Capítulo 6 Eres su amigo parte 1
Valeria
—Rodrigo... —murmuré asombrada.
Él me observaba como si estuviera viendo un fantasma.
—Valeria ¿qué haces aquí?
—Vivo aquí ahora —respondí, tomando distancia.
—Tenía tiempo sin verte.
—Sí, mucho tiempo.
Su mirada me recorrió con una intensidad que me incomodó.
—¿Te quedaste definitivamente en la capital?
—No. Es temporal. Mi vida está en la comarca.
—¿Y el pequeño? ¿Como se encuentra? Me imagino que ya grande.
—Tiene cinco años. Está enorme.
Intenté despedirme.
—Debo irme. Se me hace tarde.
Pero él tomó mi mano.
—Espera.
Su voz cambió, se volvió urgente.
—Te extrañé.
—¿Por qué? —pregunté desconcertada. —Solo fuiste un amigo y el mejor amigo del hombre que me abandono. No tienes por qué extrañarme.
Respiró hondo.
—Cuando estabas con Emir... siempre me gustaste. Pero era mi amigo. No podía hacerle eso. Guardé lo que sentía. Cuando él se fue con otra mujer pensé que tal vez tendría una oportunidad, pero no fui valiente. Ahora te veo y mi corazón sigue latiendo por ti. Te amo, Valeria. Puedo darte todo. A ti y a tu hijo.
Sentí un nudo en el estómago.
—Rodrigo... eso es una locura. Yo solo te veo como amigo.
—Tu hijo necesita un padre, tu un hombre como yo.
—Mi hijo no necesita un padre para estar bien. Y yo no necesito un hombre para sentirme completa.
Él se acercó más.
—Dame una oportunidad...
—No.
Pero antes de reaccionar, me besó. En los labios.
El impacto fue tan grande que tardé un segundo en procesarlo. Luego lo empujé y le di una bofetada.
—¡No vuelvas a hacer eso! ¿Qué te pasa? Eres el mejor amigo de Emir... del hombre que yo amé.
—¡Emir no vale la pena! Te dejó embarazada y se fue. Vive feliz mientras tú sigues aquí cargando con todo.
—No estoy sufriendo por él —respondí con firmeza—. Emir ya no existe en mi vida. Pero tú sigues siendo su amigo. Y yo no siento nada más que amistad por ti, no vuelvas a besarme sin preguntarme primero, si deseo correponderte.
Rodrigo bajó la mirada.
—Perdóname... no debí besarte. Pero no sabes cuánto te deseo.
—No puedo, Rodrigo. Adiós.
Me fui sin mirar atrás. Caminaba rápido, con el corazón desbocado, cuando choqué con una mujer.
—Lo siento —dije de inmediato.
—Tranquila, no fue nada —respondió con elegancia, me ayudo a levantar mi bolso.
Era una mujer sofisticada, bien vestida, con un bolso fino. Ella me sonríe en ese momento, su teléfono sonó.
—Sí, amor, ya voy.
Se despidió con una sonrisa y se dirigió hacia un auto lujoso, el mismo modelo en el que había visto subir a Marcelo minutos antes.
Fruncí el ceño.
¿Sería el mismo?
Negué con la cabeza. No era momento para distracciones.
Entré a un café cercano, pedí uno sencillo y saqué mis documentos. Escaneé el código QR. La página del hotel se abrió con un diseño elegante. Busqué la vacante de chef y subí mis papeles que ya tenia en mi correo electrónico.
Cuando apareció el botón «Aceptar» cerré los ojos.
—Dios... por favor que me acepten en ese hotel.
Presioné. La página cargó unos segundos que parecieron eternos.
«Documentos aceptados»
Sonreí con alivio.
Luego apareció un mensaje solicitando mi correo y número de contacto. Los escribí con manos temblorosas y envié la información.
Minutos después recibí una respuesta automática:
«En 24 horas nos comunicaremos con usted para informarle si pasa a la etapa de entrevista.»
Miré la pantalla y respiré hondo.
Era el momento de que mi vida cambiara.
Por primera vez en mucho tiempo, sentí una pequeña chispa de esperanza.
Tal vez ese trabajo ya era mío.
Cuando llegué al apartamento de mi hermano, dejé mi bolso sobre la mesita y entré en la habitación. Mi hijo estaba con Jennifer; al verme, se levantó a toda prisa y corrió hacia mí.
—¡Mita! Pensé que no ibas a venir nunca. Estaba aburrido y quería estar contigo.
—Tranquilo, cariño. Estuve ocupada todo el día, pero ya estaremos juntos. Sin embargo, primero iremos a ver a nuestra mamita.
—Sí, mami. Sí iremos a ver a la abuelita. La extraño mucho.
Apreté a mi hijo con fuerza entre mis brazos. Por él era capaz de todo y por mi madre también.
—¿Cómo te fue? —me preguntó Jennifer.
Le sonreí.
—Digamos que en espera.
—De verdad, qué alivio. Entonces eso significa que podrías conseguir un trabajo.
Moví la cabeza en señal de asentimiento y luego le dije a mi hijo que fuera a quitarse la ropita para darle un baño antes de hablar con Jennifer. Ella era una persona muy importante en nuestras vidas, una confidente, era como una hermana para mí. Además, apreciaba mucho a mamá; por eso, siempre le contábamos todo.
—No sé si te acuerdas de Marcelo. Hace mucho tiempo, él estaba cuando tú apenas habías llegado a trabajar con nosotras en la colonia.
