Capítulo 3 El testigo que volvió de la muerte

La llamada terminó.

Pero la voz permaneció.

Sofía seguía mirando el teléfono de Alejandro como si aquel pequeño aparato pudiera explicarle cómo era posible lo imposible.

Una persona muerta acababa de hablar con ellos.

Durante años había aprendido a desconfiar de todo.

De los jueces.

De los abogados.

De los medios.

Incluso de su propia memoria.

Pero había algo que nunca pensó cuestionar.

La muerte.

—¿Quién era? —preguntó finalmente.

Alejandro no respondió.

Seguía mirando la pantalla apagada.

—Alejandro.

Él levantó la vista.

Y Sofía descubrió algo que la inquietó más que la llamada.

Él tenía miedo.

No era miedo a perder su reputación.

No era miedo a ser descubierto.

Era miedo por alguien.

—Era Martín Salcedo.

El nombre golpeó la habitación como una explosión.

Sofía dejó de respirar durante unos segundos.

—No.

Alejandro asintió lentamente.

—Sí.

—Eso es imposible.

Martín Salcedo había sido el testigo principal del caso Ortega.

El hombre que aseguró haber visto a Sofía salir del edificio después del asesinato.

El hombre cuya declaración terminó de destruir cualquier posibilidad de defensa.

Pero también era un hombre muerto.

Había fallecido dos años atrás en un accidente de automóvil.

Al menos eso decía la versión oficial.

—Vi su funeral —susurró Sofía.

—Yo también.

Ella caminó hacia la mesa y tomó la fotografía que Alejandro tenía allí.

—Entonces alguien está usando su identidad.

Alejandro negó.

—No.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?

Él señaló el teléfono.

—Porque Martín tenía una frase que solo nosotros dos conocíamos.

Sofía frunció el ceño.

—¿Nosotros?

Alejandro la miró.

—Antes del juicio.

Ella sintió un golpe en el pecho.

Antes del juicio.

Antes de que él se convirtiera en su enemigo.

Antes de que todo se destruyera.

—¿Qué frase?

Alejandro tardó unos segundos.

—Me dijo: "Si alguna vez descubres que el caso está manipulado, busca a la mujer que todos quieren convertir en culpable".

Sofía permaneció inmóvil.

—¿Y por qué nunca me lo dijiste?

La culpa volvió a aparecer en el rostro de Alejandro.

—Porque cuando intenté buscarte después del juicio, alguien llegó antes que yo.

—¿Quién?

—El mismo hombre que me amenazó.

El silencio se volvió pesado.

Sofía cruzó los brazos.

—Sigues hablando como si todo fuera una conspiración enorme.

Alejandro abrió un cajón y sacó un expediente.

Lo dejó frente a ella.

—Porque lo es.

Sofía abrió la carpeta.

Dentro había fotografías recientes.

Demasiado recientes.

Su corazón se aceleró.

Eran imágenes de ella.

Saliendo de prisión.

Entrando a un supermercado.

Caminando por una calle.

Incluso una fotografía tomada esa misma mañana cuando llegó al pueblo.

—¿Me estaban siguiendo?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

Alejandro no respondió.

Y esa respuesta fue suficiente.

Sofía cerró la carpeta lentamente.

—Desde antes de que saliera.

Alejandro asintió.

—Desde antes de que recuperaras tu libertad.

Por primera vez desde que había llegado, Sofía sintió algo diferente al odio.

Sintió peligro.

Porque durante cinco años había pensado que su enemigo era Alejandro Rivas.

Pero quizás Alejandro solo había sido una pieza.

Una pieza reemplazable.

La noche cayó sobre el pequeño pueblo.

Sofía se negó a quedarse en casa de Alejandro.

No confiaba en él.

Todavía no.

Pero tampoco podía irse.

No después de saber que alguien la estaba vigilando.

Terminó hospedándose en un pequeño hotel cercano.

Aunque apenas pudo dormir.

Cada ruido la mantenía alerta.

Cada sombra detrás de la ventana parecía una amenaza.

A las tres de la mañana, su teléfono vibró.

Número desconocido.

Durante varios segundos pensó en ignorarlo.

Pero algo dentro de ella le dijo que contestara.

—¿Quién es?

No hubo respuesta inmediata.

Solo una respiración al otro lado.

Después una voz.

—Deberías haber dejado morir la verdad, Sofía.

Ella se incorporó en la cama.

—¿Quién eres?

—La persona que intentó salvarte.

Sofía apretó el teléfono.

—Mentira.

La voz soltó una pequeña risa.

—Sigues siendo igual de desconfiada.

Aquella frase hizo que se quedara inmóvil.

Porque esa era una frase que alguien cercano a ella solía decir.

Alguien que conocía antes de la prisión.

—¿Quién eres?

Esta vez la voz respondió.

Y la sangre de Sofía se congeló.

—Soy la persona que estaba contigo la noche en que Daniel Ortega murió.

El teléfono casi cayó de sus manos.

—Eso es imposible.

—No.

Pausa.

—Lo imposible es que todavía creas que Alejandro fue tu enemigo.

Sofía se levantó de la cama.

—¿Dónde estás?

La persona al otro lado guardó silencio.

Después llegó un mensaje.

Una ubicación.

Y una última frase.

"Ven sola si quieres saber quién puso el arma en tus manos."

Sofía miró la pantalla.

Sabía que podía ser una trampa.

Sabía que era exactamente lo que haría alguien que quisiera destruirla.

Pero también sabía algo más.

Aquella persona tenía información que nadie más tenía.

Tomó su chaqueta y salió.

El antiguo almacén estaba abandonado.

Demasiado silencioso.

Sofía avanzó lentamente.

Cada paso levantaba polvo del suelo.

—Estoy aquí.

Su voz resonó entre las paredes.

Nada.

Entonces escuchó un aplauso lento.

Una figura salió de las sombras.

Sofía se quedó paralizada.

No por miedo.

Por reconocimiento.

Porque conocía ese rostro.

Lo había visto en el juicio.

Lo había visto declarar contra ella.

Lo había visto llorar frente al jurado diciendo que quería justicia.

El testigo que había acabado con su libertad.

Martín Salcedo.

Vivo.

Él sonrió.

—Hola, Sofía.

Ella retrocedió un paso.

—Tú estás muerto.

Martín inclinó la cabeza.

—Eso fue lo que todos necesitaban creer.

Sofía sintió que el mundo se detenía.

Pero antes de que pudiera hacer una pregunta, una luz apareció detrás de ella.

Un sonido seco.

El seguro de un arma siendo retirado.

Una voz masculina habló desde la oscuridad:

—Qué reunión tan conmovedora.

Sofía se giró lentamente.

Y reconoció esa voz.

Era la misma que había escuchado en la llamada.

Pero lo que vio después cambió todo.

Porque el hombre que apuntaba el arma hacia ella...

era alguien que había jurado protegerla durante el juicio.

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