Capítulo 4 El jinete del bosque blanco

El Bosque Blanco no se parecía a ningún otro lugar del reino.

Desde fuera, sus árboles parecían hermosos: altos, pálidos, cubiertos por hojas plateadas que brillaban incluso cuando el cielo se oscurecía. Pero por dentro, el bosque tenía una vida distinta. Los sonidos cambiaban. Los pasos se volvían más hondos. El aire olía a musgo, lluvia antigua y secretos.

Amara avanzó con cuidado, apartando ramas bajas con una mano y sujetando la canasta con la otra. La luz del atardecer apenas lograba filtrarse entre los troncos. Cada sombra parecía moverse. Cada crujido le hacía contener el aliento.

—Solo es un caballo herido —se dijo en voz baja—. Solo eso.

Pero no estaba segura.

En Nareth todos conocían historias sobre el Bosque Blanco. Decían que allí vivían ciervos con astas de oro, lobos que hablaban durante los eclipses y espíritus que guiaban a los niños perdidos si sus corazones eran puros. También decían que algunas personas entraban y salían años después sin haber envejecido un solo día, mientras otras desaparecían entre los árboles sin dejar más rastro que una cinta, un zapato o una canción.

Amara nunca había creído del todo esas historias.

Tampoco las había desafiado.

El relincho volvió a escucharse, más cerca.

La joven siguió el sonido hasta llegar a un claro pequeño. Allí encontró señales de lucha. Había ramas rotas, marcas profundas en la tierra y una flecha clavada en un tronco. El corazón comenzó a golpearle con fuerza.

Entonces lo vio.

Un caballo negro estaba junto a un arroyo, temblando. Su pelaje brillaba de sudor y tenía una herida en una pata. Al ver a Amara, levantó la cabeza y bufó, inquieto.

—Tranquilo —susurró ella—. No voy a hacerte daño.

El animal retrocedió un poco, pero no huyó. Tenía riendas de cuero fino y una silla demasiado elegante para pertenecer a un campesino. En uno de los costados colgaba un emblema bordado: un sol dorado sobre un cristal azul.

Amara se quedó helada.

Era un caballo de la corona.

El miedo le pidió que se marchara.

Si había soldados cerca, podían acusarla de robo. Si había nobles heridos, podían culparla por acercarse. Si había enemigos del reino, podían estar aún entre los árboles.

Pero el caballo tembló otra vez, y Amara vio la sangre bajando por su pata.

Se acercó lentamente.

—Está bien —dijo con la misma voz que usaba para calmar a los niños enfermos—. Nadie merece sufrir solo.

El animal dejó que tocara su cuello. Amara cerró los ojos un instante. Sintió bajo la palma un pulso acelerado, caliente, lleno de miedo. Sacó agua limpia, lavó la herida como pudo y aplicó un ungüento. Mientras lo hacía, volvió a ocurrir.

Una luz suave apareció en sus dedos.

Amara contuvo el aliento, pero no retiró la mano. Recordó a Maraida.

Escuchar la tierra.

Intentó aquietar el corazón.

Debajo de sus rodillas, el suelo parecía respirar. No con palabras, sino con una sensación profunda, como si el bosque entero inclinara la cabeza hacia ella. La luz se extendió apenas, cubriendo la herida del caballo. La sangre dejó de correr.

El animal soltó un resoplido largo y bajó la cabeza.

Amara abrió los ojos.

—¿Qué soy? —susurró.

El bosque no respondió.

Entonces escuchó un gemido.

La joven giró de inmediato.

Al otro lado del claro, detrás de un grupo de helechos plateados, había un hombre caído.

Amara corrió hacia él y se arrodilló a su lado. Llevaba ropa de viaje cubierta de tierra, una capa oscura rasgada y una espada a pocos pasos de su mano. Tenía una herida en el costado y otra en la frente. Su rostro estaba pálido, pero incluso así resultaba imposible no notar la nobleza de sus facciones.

Era joven, quizá de unos veinticuatro años. Cabello oscuro, mandíbula firme, cejas marcadas. Tenía las manos de alguien entrenado para la espada, no para el arado. Su ropa, aunque dañada, era de excelente calidad.

Amara tragó saliva.

No era un viajero común.

—Señor —dijo, tocándole el hombro—. ¿Puede oírme?

El hombre no respondió.

Amara acercó la mano a su boca y sintió su respiración. Débil, pero presente.

Miró alrededor. El bosque estaba en silencio. Demasiado silencio.

Tenía que actuar rápido.

Rasgó una parte de su propia enagua para improvisar vendas. Le abrió con cuidado la capa y observó la herida del costado. No era profunda como para haber atravesado órganos, pero sangraba mucho. Amara presionó con la tela, y el hombre se movió apenas, soltando un quejido.

