Capítulo 2 La casa sin puertas
Cuando Amara regresó a Nareth, el sol ya había perdido la suavidad del amanecer y comenzaba a caer con fuerza sobre los techos de paja. Caminó despacio, no porque estuviera cansada, sino porque no quería llegar con la canasta casi vacía. Cada paso le recordaba los lirios que los soldados le habían arrebatado y las monedas que no podría conseguir ese día.
La aldea estaba despierta.
En el pozo, dos mujeres llenaban cántaros mientras hablaban en voz baja. Cerca del molino, un anciano intentaba reparar una rueda rota con más paciencia que herramientas. Un grupo de niños descalzos perseguía una pelota hecha de trapos, riendo con esa alegría breve que solo los niños saben encontrar en medio de la pobreza.
Amara los miró con ternura.
A veces pensaba que Nareth era una aldea sostenida por hilos invisibles: la paciencia de las madres, las manos cansadas de los hombres, la resignación de los viejos y los sueños de los niños. Todo parecía estar a punto de romperse, pero, de alguna manera, seguía en pie.
Como ella.
Al llegar a su casa, encontró a Elian sentado en el escalón de entrada. Tenía las rodillas recogidas contra el pecho y el ceño fruncido, como si llevara mucho tiempo discutiendo consigo mismo.
—Te dije que fueras con Maraida —dijo Amara, intentando sonar severa.
—Fui.
—¿Y por qué estás aquí?
—Porque Maraida ronca cuando prepara ungüentos.
Amara no pudo evitar sonreír.
—Maraida no ronca.
—Sí ronca. Pero con la nariz del alma.
—Eso no existe.
—Entonces ronca normal, pero muy fuerte.
Amara soltó una risa pequeña, de esas que nacen incluso cuando una está triste. Elian levantó la mirada hacia la canasta y su sonrisa desapareció.
—Te quitaron las flores.
Amara bajó los ojos.
—Solo algunas.
—Mentira. Te quitaron casi todas.
La joven suspiró y se sentó junto a él en el escalón. Durante un momento, ambos miraron el camino de tierra sin decir nada. Nareth tenía esa manera extraña de guardar silencio después de una injusticia, como si la aldea entera se hubiera acostumbrado a no reclamar demasiado alto.
—No pasa nada —dijo Amara al fin.
Elian apretó los labios.
—Siempre dices eso.
—Porque siempre vuelve a salir el sol.
—Pero no siempre comemos.
Amara sintió que aquellas palabras le atravesaban el pecho. Lo miró con dulzura y le acomodó el cabello revuelto.
—Hoy comeremos.
—¿Qué?
—Sopa.
—¿De qué?
Amara pensó en lo poco que tenía dentro de la casa: unas cuantas papas pequeñas, hojas de laurel, sal, agua y el trozo de manzana que había guardado.
—De esperanza —respondió.
Elian hizo una mueca.
—La esperanza sabe a agua caliente.
—Solo si no sabes sazonarla.
El niño fingió fastidio, pero se quedó con ella.
La casa de Amara era la última antes del camino al Bosque Blanco. Le decían “la casa sin puertas”, aunque sí tenía una. Lo que ocurría era que la puerta nunca cerraba del todo. La madera se había hinchado con la humedad y el viento se colaba por las rendijas, silbando durante la noche como un animal perdido. Tampoco tenía cerrojo firme. Amara colocaba una silla contra la entrada antes de dormir, no porque eso pudiera detener a alguien decidido a entrar, sino porque le daba una pequeña sensación de defensa.
Desde que su madre murió, aquella casa había quedado demasiado grande para una sola alma y demasiado pequeña para tantos recuerdos.
Amara entró y dejó la canasta sobre la mesa. Elian la siguió sin pedir permiso, como hacía siempre. Tomó una de las sillas, la arrastró hasta la chimenea y se sentó con aire de dueño de casa.
—No pongas esa cara —le dijo ella.
—¿Cuál?
—La de niño abandonado por el mundo.
—Pero soy un niño abandonado por el mundo.
