Capítulo 1 La muchacha de los lirios

En el extremo más pobre del reino de Aurelian, donde los caminos se volvían polvo en verano y lodo en invierno, existía una aldea que casi nadie en la corte recordaba. Se llamaba Nareth, aunque en los mapas antiguos apenas aparecía como una mancha gris junto al Bosque Blanco.

Allí no llegaban los carruajes dorados ni las noticias felices del palacio. Llegaban, en cambio, los impuestos, los inviernos largos, las promesas incumplidas y los silencios de quienes habían aprendido a vivir con poco. Las casas eran humildes, levantadas con madera cansada y techos de paja oscurecidos por la lluvia. En las noches frías, las familias se reunían alrededor de pequeñas fogatas y contaban historias para no escuchar el hambre.

En una de esas casas, al borde de un campo de lirios silvestres, vivía Amara Lirio.

Tenía diecinueve años y una belleza serena, de esas que no necesitan joyas ni vestidos costosos para ser notadas. Su cabello castaño caía en ondas suaves hasta la cintura, y sus ojos, grandes y claros, parecían guardar el color del amanecer después de una tormenta. Pero quien la miraba con atención descubría que su verdadera hermosura no estaba solo en el rostro, sino en la forma en que ofrecía una sonrisa aun cuando la vida no le había dado demasiadas razones para sonreír.

Amara despertaba antes de que el sol tocara los tejados de Nareth. Ese día, como todos los días, abrió los ojos al escuchar el canto débil de un pájaro posado en la ventana.

La habitación era pequeña. Apenas tenía una cama de madera, una mesa vieja, dos sillas desiguales y un baúl donde guardaba sus pocas pertenencias: un vestido azul remendado, una manta de lana, agujas de bordar, algunas monedas y un broche de plata en forma de lirio que había pertenecido a su madre.

Amara se incorporó despacio. El frío de la mañana le rozó los brazos, pero no se quejó. Estaba acostumbrada. Tomó la manta, la colocó sobre sus hombros y caminó hasta la ventana.

Afuera, el campo de lirios se mecía con el viento.

—Buenos días —susurró, como si las flores pudieran responderle.

Desde niña tenía esa costumbre: hablar con las plantas, con los árboles, con los animales heridos que encontraba en el bosque. Algunos aldeanos pensaban que era ternura. Otros decían que era soledad. Amara nunca intentó corregirlos. Tal vez ambas cosas eran verdad.

Encendió el fuego con las últimas ramas secas que había guardado la noche anterior y puso agua a hervir. El desayuno era sencillo: un pedazo de pan duro, una manzana pequeña y una infusión de hierbas. Antes de llevarse el pan a la boca, lo partió en dos y guardó una mitad en una servilleta.

No sabía si ese día encontraría a alguien con más hambre que ella, pero casi siempre sucedía.

Cuando terminó de arreglarse, se colocó su vestido más limpio. Era color crema, aunque el tiempo lo había vuelto casi gris. Lo había remendado tantas veces que las costuras parecían formar dibujos secretos sobre la tela. Luego tomó una canasta de mimbre, sus tijeras pequeñas y una cinta para sujetarse el cabello.

Al salir, el aire olía a tierra húmeda.

—Vas temprano, Amara —dijo una voz ronca desde la casa vecina.

Era Maraida, la anciana curandera de Nareth. Tenía el cabello completamente blanco, la espalda algo encorvada y los ojos negros más vivos que muchas personas jóvenes. Para Amara, Maraida era más que una vecina. Era refugio, memoria y familia.

—El mercado de Aurelian estará lleno hoy —respondió Amara—. Si logro vender los bordados antes del mediodía, podré comprar harina.

Maraida se acercó apoyándose en su bastón.

—Y quizá algo de miel.

Amara sonrió.

—La miel es para quienes nacen con suerte.

—No, niña. La miel es para quienes no dejan que la amargura les gane.

Amara bajó la mirada, enternecida. Maraida siempre hablaba como si cada frase escondiera una lección.

La anciana observó la canasta.

—¿Irás primero al campo?

—Sí. Doña Elva necesita raíces de luna para la tos de su nieto. También buscaré lirios azules. Los nobles pagan bien por ellos.

Maraida frunció el ceño.

—Los nobles pagan bien por lo que no respetan.

Amara no respondió. Sabía que la anciana tenía razón. En el palacio, las flores de Nareth adornaban banquetes donde se desperdiciaba comida suficiente para alimentar a toda la aldea. Los lirios crecían en tierras pobres, cuidados por manos pobres, pero terminaban decorando mesas de mármol.

Aun así, Amara no podía despreciar aquello que le permitía sobrevivir.

—Tendré cuidado —prometió.

Maraida extendió una mano arrugada y acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja de la joven.

—El bosque está inquieto.

Amara la miró con curiosidad.

—¿Inquieto?

