Capítulo 1 La mujer que volvió de la cárcel
La primera vez que Sofía escuchó la palabra libertad, no sintió alegría.
Sintió miedo.
El sonido metálico de la puerta de la prisión abriéndose detrás de ella fue demasiado extraño. Durante cinco años había escuchado ese ruido desde el otro lado de los barrotes, siempre significando lo mismo: otra revisión, otra orden, otro guardia entrando para recordarle que su vida ya no le pertenecía.
Pero aquella mañana era diferente.
La puerta no se cerró detrás de ella.
Por primera vez en mil ochocientos veinticinco días, nadie le dijo que regresara a su celda.
Sofía dio un paso fuera del edificio gris y quedó inmóvil bajo la luz del sol.
Había olvidado cómo se sentía el calor sobre la piel.
Había olvidado cómo era caminar sin escuchar el eco de sus propios pasos vigilados.
Había olvidado cómo era respirar sin que el aire tuviera olor a humedad, metal y desesperanza.
Pero había algo que nunca había olvidado.
El rostro del hombre que destruyó su vida.
Alejandro Rivas.
El fiscal estrella.
El hombre que todos admiraban.
El joven brillante que había llevado a la cárcel a una supuesta asesina y había construido una carrera sobre su caída.
El hombre que presentó las pruebas que convencieron al jurado de que Sofía era un monstruo.
Una mujer fría.
Una asesina sin remordimientos.
Durante cinco años, su nombre había aparecido en periódicos, programas de televisión y expedientes judiciales acompañado de palabras que todavía le quemaban la memoria.
"Culpable".
"Manipuladora".
"Peligrosa".
Pero nadie había preguntado qué había pasado realmente aquella noche.
Nadie excepto ella.
Porque Sofía sabía una cosa.
Ella no había matado a nadie.
Y Alejandro Rivas lo sabía.
O al menos eso era lo que ella creía.
Apretó los dedos alrededor del pequeño bolso que llevaba consigo. Dentro estaba lo único que había conservado durante aquellos años: una fotografía vieja.
La única prueba que no pudieron quitarle.
En ella aparecía ella misma junto a Daniel Ortega, el hombre cuya muerte la había convertido en una criminal.
Todos dijeron que eran amantes.
Todos dijeron que ella lo había asesinado por dinero.
Todos dijeron que la encontraron junto a su cuerpo con el arma en la mano.
Pero nadie habló de la tercera persona que estaba allí.
Nadie habló de la sombra que apareció en la cámara de seguridad antes de que el video desapareciera.
Nadie habló de las llamadas que recibió Daniel durante las últimas semanas de su vida.
Y nadie quiso escuchar a Sofía cuando gritó que alguien estaba usando a Alejandro Rivas para condenarla.
Porque Alejandro no era un hombre cualquiera.
Era el fiscal que podía destruir una reputación con una frase.
El hombre cuya palabra valía más que cualquier prueba.
El hombre que miró a Sofía a los ojos durante el juicio y dijo:
—No existe ninguna duda. La acusada sabía exactamente lo que estaba haciendo.
Aquella frase la condenó.
No el juez.
No el jurado.
Él.
Sofía cerró los ojos durante unos segundos.
Cinco años.
Cinco años imaginando este momento.
Había pensado en golpearlo.
En hacerlo sufrir.
En verlo perder todo aquello que ella perdió.
Pero ahora que estaba libre, una sola pregunta ocupaba su mente.
¿Dónde estaba Alejandro Rivas?
Tres semanas después.
El nombre de Alejandro Rivas ya no aparecía en los periódicos.
Eso fue lo primero que descubrió Sofía.
Había esperado encontrarlo en un despacho elegante, rodeado de abogados, defendiendo su reputación o recibiendo premios por su brillante carrera.
Pero no.
El hombre que había destruido su vida había desaparecido.
Literalmente.
Su antigua oficina estaba cerrada.
Sus redes sociales estaban abandonadas.
Los artículos sobre él terminaban todos de la misma manera:
"Tras un escándalo relacionado con irregularidades en el caso Ortega, el fiscal Alejandro Rivas presentó su renuncia."