—Entonces pon cara de niño que será invitado a sopa de esperanza.
Elian la miró con fingida resignación.
—Eso es peor.
Amara preparó el fuego y puso agua a calentar. Mientras cortaba las papas, notó que sus manos aún temblaban. No era por los soldados. O no solo por ellos. Era por la flor.
El pétalo roto que se había cerrado entre sus dedos.
La luz.
El latido de la tierra.
Desde niña había sentido cosas que no sabía explicar. Cuando lloraba, a veces las semillas brotaban cerca de sus pies. Cuando tocaba la frente de un enfermo, la fiebre parecía ceder. Una vez, siendo apenas una niña, encontró un pájaro con el ala quebrada; lo sostuvo contra su pecho toda la tarde y, al anochecer, el animal voló.
Maraida le dijo entonces que algunas criaturas se curaban cuando se sentían amadas.
Amara le creyó porque necesitaba creerle.
Pero ahora ya no estaba segura.
—¿Por qué miras tus manos? —preguntó Elian.
Amara cerró los dedos de inmediato.
—Porque están sucias.
—Siempre están sucias. Eres recolectora.
—Gracias por tu delicadeza.
—De nada.
La joven sonrió, aunque su inquietud no desapareció.
Mientras la sopa hervía, alguien golpeó la entrada con el bastón. No era necesario preguntar quién era. Solo Maraida golpeaba una puerta como si estuviera regañando a la madera.
—Pasa —dijo Amara.
La anciana entró envuelta en un chal oscuro. Traía una bolsa de hierbas colgada del brazo y una expresión más seria de lo habitual. Sus ojos fueron primero hacia Amara, después hacia la canasta casi vacía.
—Los soldados —murmuró.
Amara asintió.
—Se llevaron los lirios.
—No solo los lirios, me imagino.
—No me hicieron daño.
Maraida la observó en silencio.
—Hay daños que no dejan moretones.
Elian bajó la cabeza. Amara removió la sopa para evitar responder. La anciana se acercó a la mesa y sacó de su bolsa un pequeño paquete envuelto en tela.
—Harina —dijo—. Y un poco de queso.
—Maraida, no puedo aceptarlo.
—Claro que puedes. Tus manos sirven para ayudar a medio pueblo, pero tu orgullo no sirve ni para llenar una cuchara.
Amara quiso protestar, pero la mirada de Maraida no admitía discusión.
—Gracias —susurró.
La anciana se sentó con dificultad. Elian, aunque fingía no escuchar, miraba el queso como si fuera un tesoro real.
—Come tú también —le dijo Amara a Maraida.
—Después.
—Siempre dices después.
—Porque sigo viva. Eso demuestra que mi después funciona.
Amara repartió la sopa en tres cuencos. La comida era sencilla, casi pobre, pero el queso de Maraida la convirtió en un pequeño banquete. Elian comió con entusiasmo, y por unos minutos la casa se llenó de un calor que no venía del fuego.
Después de comer, el niño se quedó dormido sobre la mesa. Amara le puso una manta encima de los hombros. Maraida esperó hasta que su respiración se volvió profunda.
—Ahora dime qué pasó.
Amara se quedó inmóvil.
—Ya te dije. Los soldados…
—No hablo de los soldados.
El silencio se alargó.
Afuera, el viento movió los lirios del campo. La puerta mal cerrada crujió suavemente.
—Una flor estaba rota —dijo Amara al fin—. La tomé entre mis manos y… sanó.
Maraida cerró los ojos.
No pareció sorprendida. Pareció cansada.
—¿Lo sabías? —preguntó Amara.
La anciana tardó en responder.
—Sospechaba que llegaría pronto.
—¿Qué cosa?
Maraida abrió los ojos. En ellos había tristeza, pero también una ternura profunda.
—Tu despertar.
Amara sintió que el aire se volvía más frío.
—No entiendo.
—Hay sangre antigua en ti, niña.
—Mi madre era costurera.
—Tu madre fue muchas cosas antes de esconderse en Nareth.
Amara retrocedió un paso.