—Anoche no cantaron los grillos. Y esta mañana los cuervos volaron hacia el sur.

—Tal vez viene lluvia.

Maraida apretó los labios.

—Tal vez viene algo más.

Amara sintió un pequeño escalofrío, pero no quiso darle importancia. Besó la mejilla de la anciana y tomó el sendero hacia los campos.

El sol comenzaba a levantarse cuando llegó a la zona donde crecían los lirios silvestres. Eran flores delicadas, de tallos largos y pétalos blancos con reflejos plateados. Según las historias antiguas, habían nacido de las lágrimas de una reina que perdió a su amado en una guerra contra criaturas de sombra. Por eso, decían, los lirios solo crecían donde la tierra había conocido el dolor.

Amara no sabía si la leyenda era cierta, pero siempre había sentido que aquellas flores comprendían algo que las personas no podían entender.

Se arrodilló sobre la tierra y comenzó a cortar con cuidado los tallos más firmes. Nunca arrancaba una planta de raíz, nunca tomaba más de lo necesario y siempre dejaba una moneda pequeña enterrada cerca del campo, como agradecimiento.

—Para que vuelvan a florecer —murmuró.

Mientras trabajaba, el viento se deslizó entre los lirios con un susurro extraño. Amara levantó la cabeza. Durante un instante creyó escuchar su nombre.

Amara.

Se quedó inmóvil.

Miró alrededor. No había nadie.

El campo se extendía silencioso bajo la luz dorada del amanecer. A lo lejos, el Bosque Blanco formaba una muralla de árboles altos y pálidos. Sus troncos parecían hechos de hueso antiguo, y sus hojas, incluso en primavera, conservaban un brillo de escarcha.

Amara tragó saliva.

—Solo fue el viento —se dijo.

Pero entonces una de las flores, justo frente a ella, se inclinó aunque no soplaba ninguna corriente.

La joven sintió un latido bajo la palma de su mano.

No era el suyo.

Venía de la tierra.

Retiró la mano con sobresalto. Su corazón comenzó a golpearle el pecho. Desde pequeña le sucedían cosas extrañas: semillas que germinaban cuando ella lloraba, animales que se calmaban al tocarla, flores marchitas que recuperaban color entre sus dedos. Pero cada vez que preguntaba a Maraida, la anciana desviaba la conversación.

“Hay dones que deben dormir hasta que el alma sea fuerte”, le había dicho una vez.

Amara no sabía si su alma era fuerte. A veces pensaba que era todo lo contrario. Se sentía pequeña frente al mundo, frágil ante los abusos, indefensa cuando los soldados cruzaban la aldea exigiendo pagos que nadie podía dar. Sin embargo, algo dentro de ella seguía resistiendo. Algo se negaba a volverse cruel.

Continuó recogiendo flores hasta llenar media canasta. Después caminó hacia una zona más cercana al bosque, donde crecían raíces medicinales bajo la sombra de los árboles.

Allí encontró a Elian, un niño de unos ocho años, flaco, despeinado y con las rodillas sucias. Estaba sentado sobre una piedra, abrazándose el estómago.

—¿Otra vez escapaste de la casa de los Molnar? —preguntó Amara con suavidad.

El niño alzó la vista. Sus ojos oscuros tenían esa mezcla de picardía y tristeza propia de los niños que habían tenido que aprender demasiado pronto a defenderse.

—No escapé. Solo caminé en otra dirección.

Amara se sentó a su lado y sacó de su bolsillo la mitad del pan que había guardado.

—Entonces tu otra dirección debe tener hambre.

Elian miró el pan con deseo, pero dudó.

—¿Y tú?

—Yo desayuné.

Era verdad. Aunque no toda la verdad.

Elian tomó el pan y comenzó a comer con rapidez. Amara fingió no notar la desesperación con la que lo hacía, porque sabía que la vergüenza dolía casi tanto como el hambre.

—Doña Elva preguntó por ti —dijo ella.

—Todos preguntan por mí cuando quieren mandarme a hacer algo.

—Tal vez también preguntan porque les importas.

Elian hizo una mueca.

—A nadie le importa un niño sin padres.

Amara sintió una punzada en el pecho. Ella también había sido una niña sin padres. También había escuchado esas palabras, aunque nadie las dijera en voz alta.

—A mí sí —respondió.

El niño dejó de masticar.

Por un momento, no dijo nada. Luego bajó la mirada y apretó el pan entre los dedos.

—Tú eres diferente.

Amara sonrió con tristeza.

—No tanto.

Elian terminó de comer y se puso de pie.

—Cuando sea grande, compraré una casa enorme.

—¿Ah, sí?

—Sí. Y tendrá techo de piedra, ventanas de vidrio y una mesa llena de comida.

—Entonces tendrás que invitarme.

—Claro. Pero solo si prometes no llorar cuando veas tanta comida.