—Lo siento —murmuró ella—. Necesito detener la sangre.

El desconocido abrió los ojos un instante.

Eran grises.

No grises como piedra fría, sino como el cielo antes de la lluvia.

Su mirada se posó en ella sin comprender.

—No… —susurró.

—No hable. Está herido.

Él intentó incorporarse, pero el dolor lo venció.

—Emboscada…

—Ya pasó. Está a salvo.

No sabía si era verdad, pero necesitaba que él lo creyera.

Amara buscó en su bolsa raíz de sombra, hojas de caléndula y polvo de corteza amarga. Preparó una pasta con agua del arroyo y la colocó sobre la herida. El hombre apretó los dientes.

—Perdón —dijo ella otra vez.

Él la miró con dificultad.

—¿Quién eres?

Amara dudó.

En el bosque, junto a un caballo de la corona y un hombre armado, su nombre podía ser una imprudencia. Pero mentir nunca le había salido bien.

—Amara.

El desconocido parpadeó lentamente.

—Amara —repitió, como si el nombre le hubiera llegado desde muy lejos.

Después volvió a perder el conocimiento.

La joven sintió pánico.

—No, no, no. Quédese conmigo.

Presionó la herida. La sangre manchó sus dedos. Una parte de ella quiso llorar; otra, más profunda, se quedó extrañamente tranquila.

Entonces el broche de plata que llevaba en el bolsillo comenzó a calentarse.

Amara lo sacó con manos temblorosas. El pequeño lirio brillaba.

El bosque respondió.

Los árboles emitieron un murmullo bajo. Las hojas plateadas comenzaron a moverse sin viento. La tierra bajo sus rodillas latió una vez. Luego otra.

Amara sintió que algo subía desde el suelo hacia sus manos: una fuerza tibia, antigua, luminosa. No era como encender una vela. Era como recordar una canción que siempre había sabido, aunque nadie se la hubiera enseñado.

Colocó una mano sobre la herida del desconocido.

—Por favor —susurró—. No muera.

La luz apareció.

Esta vez no fue apenas un destello. Fue un resplandor dorado y verde que envolvió sus dedos, la venda, la piel herida. Amara sintió el dolor del hombre como si fuera una sombra entrando en su propio pecho. Contuvo un grito. Le ardieron las manos. Los ojos se le llenaron de lágrimas.

Pero no se apartó.

La herida comenzó a cerrarse lentamente.

No del todo. No como si nunca hubiera existido. Pero lo suficiente para detener la sangre, lo suficiente para devolver fuerza al cuerpo que yacía frente a ella.

Cuando la luz desapareció, Amara cayó sentada sobre la tierra, exhausta.

El caballo negro se acercó unos pasos y bajó la cabeza junto al hombre, como si quisiera protegerlo.

—Tú lo conoces —dijo Amara al animal.

El caballo resopló.

La joven soltó una risa nerviosa, casi absurda.

—Claro que lo conoces. Es tu dueño. Estoy hablando con un caballo. Maraida diría que eso es normal en mí.

El desconocido respiraba con más calma.

Amara miró hacia el cielo. La luz se apagaba con rapidez. No podía dejarlo allí. Pero tampoco podía cargarlo sola hasta Nareth. Tenía que buscar ayuda.

Entonces escuchó voces.

Se puso de pie de golpe.

Entre los árboles, a lo lejos, brillaron antorchas.

—Debe estar por aquí —dijo una voz masculina.

—El caballo no pudo ir muy lejos.

Amara sintió que el miedo volvía con fuerza.

No sabía si eran soldados del reino o los mismos hombres que habían atacado al desconocido. Miró al herido. Miró al caballo. Miró las antorchas acercándose.

Tenía que decidir.

Si gritaba pidiendo ayuda y eran enemigos, lo condenaría.

Si se escondía y eran aliados, quizá perdería la oportunidad de salvarlo.

El broche de lirio volvió a calentarse contra su palma.

Escucha la tierra.

Amara cerró los ojos.

Al principio solo oyó su respiración agitada. Luego, poco a poco, percibió algo más: el crujir de raíces bajo el suelo, el correr del arroyo, el temblor del caballo, el corazón débil del hombre herido. Y más allá, entre los árboles, otros latidos. Duros. Violentos. Impacientes.

No venían a salvar.

Venían a terminar lo que habían empezado.

Amara abrió los ojos.

Con todas sus fuerzas, tomó al desconocido por debajo de los brazos e intentó arrastrarlo hacia unos arbustos densos cerca del arroyo. Era pesado, demasiado para ella, pero el miedo le dio fuerza. El caballo, como si entendiera, se movió frente al claro para ocultar las marcas de sangre.