Aquella frase cayó sobre ella con el peso de una piedra. Su madre, Liria, había sido para ella una imagen suave y dolorosa: manos tibias, voz dulce, olor a lavanda. La recordaba cantando junto a la ventana, bordando flores en pañuelos ajenos, sonriendo aunque la tristeza le viviera en los ojos.
Nunca imaginó que hubiera secretos detrás de esa sonrisa.
—¿Qué me estás diciendo?
Maraida miró hacia la puerta, como si temiera que el viento pudiera repetir sus palabras.
—No aquí.
—Esta es mi casa.
—Precisamente por eso. Tu casa escucha demasiado.
Amara sintió un escalofrío.
—Maraida…
La anciana se levantó y caminó hacia el baúl donde Amara guardaba sus pertenencias. Sin pedir permiso, lo abrió. Amara quiso detenerla, pero Maraida sacó el broche de plata en forma de lirio.
La pequeña joya brilló débilmente bajo la luz del fuego.
—Este broche no era un adorno cualquiera —dijo Maraida—. Tu madre lo llevaba la noche en que llegó a Nareth. Estaba herida. Te traía envuelta en una manta. Me pidió que, si algo le ocurría, jamás permitiera que te llevaran al palacio.
Amara sintió que la sangre abandonaba su rostro.
—¿Al palacio?
—Sí.
—¿Por qué alguien del palacio querría llevarme?
Maraida cerró la mano alrededor del broche.
—Porque lo que vive en ti no pertenece a la pobreza ni a la nobleza. Pertenece a algo anterior a ambas.
Amara quiso hablar, pero no encontró voz.
Durante años había creído que su vida era pequeña, tan pequeña como su casa, como sus monedas, como sus posibilidades. Y ahora Maraida le hablaba de una sangre antigua, de un despertar, de un secreto que parecía unido al palacio y a su madre muerta.
—No quiero ningún poder —dijo Amara con un hilo de voz.
Maraida la miró con compasión.
—Los poderes verdaderos rara vez preguntan si son bienvenidos.
La puerta volvió a crujir. Esta vez el viento entró con más fuerza y apagó una de las velas. Elian se movió dormido, murmurando algo incomprensible.
Maraida se acercó a la ventana. Más allá del campo, el Bosque Blanco se alzaba oscuro, aunque todavía era de día.
—El bosque volvió a callarse —dijo.
Amara abrazó sus propios brazos.
—¿Eso es malo?
—Es una advertencia.
—¿De qué?
Antes de que Maraida pudiera responder, un sonido lejano atravesó el aire.
Un relincho.
Después, silencio.
Amara miró hacia el bosque.
—¿Escuchaste?
Maraida asintió lentamente.
—Sí.
Otro relincho llegó desde los árboles, esta vez más débil, casi dolorido. Elian despertó sobresaltado.
—¿Qué fue eso?
Amara tomó su manto de la silla.
—Un caballo.
Maraida la sujetó del brazo.
—No vayas.
—Puede haber alguien herido.
—Precisamente.
Amara sostuvo la mirada de la anciana.
—Si alguien está herido, no puedo quedarme aquí.
Maraida apretó los dedos sobre su brazo, como si quisiera retenerla no por autoridad, sino por miedo.
—Tu bondad te salvará muchas veces, Amara. Pero también puede llevarte hacia aquello de lo que he intentado protegerte.
La joven miró la puerta vieja, la casa pobre, el campo de lirios y el bosque que parecía llamarla desde lejos. Sintió miedo. Claro que lo sintió. Pero también sintió algo más: una certeza suave, nacida en lo profundo de su pecho.
Había alguien sufriendo.
Y ella no sabía ignorar el dolor ajeno.
—Volveré pronto —prometió.
Tomó su canasta de hierbas, guardó el broche de plata en el bolsillo de su vestido y salió de la casa.
Maraida quedó en la entrada, observándola alejarse.
La casa sin puertas volvió a crujir a sus espaldas.
Y el Bosque Blanco, inmóvil y antiguo, pareció abrirse para recibirla.