Amara soltó una pequeña risa. Elian sonrió también, y por un instante pareció el niño que debía ser, no el sobreviviente que la vida había formado.

Luego el sonido de cascos rompió la calma.

Ambos giraron hacia el camino principal. Tres soldados avanzaban a caballo, vestidos con armaduras oscuras y capas con el emblema de la corona: un sol dorado sobre un cristal azul. Elian palideció.

—Recaudadores —susurró.

Amara se levantó de inmediato.

—Ve a la casa de Maraida. No salgas hasta que yo regrese.

—Pero…

—Elian.

El niño obedeció, aunque a regañadientes. Corrió entre los árboles hasta desaparecer.

Amara tomó su canasta y caminó hacia el sendero, fingiendo tranquilidad. Los soldados llegaron hasta ella. El primero, un hombre de barba rojiza y mirada dura, la observó de arriba abajo.

—Tú. Muchacha. ¿De dónde vienes?

—De recoger flores, señor.

—¿Flores? —El soldado soltó una risa seca—. Qué ocupación tan útil para un reino que necesita impuestos.

Amara bajó la cabeza.

—Mi aldea pagó la semana pasada.

—Tu aldea pagó poco.

—Es lo que había.

El hombre desmontó. Sus botas golpearon el suelo con fuerza. Se acercó a la canasta y tomó un ramo de lirios sin pedir permiso.

—Estas flores se venden bien en la capital.

—Con ellas compro medicina para los enfermos.

—Con ellas pagarás tributo.

Amara apretó las manos, pero mantuvo la voz serena.

—Si se las lleva todas, no tendré con qué trabajar.

El soldado sonrió con desprecio.

—Entonces trabaja más.

Los otros dos rieron.

Amara sintió el ardor de la injusticia subirle por la garganta. Quiso gritar, reclamar, arrebatarle la canasta. Pero sabía que una palabra equivocada podía traer castigo no solo para ella, sino para toda la aldea.

Así que respiró hondo.

—Tome la mitad —dijo—. La otra mitad ya está prometida.

El soldado la miró sorprendido, quizá porque no esperaba encontrar firmeza en una joven con vestido remendado.

—¿Estás negociando conmigo?

—Estoy suplicando con dignidad.

Por un instante, el rostro del hombre se endureció. Luego tomó varios ramos más y los arrojó a uno de sus compañeros.

—Aprende tu lugar, muchacha.

Amara sostuvo su mirada.

—Lo conozco bien, señor. Por eso sigo de pie.

El soldado dio un paso hacia ella. Amara no retrocedió, aunque el miedo le heló los dedos.

Entonces, desde el bosque, un cuervo graznó con violencia. Los caballos se inquietaron. Uno de ellos se encabritó, obligando a su jinete a sujetar las riendas.

—Maldito bosque —gruñó el soldado.

Sin decir más, montó de nuevo. Los tres hombres se alejaron por el camino, llevándose parte de las flores.

Amara permaneció inmóvil hasta que el sonido de los cascos desapareció. Solo entonces permitió que sus rodillas temblaran.

Miró la canasta. Quedaban pocos lirios. No suficientes para comprar harina, mucho menos miel.

Aun así, no lloró.

No allí.

Se agachó para recoger una flor que había caído al suelo. Tenía un pétalo roto. La sostuvo con delicadeza entre las manos.

—No fue tu culpa —susurró, como si consolara a una criatura viva.

Entonces ocurrió.

El pétalo rasgado comenzó a cerrarse lentamente. Una luz tenue, casi imperceptible, brilló entre los dedos de Amara. La flor recuperó su forma, más blanca que antes, más viva.

Amara contuvo el aliento.

La luz desapareció.

El bosque quedó en silencio.

Ella miró sus manos con temor y asombro. No entendía qué era aquello, pero sintió que algo en su vida acababa de moverse, como una puerta antigua abriéndose en un lugar profundo.

A lo lejos, sobre las torres del palacio de Aurelian, una campana sonó tres veces.

Amara levantó la mirada hacia el horizonte.

Nunca había estado dentro del palacio. Nunca había hablado con un noble sin sentir el peso de la distancia entre ambos mundos. Nunca había imaginado que su destino pudiera cruzarse con el de aquellos que vivían detrás de muros de cristal.

No sabía que esa misma mañana, en algún punto del Bosque Blanco, un jinete herido luchaba por mantenerse con vida.

No sabía que ese hombre cambiaría su historia.

No sabía que el amor, cuando llegara, tendría el rostro de alguien imposible.

Solo sabía que debía seguir caminando.

Así que acomodó los pocos lirios que le quedaban, limpió sus manos sobre el vestido y tomó el sendero hacia Nareth. El sol ya había subido un poco más, iluminando su figura sencilla entre los campos pobres.

Y mientras Amara avanzaba, sin corona, sin fortuna y sin protección, la tierra bajo sus pies volvió a latir.

Esta vez, como si la reconociera.

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