sed de sangre III

—¿En qué nos quedamos?

Las palabras me rasparon la garganta, débiles, cuando mis ojos se abrieron aleteando.

El mundo se mecía; la oscuridad iba tomando forma despacio, a regañadientes, como si le molestara que la obligaran a volverse nítida. Sobre mí se alzaba piedra: irregular, antigua, resbalad...

Inicia sesión y continúa leyendo