Capítulo 10 El príncipe y la joven sin nombre
Amara no gritó.
El miedo le subió por la espalda como agua helada, pero no gritó. Quizá porque había aprendido desde niña que gritar no siempre atraía ayuda. A veces solo atraía a quienes deseaban verte vulnerable.
Lord Tharian se detuvo a unos pasos, lo bastante cerca para obligarla a escuchar, lo bastante lejos para parecer cortés.
—No temas —dijo—. No he venido a hacerte daño.
Amara sostuvo el broche con una mano.
—Las personas que dicen eso suelen haber pensado en hacerlo.
Tharian sonrió.
—Tu madre también tenía una lengua afilada cuando estaba asustada.
El corazón de Amara golpeó con fuerza.
—¿Conoció a mi madre?
—Todos en ciertos círculos la conocieron.
—Ella era costurera.
—Ella fue una guardiana.
La palabra pareció abrir una grieta en la noche.
Guardiana.
Maraida la había usado, pero oírla en boca de aquel hombre la hizo sonar menos sagrada y más peligrosa.
—No sé de qué habla.
—Claro que sabes. Los lirios de Nareth no brillan por nostalgia. El príncipe no sobrevive a una herida mortal por suerte. Y ese broche no arde sobre el pecho de cualquiera.
Amara dio un paso atrás.
—Usted envió la invitación.
—Facilité un encuentro.
—¿Con quién?
—Con tu destino.
La joven sintió náusea ante la suavidad de su voz.
—Mi destino no necesita mensajeros vestidos de cuervo.
Tharian soltó una risa baja.
—Eres más interesante de lo que esperaba.
Desde el salón llegó una oleada de música. Damián bailaba con Celeste en ese momento; Amara podía verlos a través de las puertas abiertas de la terraza. Giraban bajo las lámparas encantadas como dos figuras de un cuadro perfecto. Él se movía con elegancia, pero su mirada no estaba en su prometida.
Amara apartó los ojos.
—¿Qué quiere de mí? —preguntó.
Tharian inclinó la cabeza.
—Por ahora, solo confirmar que eres quien creo.
—¿Y quién cree que soy?
—La última flor de una raíz que la corona intentó cortar.
El broche ardió con más fuerza. Amara apretó los dientes para no mostrar dolor.
—No entiendo.
—Entenderás. Cuando dejes de escuchar a viejas curanderas y empieces a escuchar a quienes conocen la historia completa.
—No confío en usted.
—Bien. La confianza vuelve torpes a los inocentes.
Tharian sacó algo de su bolsillo: una pequeña cinta bordada con hilo blanco. Amara reconoció de inmediato el diseño. Era igual al que su madre solía hacer en los pañuelos que aún guardaba Maraida.
—¿Dónde consiguió eso?
—Tu madre lo dejó atrás la noche en que huyó.
Amara extendió la mano sin pensar.
Tharian cerró los dedos antes de que pudiera tocarla.
—Hay más recuerdos de Liria en este palacio. Cartas. Registros. Verdades que Maraida decidió no darte.
La mención de Maraida le dolió, porque tocaba una herida real.
—Maraida me protegió.
—Sí. Y también te ocultó de ti misma.
Amara no respondió.
A través del cristal, la música cambió. El baile formal terminó. Hubo aplausos.
Tharian miró hacia el salón.
—El príncipe viene.
Amara giró de inmediato.
Damián se dirigía hacia la terraza con paso decidido. Celeste lo seguía con la mirada desde el centro del salón, furiosa bajo su máscara dorada.
Cuando Amara volvió hacia las sombras, Tharian ya no estaba.
Solo quedaba la cinta blanca sobre la baranda.
La tomó con manos temblorosas.
Damián salió a la terraza.
—¿Quién estaba contigo?
Amara escondió la cinta en su puño.
—Nadie.
Él se acercó, preocupado.
—No me mientas.
—Entonces no me obligue a explicarle lo que aún no entiendo.
Damián la observó. Su mirada bajó un instante hacia la mano cerrada de ella, pero no insistió.
—Debes irte.
—Eso ya me lo dijo.
—Ahora es peor.
—También eso ya me lo dijo.
—Amara.
