una bocina revienta el aire.
El otro auto —el de esta casa, el del maletero que anoche se fue al oeste— se planta en doble fila. La puerta se abre antes de que el coche termine de parar.
Mateo Aldunate baja sin chaqueta, la camisa blanca, los nudillos vendados a la vista. No mira al hombre. Lo atraviesa. El de Rivas da un paso atrás por instinto, ese instinto de los que conocen la diferencia entre un recado y un dueño.
—Si vuelves a decir su nombre en la calle —dice Mateo, la voz baja, precisa—, te lo hago tragar con los dientes.
—Es una calle pública —alcanza a responder el otro.
—Ella no.
Me toma de la muñeca. No duele. Duele el hecho de que el cuerpo se me adelanta, se deja llevar, entra al asiento de atrás antes de que yo decida. La puerta se cierra. El auto arranca. A través del vidrio veo al hombre de Rivas anotar algo en el aire, una deuda nueva, y desaparecer.
El cuero huele a él. A lluvia. A decisión.
—Te dije que no salieras.
—Usaron a mi madre.
—Lo sé. Por eso pagué la clínica a las nueve. Por eso hay un hombre en la Sala 3 que no es médico. Por eso —aprieta la mandíbula— tú acabas de casi subirte al auto equivocado.
—No me iba a subir.
—Temblabas. Te subías.
La ciudad pasa de lado, borrosa. Su mano sigue en mi muñeca. El pulso se me le deshace contra la palma. Él lo nota. Afloja. No suelta.
—Domingo —repito, inútil.
—Domingo Rivas se sienta a mi mesa a hablar de bodas y de muertos. Si para entonces sigues siendo un sobre que cualquiera desliza bajo una puerta, te saco de esta ciudad. Si para entonces eres mía, se atreve con otra.
Mía.
La palabra entra caliente. No es amor. Es un candado. Aun así se me abre la boca.
—No soy de nadie.
Se gira. En el asiento estrecho su rodilla toca la mía. El uniforme se me queda corto de aire.
—Entonces no tiembles cuando te toco.
Lo intento. Fracaso. El temblor me sube del muslo a la garganta. Él lo ve. Cumple lo que prometió en el pasillo.
No se aparta.
Me toma la cara con las dos manos, no con furia: con esa precisión con la que vendó, con la que cierra puertas, con la que decide quién sigue respirando. El primer beso no pide permiso. Es boca contra boca, calor, el sabor a café y a rabia. Me queda el grito atragantado entre los dientes. Le abro los labios sin querer y él entra, hondo, como quien cobra. Una mano se me baja a la nuca, me afirma, me inclina. El cinturón del asiento me corta la cadera. El mundo se reduce a su respiración dentro de la mía.
Dura poco.
Dura demasiado.
Se separa lo justo para hablarme contra la boca.
—Eso —susurra—. Para que Rivas huela, cuando te vuelva a buscar, a quién contestas.
El auto frena en el patio. Tomás ya está en la grava, la puerta de atrás de la casa abierta, la mirada bajando de mi boca hinchada a la mano de Mateo que todavía me sostiene la nuca.
—Valeria llamó —dice Tomás, sin disimulo—. Preguntó por qué la muchacha no está en la cocina. Preguntó si el Don está ocupado… con el personal.
Mateo suelta mi nuca. El frío me entra de golpe.
—Dile que sí —responde—. Y dile que el domingo se sienta donde yo diga. No al revés.
A mí, sin mirarme del todo:
—Te mudas al cuarto junto al mío. Hoy. Rosa lleva tus cosas. No vuelves a la puerta de servicio. No vuelves a la calle. Y si un papel aparece bajo tu puerta, me lo traes sin abrirlo.
Subo. Las piernas no me pertenecen.
En el cuarto nuevo —más grande, más cerca, con una puerta que da al mismo pasillo que la suya— dejo el maletín sobre la cama. En el velador ya hay un vaso de agua y las tres llaves. Al lado, una cuarta.
Negra.
Fría.
No es la del cajón.
Es la de su habitación.
Bajo el marco de la puerta, alguien ha deslizado otro sobre. Esta vez sí tiene nombre. El mío. Por dentro no hay foto.
Hay una cita médica de mamá, adelantada a mañana sábado, a las ocho. Y una letra que ya conozco:
Ven sola.
O la máquina se apaga en la sala, delante de ella.
En el pasillo, la puerta de Mateo se abre.
Me ve con el papel en la mano.
Me ve la cara.
Entiende el sábado antes de que yo abra la boca.
Y, por primera vez desde que llegué, Mateo Aldunate dice mi nombre como se dice una guerra.
—Elisa. Esta noche no cierras con llave.
