Capítulo 4 El hombre que debía estar muerto

Durante cinco años, Sofía había imaginado encontrar al hombre que destruyó su vida de muchas maneras.

Había imaginado verlo derrotado.

Arrepentido.

Asustado.

Había imaginado que Alejandro Rivas sería quien tendría que enfrentarse a sus preguntas.

Pero nunca imaginó estar en un almacén abandonado, con un testigo muerto frente a ella y un arma apuntando a su espalda.

La voz detrás de ella volvió a hablar.

—Qué decepción, Sofía.

Ella no se movió.

No porque no tuviera miedo.

Sino porque había aprendido que mostrar miedo era regalarle poder a la persona equivocada.

—¿Quién eres? —preguntó.

El hombre salió lentamente de las sombras.

Y cuando la luz iluminó su rostro, Sofía sintió que algo dentro de ella se rompía.

Era Javier Molina.

El antiguo asistente legal de Alejandro Rivas.

El hombre que estuvo presente durante todo el juicio.

El hombre que siempre se mostró amable con ella.

El único que, durante las audiencias, evitaba mirarla a los ojos.

Ahora sostenía un arma con una tranquilidad aterradora.

—Pensé que me reconocerías antes.

Sofía apretó la mandíbula.

—Tú trabajabas con Alejandro.

Javier sonrió.

—Todos creen que Alejandro era el cerebro.

Miró de reojo a Martín Salcedo.

—Pero Alejandro solo era la cara visible.

El silencio cayó sobre el almacén.

Sofía sintió un escalofrío.

—¿Tú preparaste las pruebas?

Javier no respondió inmediatamente.

Esa pequeña pausa fue suficiente.

La respuesta ya estaba ahí.

—Sí.

La palabra salió con una calma que la enfureció.

Sofía dio un paso hacia él.

—Me enviaste a prisión.

—No.

Javier negó lentamente.

—Te envié a donde necesitábamos que estuvieras.

La rabia reemplazó cualquier miedo.

—¿Necesitábamos?

Sofía soltó una risa amarga.

—¿Quiénes son "nosotros"?

Javier no contestó.

Y esa fue la primera señal de que incluso él tenía miedo.

No de ella.

De alguien más.

—Dime la verdad —exigió Sofía—. ¿Por qué yo?

Martín Salcedo observaba en silencio desde un rincón.

Finalmente habló.

—Porque tú eras la única persona que podía descubrirlo.

Sofía giró hacia él.

—¿Descubrir qué?

Martín bajó la mirada.

Parecía cargar con el peso de todos esos años.

—Que Daniel Ortega no murió por casualidad.

El nombre hizo que Sofía quedara inmóvil.

Daniel.

El hombre cuya muerte había cambiado su vida.

El hombre por el que había perdido cinco años.

—Todos dijeron que yo lo maté.

—Porque era necesario que todos lo creyeran.

Martín dio un paso adelante.

—Daniel estaba investigando una red de corrupción que involucraba jueces, fiscales y empresarios.

Sofía negó.

—Eso no tiene sentido.

—Tiene demasiado sentido.

Martín sacó un sobre viejo de su chaqueta.

Lo lanzó al suelo frente a ella.

Sofía lo recogió.

Dentro había documentos.

Transferencias bancarias.

Nombres.

Fechas.

Y una firma.

Una firma que reconoció inmediatamente.

Su respiración se detuvo.

—No...

Alejandro.

Era la firma de Alejandro Rivas.

Por unos segundos, todo volvió a encajar de la peor manera.

El hombre que decía haber sido manipulado.

El hombre que decía haber intentado descubrir la verdad.

Su nombre estaba en los documentos.

Javier sonrió al ver su reacción.

—Ahora entiendes por qué nadie puede saber la verdad.

Sofía levantó la mirada.

—¿Alejandro estaba involucrado?

Nadie respondió.

Y ese silencio dolió más que cualquier mentira.

Horas antes, Alejandro Rivas había llegado al hotel buscando a Sofía.

Había intentado llamarla varias veces.

Sin respuesta.

Entonces encontró la puerta de su habitación abierta.

Y supo que algo había ocurrido.

Sobre la cama había una fotografía.

Una fotografía reciente.

Sofía entrando al almacén.

En la parte trasera solo había una frase:

"Siempre llegas tarde, Alejandro."

El mensaje era claro.

Alguien quería que él llegara después.

Como siempre.

Como en el juicio.

Como aquella noche.

Apretó la fotografía con fuerza.

Cinco años atrás había cometido el peor error de su vida.

Había creído que tenía el control.

Había creído que podía manejar un sistema corrupto desde dentro.

Y había perdido.

Pero esta vez no permitiría que Sofía pagara otra vez.

Aunque ella nunca lo perdonara.

Aunque terminara odiándolo.

En el almacén, Sofía seguía mirando los documentos.

Su mente buscaba una explicación.

Una mentira.

Una manipulación.

Algo que demostrara que Alejandro no era quien parecía.

Pero no encontraba nada.

Javier se acercó.

—Ahora entiendes por qué Alejandro renunció.

—¿Por qué?

—Porque descubrió demasiado tarde que él también era una pieza.

Sofía levantó la mirada.

—Entonces ¿por qué su firma está aquí?

Javier sonrió.

—Esa es la pregunta correcta.

Un ruido interrumpió la conversación.

Todos se quedaron quietos.

Alguien había entrado al almacén.

Javier levantó el arma.

Martín retrocedió.

Y Sofía escuchó unos pasos acercándose.

Pero no eran pasos de un desconocido.

Eran pasos que reconocía.

Alejandro apareció en la entrada.

Su rostro cambió al verla.

—Sofía.

Ella lo miró con una mezcla de furia y confusión.

—¿Tú sabías esto?

Alejandro vio los documentos en sus manos.

Y perdió el color del rostro.

—¿Dónde encontraste eso?

Sofía sintió un vacío en el estómago.

Porque esa no era la reacción de un hombre sorprendido.

Era la reacción de un hombre que sabía exactamente lo que estaba viendo.

—Respóndeme, Alejandro.

Él dio un paso hacia ella.

—Sofía, escucha...

Pero ya era tarde.

Porque Javier sonrió detrás de ambos.

Y dijo las palabras que cambiarían para siempre la forma en que ella veía al hombre que destruyó su vida:

—Dile la verdad, Alejandro.

Pausa.

—Dile que tú no solo eras el fiscal del caso.

Sofía miró a Alejandro.

Y entonces Javier terminó la frase:

—Tú eras el principal sospechoso del asesinato de Daniel Ortega.

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