Sofía frunció el ceño.
Irregularidades.
Una palabra demasiado pequeña para describir lo que él le hizo.
Siguió investigando.
Después de años encerrada, había aprendido algo importante:
La verdad nunca estaba donde todos miraban.
Estaba escondida en los lugares que nadie quería revisar.
Después de varios días siguiendo pistas, llegó a una dirección.
Un pequeño pueblo perdido entre montañas.
Allí vivía Alejandro Rivas.
Sin título.
Sin poder.
Sin reconocimiento.
Un hombre que había pasado de ser uno de los fiscales más prometedores del país a un desconocido encerrado en una casa vieja lejos de todo.
Sofía sonrió con amargura.
¿Arrepentimiento?
¿Culpa?
No le importaba.
Ella no había tenido una segunda oportunidad.
Él tampoco la tendría.
La casa estaba exactamente como esperaba.
Pequeña.
Vieja.
Demasiado humilde para alguien como Alejandro Rivas.
Sofía observó desde el interior de su automóvil cómo un hombre salió al porche con una caja de madera entre las manos.
Su corazón se detuvo durante un instante.
Cinco años.
Cinco años imaginando su rostro.
Pero Alejandro había cambiado.
Ya no era el hombre seguro que caminaba por la sala del tribunal con un traje impecable y una sonrisa arrogante.
Ahora parecía cansado.
Más viejo.
Como si hubiera cargado una culpa demasiado pesada durante demasiado tiempo.
Sofía bajó del vehículo.
Cada paso hacia él era una herida abierta.
Alejandro levantó la mirada.
Y cuando la vio, dejó caer la caja.
Los documentos se esparcieron por el suelo.
Durante varios segundos ninguno dijo nada.
Hasta que él susurró:
—Sofía...
Escuchar su voz después de tantos años hizo que toda la rabia regresara.
—No esperaba que me recordaras.
Alejandro tragó saliva.
—Nunca dejé de hacerlo.
Ella soltó una risa fría.
—Qué curioso. Yo tampoco dejé de recordar al hombre que me envió cinco años a prisión.
El rostro de Alejandro se endureció por el dolor.
—Yo no fui quien te condenó.
Sofía sintió que la ira le quemaba el pecho.
—¿Perdón?
Él dio un paso hacia ella.
—Las pruebas eran falsas.
Silencio.
Aquella respuesta no era la que esperaba.
—¿Qué acabas de decir?
Alejandro miró hacia la casa, como si temiera que alguien pudiera escucharlos.
—El caso Ortega fue una mentira desde el principio.
Sofía apretó los puños.
—Tú presentaste esas pruebas.
—Sí.
—Tú convenciste al jurado.
—Sí.
—Tú dijiste que era culpable.
Alejandro bajó la mirada.
Y por primera vez, Sofía vio algo que nunca había imaginado encontrar en él.
Miedo.
—Porque alguien me entregó pruebas que parecían imposibles de cuestionar.
Sofía negó con la cabeza.
—Ahora quieres que crea que también eres una víctima.
—No quiero que me creas.
Alejandro levantó la mirada.
—Quiero que descubras quién nos destruyó a los dos.
Antes de que Sofía pudiera responder, un sonido interrumpió la conversación.
El teléfono de Alejandro comenzó a sonar.
Él miró la pantalla.
Y toda la sangre abandonó su rostro.
Sofía observó cómo sus dedos empezaban a temblar.
—¿Quién es? —preguntó.
Alejandro no respondió.
Porque en la pantalla había un mensaje.
Un mensaje enviado desde un número desconocido.
Sofía alcanzó a leer las palabras antes de que él bloqueara el teléfono.
Solo decía:
"La prisión no fue el castigo de Sofía. Fue la primera parte del plan."
Pero eso no fue lo que hizo que Alejandro palideciera.
Fue la fotografía adjunta.
Una fotografía tomada la noche del asesinato.
Una fotografía que demostraba que Sofía no estaba sola aquella noche.
Porque detrás de ella, oculto entre las sombras...
aparecía Alejandro Rivas.
