Capítulo 3 El mercado de Aurelian

Amara no llegó al bosque de inmediato.

El relincho se había apagado, y aunque su corazón le pedía correr hacia los árboles, sabía que no podía internarse sin vendas, agua limpia ni ungüentos. Regresó unos pasos, tomó de la repisa de Maraida una pequeña bolsa medicinal que la anciana le había preparado semanas atrás y, antes de partir, escuchó la voz de la curandera detrás de ella.

—Si encuentras algo que no comprendes, no lo toques sin escuchar primero a la tierra.

Amara se volvió.

—¿Cómo se escucha la tierra?

Maraida la miró con gravedad.

—Con el corazón quieto.

Aquella respuesta no le aclaró nada, pero tampoco tuvo tiempo de pedir explicaciones.

Sin embargo, antes de llegar al bosque, se encontró con doña Elva, la mujer que esperaba las raíces de luna para su nieto. La anciana estaba junto al camino, envuelta en un rebozo café, con los ojos cansados por una noche sin dormir.

—Amara, hija, ¿las conseguiste?

Amara miró hacia los árboles. Luego a la mujer.

El relincho no volvió a escucharse.

El deber se dividió en dos caminos: el dolor desconocido del bosque y la fiebre conocida de un niño.

—Sí —respondió, aunque solo llevaba unas pocas raíces—. Iré ahora mismo a prepararlas.

Doña Elva suspiró con alivio.

Así era la vida de Amara: siempre había una urgencia antes de otra urgencia, una necesidad antes de su propio cansancio, una mano que sostener aunque las suyas estuvieran vacías.

Pasó la mañana preparando infusiones, limpiando heridas, entregando las pocas flores que le quedaban y ayudando a Maraida con enfermos. Cuando por fin pudo pensar en el bosque, el sol ya estaba alto y la aldea comenzaba a llenarse de voces.

—Debes ir al mercado —le recordó Maraida.

Amara se quedó quieta.

—No tengo suficientes lirios para vender.

—Tienes bordados.

—No son muchos.

—Pero son buenos.

Amara miró la pequeña bolsa donde guardaba pañuelos bordados durante noches enteras a la luz de una vela. Había flores, aves, ramas de sauce y estrellas diminutas cosidas con hilo azul. Eran trabajos delicados, demasiado delicados para las manos cansadas con que los hacía.

—Podría ir mañana.

Maraida negó con la cabeza.

—Mañana quizá sea tarde.

—¿Para qué?

La anciana no respondió directamente.

—Hoy habrá movimiento en la capital. Se anuncia algo importante en palacio. Cuando la nobleza se reúne, compra más de lo que necesita.

Amara no quería acercarse a los nobles después de lo ocurrido con los soldados. Pero necesitaba harina. Necesitaba aceite. Necesitaba sal. Y, aunque no lo dijera, también quería comprar un poco de miel para Maraida y Elian.

Así que preparó su canasta, acomodó los pañuelos bordados, puso encima los pocos lirios que le quedaban y tomó el camino hacia la capital.

El sendero de Nareth a Aurelian era largo, pero hermoso a su manera. Primero atravesaba campos secos, luego una franja de árboles bajos y finalmente subía por una colina desde donde podía verse el reino en todo su esplendor.

Cada vez que Amara llegaba a esa colina, se detenía.

La ciudad de Aurelian brillaba al pie de las montañas como si hubiera sido tallada en luz. Sus torres de cristal reflejaban el cielo. Los techos azules del distrito noble parecían olas detenidas. En el centro, sobre una elevación de piedra blanca, se alzaba el palacio: enorme, perfecto, distante.

El Palacio de Cristal.

Desde niña, Amara lo había mirado con una mezcla de fascinación y tristeza. Fascinación porque parecía salido de los cuentos que su madre le contaba. Tristeza porque sabía que lugares así no estaban hechos para personas como ella.

Al llegar a las puertas de la ciudad, los guardias revisaron su canasta.

—¿Nombre? —preguntó uno sin mirarla.

—Amara Lirio. De Nareth.

El guardia hizo una marca en una tabla.

—Motivo de entrada.

—Venta en el mercado.

El hombre tomó uno de los pañuelos y lo examinó con poco cuidado.

—¿Tú hiciste esto?

—Sí, señor.

—No parece trabajo de aldeana.

Amara no supo si aquello era un insulto o un cumplido. En Aurelian, muchas veces eran lo mismo.

—Mis manos no saben de linajes —respondió con suavidad—. Solo de hilos.

El otro guardia soltó una risa breve.

—Déjala pasar. Hoy no tenemos tiempo para poetas pobres.

Amara entró.

El mercado de Aurelian era un mundo distinto al de Nareth. Había puestos de frutas brillantes, especias traídas de reinos lejanos, telas con hilos de oro, jaulas con aves de colores imposibles y fuentes donde el agua cantaba gracias a pequeños encantamientos permitidos solo en la capital.

Los comerciantes gritaban sus ofertas. Las campanas sonaban. Los nobles paseaban con guantes limpios y criados detrás. Todo olía a pan recién hecho, perfume, cuero, flores y monedas.

Amara colocó su manta en un rincón permitido para vendedores de aldeas. No era una zona buena. Quedaba cerca de los establos y lejos de los puestos elegantes, pero al menos podía vender allí sin pagar demasiado.

