Capítulo 5 El principal sospechoso

—Tú eras el principal sospechoso del asesinato de Daniel Ortega.

Las palabras de Javier quedaron suspendidas en el aire como una amenaza imposible de ignorar. Sofía no se movió. Durante cinco años había repetido la misma historia una y otra vez, intentando comprender cómo una vida podía destruirse con tanta facilidad. Daniel Ortega había muerto. Ella había sido encontrada junto a su cuerpo. Las pruebas habían aparecido una tras otra, construyendo una acusación perfecta. Alejandro Rivas había presentado aquel caso ante el tribunal con una seguridad que ella jamás olvidaría, y finalmente un jurado había decidido que era culpable. La historia siempre había sido sencilla, cruel y definitiva. Pero ahora una sola revelación amenazaba con destruir todo lo que Sofía creía saber.

Giró lentamente la cabeza hacia Alejandro. Él permanecía inmóvil cerca de la entrada del almacén, con el rostro tenso y la mirada fija en Javier. Por primera vez desde que Sofía lo había encontrado en aquel pequeño pueblo, no parecía tener una respuesta preparada. Había culpa en sus ojos, pero también algo más oscuro, algo que ella todavía no conseguía identificar.

—¿Es verdad? —preguntó Sofía.

Alejandro guardó silencio.

—Te hice una pregunta.

Javier sonrió con lentitud, como si hubiera esperado demasiado tiempo para disfrutar de aquel momento.

—Vamos, Alejandro. Díselo. ¿No es esto lo que estaban buscando? ¿La verdad?

Alejandro clavó la mirada en él.

—Cállate.

—¿Por qué debería hacerlo? —Javier inclinó ligeramente la cabeza—. Ella merece saber a quién ha estado persiguiendo durante cinco años.

Sofía dio un paso hacia Alejandro. La rabia comenzaba a crecer dentro de ella, mezclándose con una sensación mucho más peligrosa: la incertidumbre.

—¿Es verdad?

Alejandro cerró los ojos durante un instante antes de responder.

—Sí.

La palabra fue suficiente para hacerla retroceder.

—¿Qué?

—Fui investigado durante las primeras horas.

—¿Las primeras horas? —Su voz comenzó a elevarse—. ¿Y nunca pensaste que eso era algo importante que debías contarme?

—Sofía, escúchame.

—¡Cinco años!

El grito rebotó contra las paredes vacías del almacén. Sofía apretó los puños, incapaz de contener todo lo que llevaba acumulando desde que había salido de prisión.

—Pasé cinco años encerrada por un asesinato que no cometí. Cinco años preguntándome por qué el fiscal que me acusó estaba tan convencido de que yo era culpable. Y ahora descubro que tú también estabas en la lista de sospechosos.

Alejandro apretó la mandíbula.

—Nunca fui acusado formalmente.

—Pero fuiste sospechoso.

—Sí.

Sofía soltó una risa amarga.

—Increíble.

Durante unos segundos nadie habló. El silencio fue interrumpido únicamente por el viento que se filtraba a través de las ventanas rotas. Sofía miró los documentos que aún sostenía entre las manos y luego volvió a mirar a Alejandro. Sentía que cada respuesta que encontraba solo conseguía abrir una pregunta nueva.

—¿Por qué te investigaron?

Alejandro respiró profundamente antes de contestar.

—Daniel y yo habíamos discutido.

Sofía frunció el ceño.

—¿Cuándo?

—Dos días antes de su muerte.

—¿Por qué?

Alejandro tardó demasiado en responder y Sofía lo notó. Cada segundo de silencio hacía crecer su rabia.

—¿Por qué, Alejandro?

—Porque Daniel quería entregarme información sobre un caso de corrupción.

Javier soltó una pequeña carcajada desde el otro lado de la habitación.

—Siempre tan cuidadoso con las palabras.

Alejandro giró hacia él.

—No sabes cuándo cerrar la boca.

—Yo sé perfectamente cuándo hablar —respondió Javier—. A diferencia de ti.