La forma en que pronunció su nombre casi la hizo ceder. Casi.
Pero entonces recordó verlo bailando con Celeste, cumpliendo una escena que el reino entero esperaba. Recordó la mirada de la reina. Las palabras de Tharian. El vestido de su madre. El broche ardiendo.
—No debí venir —dijo ella.
Damián suavizó la voz.
—Lo sé.
—Pero si no venía, seguiría sin saber que mi madre fue conocida aquí. Seguiría creyendo que mi vida empezó y terminó en una casa pobre de Nareth.
—Tu vida no termina allí.
—¿Y dónde termina? ¿En qué lugar puede estar alguien como yo sin que todos me recuerden que no pertenezco?
Damián dio un paso más.
—Conmigo.
Amara sintió que el mundo se detenía.
No fue una declaración gritada ni adornada. Fue apenas una palabra sencilla, imposible, peligrosa.
Conmigo.
Ella lo miró como si no hubiera entendido.
—No diga eso.
—Es lo que pienso.
—Pensar no basta.
—Lo sé.
—No. No lo sabe. Usted puede pensar en mí en una terraza, pero mañana volverá a sentarse junto a Lady Celeste. Volverá a escuchar a su madre. Volverá a ser príncipe. Yo volveré a Nareth con una invitación usada, un vestido prestado por una muerta y más preguntas que respuestas.
Damián recibió cada palabra sin apartarse.
—Tienes razón.
La respuesta la desconcertó.
—¿Eso es todo?
—No voy a defenderme con mentiras. Tienes razón. Mi vida está atada a obligaciones que no elegí. Pero eso no significa que no pueda romper algunas.
—¿Y cuántas personas se romperán con ellas?
Damián no respondió.
Amara bajó la mirada. La rabia se le deshizo en tristeza.
—No quiero ser la razón de una guerra.
—No lo serás.
—¿Puede jurarlo?
El silencio de Damián fue suficiente.
Desde el salón, el maestro de ceremonias anunció un nuevo baile abierto para todos los invitados. La música comenzó de nuevo, más suave, más lenta.
Damián extendió la mano.
Amara lo miró como si aquella mano fuera una puerta hacia un incendio.
—No.
—Solo un baile.
—Nada con usted es solo algo.
Él bajó la mano lentamente.
—Entonces no como príncipe.
Amara tragó saliva.
Damián se quitó la máscara.
El gesto fue imprudente. Allí, en una terraza visible desde parte del salón, el heredero acababa de descubrir su rostro frente a una joven sin apellido. Pero sus ojos grises no tenían desafío público, sino sinceridad.
—Como Damián —dijo—. El hombre al que salvaste en el bosque. El que durmió en tu casa. El que escuchó la tierra latir bajo tus lirios. El que no ha podido dejar de pensar en ti desde entonces.
Amara sintió que las lágrimas le ardían en los ojos.
—Está comprometido.
—No he entregado mi corazón.
—Pero su mano sí.
Damián bajó la mirada.
—Entonces dame este baile, no como promesa, sino como despedida si eso necesitas.
Aquello la hirió.
Despedida.
Tal vez era lo más sensato. Tal vez debía bailar una vez con él, guardar ese recuerdo en el lugar donde se guardan los sueños imposibles y luego volver a Nareth antes de que todo se destruyera.
Amara miró hacia el salón. Nadie parecía observarlos de cerca. Las máscaras giraban, las risas crecían, la música los cubría.
Lentamente, colocó su mano sobre la de él.
Damián cerró los dedos con delicadeza.
Entraron al salón sin anunciarse.
Al principio, nadie notó quiénes eran. En un baile de máscaras, dos figuras más podían perderse entre la multitud. Damián volvió a colocarse la máscara antes de cruzar la puerta, y Amara agradeció en silencio ese último gesto de prudencia.
La música los envolvió.
Amara no sabía bailar como las damas de la corte. Conocía danzas de aldea, pasos sencillos de fiestas pobres donde la música salía de flautas gastadas y tambores remendados. Pero Damián la guio con paciencia. Su mano descansó en la cintura de ella con respeto, sin presionarla. La otra sostuvo sus dedos como si temiera que pudiera desaparecer.