Acomodó los pañuelos uno por uno. Luego los lirios.

Apenas terminó, una niña noble se acercó de la mano de su institutriz. Tendría unos siete años y llevaba un vestido color lavanda.

—Qué bonito —dijo, señalando un pañuelo bordado con una luna.

Amara sonrió.

—Lo hice pensando en las noches claras.

La niña lo tocó con cuidado.

—Quiero este.

La institutriz miró a Amara con desconfianza.

—¿Cuánto?

Amara dio un precio justo. La mujer arqueó una ceja.

—Muy caro para tela de aldea.

—El hilo es bueno y el bordado tomó tres noches.

—Las noches de una pobre no valen tanto.

La niña levantó la mirada.

—Pero es bonito.

La institutriz suspiró con fastidio, pagó menos de lo pedido y tomó el pañuelo sin esperar respuesta. Amara aceptó las monedas. Podía haberse negado, pero entonces no habría vendido nada.

Así transcurrió la tarde: algunos compraban, otros tocaban y se marchaban, otros regateaban hasta volver indigno cualquier esfuerzo. Una dama incluso le preguntó si podía bordar el escudo de su familia en veinte servilletas por una cantidad ridícula.

—No, señora —respondió Amara.

—¿No?

—No podría hacer un buen trabajo por ese precio.

La dama la miró como si una silla le hubiera hablado.

—Qué insolencia.

—No es insolencia. Es honestidad.

La mujer se marchó ofendida.

Amara bajó la mirada hacia sus manos. Había vendido poco, pero suficiente para harina, sal y tal vez una manzana más para Elian.

Fue entonces cuando las trompetas sonaron desde la avenida principal.

El mercado entero se agitó. Los comerciantes enderezaron sus puestos. Los guardias abrieron paso. Las personas comenzaron a murmurar.

—La comitiva real.

—Viene del palacio.

—Dicen que anunciarán el compromiso.

—¿El príncipe Damián?

—Con Lady Celeste de Arvand.

Amara levantó la vista.

Un carruaje dorado apareció entre la multitud, escoltado por soldados de armadura pulida. Detrás iban nobles a caballo, estandartes azules y blancos, músicos y pajes que arrojaban pétalos al camino.

El pueblo se inclinó.

Amara también lo hizo, más por costumbre que por devoción. Desde su posición solo alcanzó a ver, por una ventana abierta del carruaje, el perfil de una mujer de belleza fría: la reina Isolde. Su rostro parecía tallado en mármol. No miraba al pueblo; miraba por encima de él.

Luego pasó un caballo negro.

El jinete llevaba capa azul oscuro y no viajaba dentro del carruaje, sino junto a los soldados. Amara no pudo ver bien su rostro porque el sol le daba de frente, pero notó algo distinto en su postura. No saludaba como los nobles que disfrutaban ser admirados. Observaba.

Por un instante, el jinete giró la cabeza hacia la zona de los vendedores pobres.

Amara sintió que su mirada pasaba sobre ella.

Fue apenas un segundo.

Pero en ese segundo, el ruido del mercado pareció alejarse.

El caballo siguió avanzando. La comitiva desapareció por la avenida.

—El príncipe —susurró una vendedora junto a ella, suspirando—. Dicen que es justo, aunque demasiado serio.

—¿Era él? —preguntó Amara.

—Claro. ¿Quién más montaría así? Como si cargara el reino sobre los hombros.

Amara no dijo nada.

Compró harina, sal, una pequeña botella de aceite y, después de contar varias veces sus monedas, un frasquito diminuto de miel. Era casi nada, pero al sostenerlo entre sus manos sintió una alegría sencilla.

Antes de marcharse, pasó por el puesto de telas usadas. Encontró un retazo azul, suave aunque desgastado. Pensó en arreglar con él su vestido viejo. Lo tocó con deseo, pero no lo compró. La miel era más importante.

Cuando salió de la ciudad, el cielo comenzaba a teñirse de naranja. Las puertas se cerraban al anochecer, así que apresuró el paso por el camino de regreso.

La colina, que por la mañana parecía hermosa, al atardecer le pareció solitaria. El viento se levantó, moviendo su cabello. Amara sujetó mejor la canasta y siguió andando.

Entonces escuchó un trueno.

Pero no había nubes.

Se detuvo.

Desde el Bosque Blanco llegó un sonido parecido al choque de metales. Después, un grito lejano. Luego, el relincho de un caballo.

El mismo relincho dolorido de la mañana.

Amara sintió que la sangre se le helaba.

Miró hacia Nareth. Aún estaba lejos. Miró hacia el bosque. Los árboles blancos se alzaban como columnas bajo la luz moribunda.

Recordó las palabras de Maraida.

“Si encuentras algo que no comprendes, no lo toques sin escuchar primero a la tierra.”

Otro relincho.

Esta vez más débil.

Amara apretó la canasta contra su pecho.

Podía seguir hacia casa. Podía fingir que no había oído nada. Podía decirse que una joven pobre, sola y sin defensa no tenía obligación de internarse en un bosque peligroso al anochecer.

Pero ella no era capaz de construirse una paz sobre el abandono de otro.

Respiró hondo y salió del camino.

La capital quedó atrás. Nareth también.

Frente a ella, el Bosque Blanco abrió su sombra.

Y Amara entró.

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