—No encuentro nada —dijo una voz más cerca.

—Busca junto al agua.

Amara cubrió al herido con ramas y hojas. Luego se agachó junto a él, tratando de no respirar.

Los hombres entraron al claro.

Eran cuatro. No llevaban armadura de la corona, sino capas oscuras sin emblema. Uno de ellos recogió la flecha clavada en el árbol.

—Está herido. No pudo llegar lejos.

Otro miró al caballo.

—El animal sigue aquí.

El caballo negro piafó, nervioso.

—Entonces él también.

Amara sintió que el desconocido se movía a su lado. Con rapidez, le cubrió la boca con una mano. Sus ojos grises se abrieron apenas. Esta vez parecieron entender el peligro.

Durante un segundo, Amara y él se miraron en silencio.

Ella no sabía su nombre.

Él no sabía quién era ella.

Pero ambos comprendieron que sus vidas dependían de no hacer ruido.

Uno de los hombres se acercó al arroyo. Amara sintió las botas a pocos pasos. El corazón le golpeaba tan fuerte que temió que pudieran escucharlo.

Entonces, desde el lado opuesto del claro, una bandada de cuervos salió volando entre graznidos violentos. Los hombres giraron de inmediato.

—¡Allá!

Dos corrieron hacia el ruido. Los otros dudaron y luego los siguieron.

El claro quedó vacío.

Amara no se movió hasta que las voces se perdieron entre los árboles.

El desconocido apartó con suavidad la mano de ella de su boca.

—Me salvaste —susurró.

Amara sintió que la voz de él, aunque débil, tenía una calidez inesperada.

—Todavía no.

El hombre intentó hablar otra vez, pero el cansancio lo venció. Amara miró el bosque oscuro. No podía regresar sola con él. Necesitaba a Maraida. Necesitaba ayuda. Necesitaba que la noche no terminara de caer.

Se levantó y tomó las riendas del caballo.

—Escúchame —le dijo al animal—. Voy a llevarte a Nareth. Pero si me tiras, te juro que regresaré a curarte la pata solo para regañarte.

El caballo la miró con sus grandes ojos negros.

Amara ayudó al desconocido a incorporarse. Él apoyó parte de su peso sobre ella, y la joven sintió el calor de su cuerpo, el temblor de su respiración, la cercanía extraña de alguien que acababa de entrar en su destino sin pedir permiso.

—¿Puedes caminar? —preguntó.

—Intentaré.

—Eso no es lo mismo.

—Es lo único que tengo.

Amara lo miró un instante. Había dolor en su rostro, pero también una dignidad cansada. Una tristeza que no parecía de la herida, sino de algo más antiguo.

—Entonces caminaremos despacio —dijo ella.

El desconocido la observó como si aquella frase fuera más bondadosa de lo que merecía.

Avanzaron entre los árboles, ocultándose cada vez que escuchaban un ruido. El caballo los siguió con paso irregular. La noche cayó por completo antes de que divisaran las primeras luces de Nareth.

Cuando llegaron a la casa sin puertas, Maraida ya los esperaba en la entrada.

No pareció sorprendida.

Solo miró al hombre herido, luego el emblema del caballo, luego a Amara.

Su rostro palideció.

—Niña —susurró—, ¿sabes a quién has traído?

Amara sostuvo al desconocido con dificultad.

—A alguien que necesitaba ayuda.

Maraida cerró los ojos, como si hubiera temido exactamente esa respuesta.

El hombre levantó apenas la cabeza. Bajo la luz de la vela, su rostro se vio con claridad por primera vez.

Maraida hizo una reverencia instintiva.

Amara la miró confundida.

—¿Qué haces?

La anciana no respondió enseguida.

El desconocido, pálido y débil, intentó enderezarse.

—No —dijo con voz apenas audible—. Nadie debe saberlo.

Amara miró de Maraida al herido.

—¿Saber qué?

Maraida tragó saliva.

—Amara… él es el príncipe Damián de Valcerra.

La joven sintió que el mundo se detenía.

El hombre al que había salvado, el hombre cuya sangre manchaba sus manos, el hombre que apenas podía mantenerse en pie junto a ella, no era un viajero cualquiera.

Era el heredero del reino.

Era alguien a quien una muchacha de Nareth jamás debía tocar, mirar demasiado, ni mucho menos esconder en su casa.

Pero él estaba herido.

Y ella ya lo había elegido.

No como príncipe.

Sino como ser humano.

Amara respiró hondo, abrió la puerta vieja y dijo con voz temblorosa pero firme:

—Entonces entren rápido, antes de que alguien venga a buscarlo.

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