—No mires tus pies —murmuró.
—Mis pies son los únicos que saben lo que intentan hacer.
—Confía en mí.
Amara levantó la mirada.
—Eso es mucho pedir.
—Lo sé.
Pero lo hizo.
Poco a poco, dejó de contar los pasos. Dejó de escuchar las risas ajenas. Dejó de sentir el peso de su vestido, la máscara sobre su rostro, el miedo detrás de las lámparas. Solo sintió el movimiento, la música y la presencia de Damián.
Él no la miraba como se mira una curiosidad ni una conquista. La miraba como si estuviera aprendiendo algo verdadero.
—Bailas bien —dijo.
—Miente con cortesía.
—Tropiezas con dignidad.
Amara soltó una risa suave.
Damián sonrió.
Y esa sonrisa, tan distinta de la seriedad que usaba ante la corte, la alcanzó en un lugar indefenso.
Giraron bajo el techo de cristal. La luz cayó sobre el vestido de Amara, y los hilos plateados brillaron. Algunos invitados comenzaron a mirar. No porque supieran quién era, sino porque había algo en ella difícil de ignorar. Una belleza serena, casi luminosa, sin la dureza de las joyas ni la arrogancia de los títulos.
Celeste los vio.
La reina también.
Isolde, desde lo alto de la escalinata, reconoció primero la postura de su hijo. Luego observó a la joven en sus brazos. No pudo ver su rostro completo, pero sí el broche de lirio.
El color abandonó por un instante su rostro.
—No puede ser —susurró.
Tharian apareció a su lado como una sombra complacida.
—Parece que algunas flores vuelven a crecer, majestad.
La reina lo miró con dureza.
—¿Tú hiciste esto?
—Yo solo abrí una puerta.
Abajo, la música continuaba.
Amara sintió de pronto que varias miradas caían sobre ella. Su cuerpo se tensó.
—Nos están viendo —susurró.
Damián miró alrededor y comprendió.
—Sí.
—Debo irme.
—Espera.
Pero Amara ya había soltado su mano.
El gesto fue pequeño, pero para Damián se sintió como una pérdida.
Ella retrocedió entre los bailarines. Damián intentó seguirla, pero Celeste apareció frente a él.
—Qué baile tan emotivo —dijo con una sonrisa afilada.
—Apártate.
—No frente a todos.
Damián miró por encima de su hombro. Amara avanzaba hacia la salida lateral.
—Celeste, no ahora.
—Sí, ahora. Porque si das un paso más detrás de esa muchacha, no necesitaré desenmascararla. Todos lo harán por ti.
Damián se quedó inmóvil.
Celeste se acercó lo suficiente para que solo él la escuchara.
—Ten cuidado, querido. Las flores silvestres se marchitan rápido cuando las pisan en palacio.
Damián la miró con frialdad.
—Si algo le ocurre…
—¿Qué? —preguntó ella suavemente—. ¿Romperás un reino por una aldeana?
La pregunta no era solo amenaza. Era espejo.
Damián no respondió.
Amara llegó al corredor lateral con la respiración agitada. Necesitaba encontrar la salida. Necesitaba aire. Necesitaba regresar a Nareth antes de que su corazón olvidara todo lo que su razón había entendido.
Pero los corredores del palacio parecían cambiar de dirección bajo la luz de las lámparas.
Tomó una escalera equivocada. Luego otra. El sonido del baile quedó atrás. El silencio se hizo más profundo.
Al final de un pasillo encontró una puerta entreabierta.
Dentro había una habitación pequeña, iluminada por una sola vela.
Y sobre una mesa, cubiertos de polvo, había varios objetos guardados en cajas de cristal.
Amara habría retrocedido si no hubiera visto uno de ellos.
Un pañuelo bordado con lirios blancos.
El mismo punto.
La misma forma.
La mano de su madre.
Entró.
La puerta se cerró detrás de ella sin que nadie la tocara.
Amara giró, asustada.
En la sombra, una voz de mujer habló con suavidad:
—Liria prometió que jamás volvería.
La reina Isolde salió de la penumbra.
Sin máscara.
Sin sonrisa.
Con los ojos fijos en el broche de Amara.
—Pero envió a su hija en su lugar.
