Capítulo 5 Capitulo 5

No cierro.

La llave negra se queda sobre el velador, junto al vaso de agua y al papel de Rivas. La miro tanto que el metal parece mirarme de vuelta. Si la uso, desobedezco. Si no la uso, dejo la noche abierta a un hombre que acaba de besarme como se cobra una calle.

Me siento en el borde de la cama con el uniforme todavía puesto. El moño me duele. Me lo suelto. El pelo cae, húmedo en la nuca, y el cuarto nuevo —más grande, más cerca— se llena del rumor de la casa: un grifo lejos, el reloj del pasillo, la puerta de él al otro lado del muro. No oigo pasos. Oigo mi pulso.

El papel dice las ocho. Sala de diálisis. Ven sola. O la máquina se apaga delante de ella.

Mamá no sabe nada de esto. Cree que su hija limpia pisos de ricos y que el tratamiento sigue porque alguien, en alguna parte, cumplió una palabra. Si mañana no llego, va a preguntar. Si llego sola, no voy a volver.

A las once alguien prueba el picaporte.

No entra.

El metal gira, se detiene, vuelve a su sitio. Como una pregunta. Me quedo quieta, las manos en las rodillas, el uniforme pegado a la espalda. El picaporte no se mueve más. Del otro lado, una respiración. O la invento.

—Está abierta —digo, y la voz me sale más baja de lo que quería.

La puerta cede.

Mateo no trae chaqueta. Camisa blanca, mangas dobladas, la venda de los nudillos más oscura que por la mañana. Se queda en el umbral, como si cruzarlo costara lo mismo que cruzar una frontera. Me mira el pelo suelto. Me mira la llave sin usar. Me mira la boca.

—No la cerraste.

—Me lo ordenaste.

—También te ordené que me trajeras el papel sin abrirlo.

El sobre está abierto sobre la cama. No me defiendo. Él entra. Cierra detrás de sí, sin cerrojo, y el cuarto se vuelve más pequeño. Toma el papel. Lo lee una vez. La mandíbula se le cierra.

—Ocho de la mañana —dice—. Clínica Santa Marta. Sala de diálisis. Quieren que entres sola para que yo no tenga dónde disparar sin darle a tu madre.

Se me enfría la lengua.

—Si no voy, la apagan.

—Si vas sola, te suben a un auto y la apagan igual, para que aprendas el orden.

Deja el papel. Se acerca. No me toca. El calor de su cuerpo llega antes que la mano.

—Mañana entras conmigo —continúa—. Tomás queda en la puerta de la sala. Rosa llama a la clínica a las siete y confirma que la máquina no se toca. Tú no hablas con nadie que no lleve credencial. Y si Rivas te ofrece un minuto, no se lo das.

—Van a ver que no fui sola.

—Que vean. Ya no me sirve una sirvienta invisible. Me sirve una mujer que no se sube al auto equivocado.

Mujer. No muchacha. No función. La palabra me roza la garganta.

—Valeria va a preguntar por qué el Don acompaña al personal a una diálisis.

—Valeria pregunta demasiado para alguien que todavía no vive aquí.

Da el último paso. Mis rodillas casi le tocan las piernas. Huele a lluvia y a café viejo. La venda le queda a la altura de mi hombro. Si inclinara la cara, se la rozaría.

—Anoche dijiste que no te apartarías si temblaba —susurro.

—Estás temblando.

—Tengo miedo.

—No solo.

Levanta la mano vendada. Me aparta el pelo de la mejilla, como en el estudio, pero esta vez no se detiene en el gesto. El pulgar me baja hasta la comisura. Me quedo sin aire. Él también. Lo noto en cómo se le corta la respiración, en cómo la venda roza mi piel como si el dolor de los nudillos no le importara.

—Si te beso ahora —dice, contra mi frente—, no es para que Rivas huela nada. No hay nadie en este cuarto. Si te beso, es porque llevo todo el día queriendo terminar lo del auto. Dime que no.

No digo que no.