Sofía observó a ambos hombres. Había demasiadas cosas que no entendía, demasiados silencios compartidos entre ellos. Durante años Javier había sido el asistente de confianza de Alejandro. Si alguno conocía los secretos del fiscal, era él.

—¿Qué clase de información quería entregarte Daniel?

Alejandro volvió la mirada hacia Sofía.

—Documentos sobre una red de corrupción. Empresarios, funcionarios, personas dentro del sistema judicial. Daniel creía que alguien estaba utilizando el poder del Estado para proteger negocios ilegales.

—¿Y qué hiciste?

—Le dije que necesitaba pruebas.

—¿Eso fue todo?

Alejandro volvió a callar.

Sofía se acercó hasta quedar frente a él.

—No vuelvas a mentirme.

Él sostuvo su mirada.

—Daniel se enfureció. Dijo que, si yo no lo ayudaba, encontraría otra forma de sacar la información a la luz.

Javier intervino antes de que Sofía pudiera responder.

—No fue una simple discusión.

Alejandro giró hacia él con una expresión peligrosa.

—Javier.

—Daniel amenazó con hacerlo público.

Sofía sintió un escalofrío.

—¿Hacer público qué?

Ninguno respondió.

—¡Hablen!

Alejandro pasó una mano por su rostro.

—Daniel sospechaba que alguien dentro de la fiscalía estaba trabajando para la organización que investigaba.

—¿Quién?

—No lo sé.

—¿No lo sabes o no quieres decírmelo?

—No lo sé.

Sofía intentó buscar una mentira en sus ojos, pero lo único que encontró fue agotamiento. Aun así, no podía permitirse confiar en él. No después de descubrir que había ocultado algo tan importante.

—Entonces explícame por qué fuiste sospechoso.

Javier respondió antes que Alejandro.

—Porque fue una de las últimas personas que habló con Daniel.

Sofía giró lentamente hacia Alejandro.

—¿Cuándo?

Él guardó silencio.

Javier sonrió.

—La noche del asesinato.

El aire pareció desaparecer de la habitación.

—No —susurró Sofía.

Alejandro cerró los ojos.

—Sí.

—¿Estuviste con Daniel esa noche?

—Sí.

—¿Dónde?

Alejandro tardó unos segundos en contestar.

—En el edificio donde encontraron su cuerpo.

Sofía sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Todo lo que había escuchado desde que salió de prisión comenzó a girar dentro de su cabeza. Alejandro estaba en la escena. Había discutido con Daniel. Daniel tenía información peligrosa. Y Alejandro había sido sospechoso.

—¿Y me estás diciendo esto ahora?

—Porque no fue como parece.

—¡Todo contigo termina siendo diferente de como parece!

La frase golpeó a Alejandro. Sofía lo vio en su expresión, pero ya no sentía satisfacción al verlo culpable. La verdad era mucho peor que el odio sencillo que había llevado consigo durante cinco años.

Alejandro bajó la mirada.

—La policía encontró mi nombre en el registro de entrada del edificio. Daniel y yo discutimos, pero después me fui.

—¿Y él murió horas más tarde?

—Sí.

—¿Cómo sabes que fueron horas?

Alejandro levantó lentamente la vista.

—Porque tenía una coartada.

Sofía se quedó inmóvil. Aquella palabra cambió algo dentro de ella. Una coartada. Una explicación que había permitido a Alejandro quedar fuera de la investigación mientras ella se convertía en la única sospechosa.

—¿Quién confirmó esa coartada?

Alejandro no respondió inmediatamente.

Su mirada se desplazó hacia Javier.

Sofía siguió aquel movimiento y comprendió la respuesta antes de escucharla.

—No.

Javier dejó escapar una sonrisa nerviosa.

—Sí.

Sofía lo señaló.

—Tú confirmaste que Alejandro no estaba en la escena.

—Eso fue lo que declaré.

—No te pregunté qué declaraste. Te pregunté si era verdad.

