Capítulo 2 El hombre que también fue condenado

Sofía no apartó la mirada del teléfono de Alejandro.

La imagen seguía grabada en su mente.

Una fotografía borrosa.

Una noche oscura.

Un cuerpo sin vida.

Y él.

Alejandro Rivas.

El hombre que había construido el caso contra ella aparecía en la escena del crimen que la llevó a prisión.

Durante cinco años había imaginado cientos de veces aquella noche.

Había recordado cada segundo.

Cada sonido.

Cada detalle.

El olor de la lluvia golpeando las ventanas del edificio abandonado.

La sangre en el suelo.

El cuerpo de Daniel Ortega.

La policía entrando.

Las luces azules iluminando la habitación.

Y después...

Alejandro.

El fiscal que apareció con una carpeta llena de pruebas y una mirada fría.

El hombre que aseguró que ella había cometido un asesinato.

Pero nunca había recordado verlo allí.

Nunca.

—Explícame esa fotografía —dijo Sofía.

Su voz salió más baja de lo que esperaba.

Alejandro permaneció inmóvil.

Parecía estar esperando ese momento desde hacía años.

—No puedo.

La respuesta hizo que la rabia de Sofía regresara de inmediato.

—¿No puedes?

Se acercó a él.

—Después de cinco años encerrada, después de perder mi familia, mi reputación y mi vida, ¿esa es tu respuesta?

Alejandro no retrocedió.

Pero tampoco intentó defenderse.

—No puedo porque no recuerdo haber estado allí.

Sofía soltó una risa amarga.

—Claro.

Negó lentamente.

—Ahora resulta que eres un hombre inocente que olvidó estar en la escena de un asesinato.

—No olvidé.

Su tono cambió.

Por primera vez dejó ver una grieta en su seguridad.

—Me hicieron olvidar.

El silencio cayó entre ambos.

Sofía lo observó con incredulidad.

—¿Qué significa eso?

Alejandro miró alrededor.

El pequeño pueblo parecía tranquilo.

Demasiado tranquilo.

Pero él actuaba como si las paredes tuvieran oídos.

—Entra a la casa.

—No.

—Sofía...

—No voy a entrar en la casa del hombre que me mandó a prisión como si fuéramos amigos.

Alejandro apretó la mandíbula.

—No somos amigos.

La miró fijamente.

—Somos dos personas que fueron utilizadas por alguien que todavía está libre.

Aquella frase la golpeó porque, aunque odiaba admitirlo, tenía sentido.

Demasiadas cosas no encajaban.

El juicio había sido demasiado perfecto.

Las pruebas habían aparecido demasiado rápido.

Los testigos habían declarado exactamente lo necesario.

Y después de condenarla...

todos desaparecieron.

Pero aceptar la posibilidad de que Alejandro también hubiera sido manipulado significaba abrir una puerta que ella había mantenido cerrada durante cinco años.

Una puerta donde él no era el monstruo.

Y Sofía no estaba preparada para eso.

La casa de Alejandro era aún más humilde por dentro.

No había fotografías.

No había recuerdos.

No había nada que indicara que allí vivía alguien.

Parecía más una habitación de espera que un hogar.

Sofía observó los documentos apilados sobre la mesa.

Expedientes.

Notas.

Copias del antiguo juicio.

Su propio rostro aparecía en varias páginas.

Eso la enfureció.

—¿Me has estado investigando?

Alejandro negó.

—He estado intentando arreglar mi error.

Sofía tomó una carpeta.

—¿Durante cinco años?

—Durante cinco años.

La abrió.

Dentro había informes que ella nunca había visto.

Movimientos bancarios.

Registros telefónicos.

Fotografías.

Nombres tachados.

—¿Qué es esto?

Alejandro se acercó.

—La investigación que hice después del juicio.

—¿Después?

Sofía levantó la mirada.

—¿Por qué?

Él tardó unos segundos en responder.

—Porque una semana después de enviarte a prisión descubrí algo que no tenía sentido.

—¿Qué cosa?

Alejandro señaló una página.

Era un informe de laboratorio.

—La prueba principal que te condenó.

Sofía miró el documento.

—El arma.

—Sí.

—¿Qué pasa con ella?

Alejandro respiró profundamente.

—Nunca estuvo registrada como evidencia oficial.

Sofía frunció el ceño.

—Eso es imposible.

—Lo sé.

Señaló varias hojas.

—Pero cuando intenté revisar la cadena de custodia, descubrí que alguien había creado una copia falsa del expediente original.

Sofía sintió un escalofrío.

—¿Y tú no dijiste nada?

El rostro de Alejandro se endureció.

—Intenté hacerlo.

—¿Intentaste?

—Al día siguiente de descubrirlo, recibí una amenaza.

Sofía permaneció callada.

—Me enviaron una fotografía de mi hijo.

La expresión de Sofía cambió.

No sabía que Alejandro tenía un hijo.

—Me dijeron que si hablaba, él pagaría las consecuencias.

Por primera vez, ella vio algo diferente en Alejandro.

No culpa.

Dolor.

—Entonces seguiste adelante.

Él cerró los ojos.

—Sí.

—Y me dejaste ir a prisión.

La culpa apareció nuevamente en su rostro.

—Sí.

Aquella confesión fue peor que cualquier excusa.

Porque no intentó negarlo.

No intentó hacerse la víctima.

Simplemente aceptó que había fallado.

Sofía dejó la carpeta sobre la mesa.

—Te odio.

Alejandro la miró.

—Lo sé.

—Pero necesito saber quién hizo esto.

—También lo sé.

Ella se quedó quieta.

—¿Qué?

Alejandro caminó hasta un cajón cerrado con llave.

Sacó una pequeña caja metálica.

Dentro había fotografías, documentos y una memoria USB.

—Encontré esto hace dos meses.

Sofía tomó la primera fotografía.

Su respiración se detuvo.

Era Daniel Ortega.

Pero no estaba muerto.

Era una imagen tomada una semana antes del asesinato.

Y junto a él aparecía una persona que Sofía conocía demasiado bien.

Una persona que había declarado contra ella en el juicio.

El testigo principal.

El hombre cuya declaración había terminado de hundirla.

—Esto no puede ser...

Alejandro la observó.

—Por eso sé que ambos fuimos engañados.

Sofía pasó la fotografía con manos temblorosas.

Entonces encontró algo escrito detrás.

Una fecha.

Y una frase.

"El verdadero juicio comenzó después de la condena de Sofía."

Antes de que pudiera preguntar qué significaba, el teléfono de Alejandro volvió a sonar.

Esta vez no era un mensaje.

Era una llamada.

Número desconocido.

Alejandro miró la pantalla y palideció.

—No contestes —dijo Sofía.

Pero él ya había presionado el botón.

Durante unos segundos solo hubo silencio.

Después una voz distorsionada habló al otro lado.

Una voz que ambos reconocieron.

Porque pertenecía a alguien que debía estar muerto.

—Alejandro... Sofía...

La sangre de Sofía se congeló.

La voz continuó:

—Me alegra saber que finalmente descubrieron la verdad.

Pausa.

Un segundo.

Dos.

Y entonces llegó la frase que cambió todo.

—Aunque es una pena que hayan tardado tanto... porque el próximo nombre en mi lista es el de la persona que más quieren proteger.

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