El beso llega más lento que el del coche. Más hondo. Su boca sabe a decisión y a contención rota. Me toma la nuca. Yo le tomo la camisa, absurda, como si pudiera anclarme a la tela. El uniforme me aprieta el cuello. Él lo nota. Desabrocha el primer botón sin pedir, y el aire frío me entra en la clavícula. Me estremezco. Él se detiene con los dedos en el segundo botón, la frente contra la mía, la respiración desordenada.

—Esto no paga la deuda —murmura—. Si crees que sí, párate.

—No creo que pague nada.

—Entonces quédate quieta un segundo. Déjame oírte.

No me quedo quieta. Le busco la boca otra vez. Él suelta un sonido bajo, casi una queja, y me recuesta en la cama con una mano en la cintura y la otra todavía herida, cuidadosa, como si yo también sangrara. El colchón cruje. El papel de Rivas cae al suelo. Su peso no me aplasta: me cubre. La rodilla se le mete entre las mías, el uniforme se me sube, y el calor me sube con él, vergonzoso, lúcido, imposible de llamar solo miedo.

Me besa el cuello. La venda me raspa la piel. Yo le abro la camisa lo justo para encontrar el moretón de las costillas y, sin pensarlo, pongo la palma encima. Él se queda rígido.

—No me cures ahora —dice, ronco.

—No te estoy curando.

—Peor.

Me besa otra vez, más hondo, y la mano sana me recorre el costado por encima de la tela, lenta, aprendiendo un mapa que no debería tener. Yo arqueo la espalda. El moño deshecho se me enreda en su muñeca. Por un instante no hay Don ni delantal. Hay boca, pulso y la certeza terrible de que si seguimos, mañana no voy a poder mirar el mármol sin acordarme de esto.

Él se aparta el primero.

No del todo. Se queda sobre mí, apoyado en un codo, la respiración en mi boca, los ojos demasiado oscuros.

—No esta noche —dice—. No con ese papel en el suelo. No quiero que mañana, si algo sale mal, pienses que te tomé como anticipo.

Me arde la cara. Me arde el cuerpo donde ya no está su rodilla.

—¿Y si sale bien?

—Entonces te lo pido sin amenaza. Y tú me dices que sí sin deuda.

Se incorpora. Me abrocha el botón que abrió, despacio, como quien devuelve un arma a su funda. El gesto es más íntimo que el beso. Me arregla el cuello del uniforme. Me mira la boca hinchada y aparta la vista, como si le costara.

—Duerme. La puerta se queda sin llave. Yo me quedo en el pasillo hasta que Tomás releve. Nadie entra.

—Mateo.

Su nombre se me escapa. Él se detiene con la mano en el picaporte.

—Si mañana mi madre pregunta quién eres —digo—, no le digas Don.

Algo se le mueve en la cara. No es una sonrisa. Es una grieta.

—Le diré que pago lo que tu padre no pudo —responde—. Y que, por esta vez, no vengo a cobrar.

Sale.

No cierra del todo. Deja una rendija de luz del pasillo sobre el piso, justo donde cayó el papel. Lo recojo. Lo doblo. Lo meto bajo el colchón, como si esconder la amenaza la hiciera más pequeña.

No duermo.

A las cinco y media el cielo se pone gris. Me lavo la cara. Me pongo el uniforme. En el pasillo, Mateo ya está de traje, sin dormir, la venda nueva. Tomás espera al pie de la escalera con dos autos.

Rosa me alcanza un abrigo que no es mío.

—La máquina sigue encendida —dice—. Por ahora.

Mateo me abre la puerta del auto. Antes de subir, me habla bajo, solo para mí:

—Si en la sala alguien te llama por el apellido Aldunate, no lo corrijas.

El corazón se me para.

—No soy Aldunate.

—Hoy, delante de ellos, sí. Sube.

El auto arranca hacia la clínica. En el bolsillo del abrigo ajeno, contra el muslo, siento una sortija fría que no me puse yo.

No es de compromiso.

Es un sello.

El de la casa que, esta mañana, va a entrar conmigo a la sala donde mi madre todavía cree que su hija solo friega pisos.

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