Javier guardó silencio.

Alejandro habló entonces.

—Javier confirmó que yo estaba en mi oficina cuando ocurrió el asesinato.

—¿Solo ustedes dos?

—Sí.

Sofía miró a Javier.

—¿Es cierto?

Javier se pasó una mano por el cuello.

—Alejandro llegó a mi oficina.

—¿A qué hora?

—No lo recuerdo exactamente.

Sofía soltó una risa incrédula.

—¿No recuerdas exactamente? ¿Y con eso confirmaste una coartada en un caso de asesinato?

—Había otros elementos.

—Pero tú eras la persona que podía confirmar que Alejandro no estaba allí.

—Sí.

—¿Y mentiste?

Javier apretó los labios.

Aquello fue suficiente respuesta.

Antes de que Sofía pudiera continuar interrogándolo, un golpe metálico resonó en algún lugar del almacén. Los tres quedaron inmóviles. Javier giró la cabeza hacia la oscuridad y su expresión cambió.

—¿Viniste solo? —preguntó Alejandro.

—Por supuesto.

Un segundo ruido se escuchó, esta vez mucho más cerca.

Javier bajó ligeramente el arma.

Alejandro aprovechó aquel instante. Se lanzó hacia Sofía y la empujó contra una columna justo cuando un disparo atravesó la habitación. El estruendo hizo que Sofía gritara y, durante unos segundos, todo fue confusión. Cuando logró levantar la cabeza, Javier había desaparecido.

—¡Javier! —gritó Alejandro.

Corrieron hacia la salida trasera, pero la puerta estaba abierta y la oscuridad de la noche se extendía frente a ellos. No había nadie. Ni un automóvil alejándose. Ni una sombra moviéndose entre los árboles.

Sofía regresó al interior del almacén con el corazón golpeándole el pecho.

—¿Lo dejaste escapar?

Alejandro se volvió hacia ella.

—¿De verdad crees que iba a dejar que te dispararan para detenerlo?

—Ya no sé qué creer contigo.

Aquella respuesta lo dejó en silencio.

Sofía se arrodilló y comenzó a recoger los documentos que habían quedado esparcidos por el suelo. Necesitaba encontrar algo. Una prueba. Una respuesta. Cualquier cosa que le permitiera comprender qué estaba ocurriendo. Mientras apartaba unas hojas manchadas de polvo, sus dedos rozaron una carpeta diferente, más gruesa y antigua que las demás.

La tomó con cuidado. El papel amarillento crujió entre sus manos y el sello oficial de la policía apareció bajo la luz débil que entraba por una ventana rota. Era un informe preliminar de la investigación sobre el asesinato de Daniel Ortega. Sofía reconoció inmediatamente la fotografía de la víctima en la primera página, pero aquello no era lo que le hizo contener la respiración. El documento tenía varias anotaciones, algunas tachadas y otras añadidas posteriormente. Era información que nunca había visto durante su juicio.

—Alejandro.

Él se acercó.

Sofía abrió la carpeta y pasó rápidamente las primeras páginas. Allí estaban los nombres de los sospechosos iniciales, los testimonios, los registros de entrada al edificio y las primeras conclusiones de los investigadores. Su propio nombre aparecía varias veces, pero también el de Alejandro.

Entonces encontró una página que parecía haber sido modificada después de redactarse el informe original.

Sus manos comenzaron a temblar.

—Esto no estaba en mi expediente.

Alejandro se inclinó para leerla. Durante un instante, ninguno de los dos dijo una palabra.

En la parte superior había una anotación escrita con tinta roja. Debajo aparecía una corrección hecha sobre una línea anterior, como si alguien hubiera cambiado deliberadamente una información antes de entregar el informe definitivo.

Sofía acercó la página a la luz.

Alejandro dejó de respirar por un segundo.

La frase estaba escrita justo debajo de su nombre.

“La coartada de Alejandro Rivas fue modificada a las 03:17 de la madrugada.”

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