Capítulo 5 Un desconocido llamado Damián

La casa de Amara nunca había parecido tan pequeña.

El príncipe Damián de Valcerra, heredero del reino de Aurelian, estaba tendido sobre su cama humilde, con la capa manchada de sangre, el rostro pálido y la respiración irregular. El fuego de la chimenea apenas lograba calentar la habitación, y las sombras se movían sobre las paredes como si también ellas hubieran entrado huyendo del bosque.

Amara cerró la puerta con dificultad y colocó una silla contra ella, como hacía cada noche antes de dormir. Pero aquella vez el gesto no le dio ninguna tranquilidad.

—Eso no bastará si vienen por él —dijo Maraida en voz baja.

—Lo sé.

—Entonces entiendes el peligro.

Amara miró al hombre inconsciente.

—Entiendo que está herido.

Maraida la observó con una mezcla de preocupación y orgullo triste. Aquella era la esencia de Amara: veía primero el dolor antes que el riesgo, la necesidad antes que la jerarquía, la vida antes que la conveniencia.

Elian, que había despertado por el ruido, permanecía en un rincón de la casa con los ojos muy abiertos. Miraba al príncipe como si fuera una criatura salida de un cuento.

—¿De verdad es él? —susurró—. ¿El príncipe?

—Habla más bajo —ordenó Maraida.

El niño se cubrió la boca con ambas manos.

Amara se acercó a la cama. El príncipe tenía fiebre. Su frente ardía bajo sus dedos y una línea de sudor bajaba por su sien. La herida del costado, aunque cerrada en parte por aquella luz inexplicable que había brotado de sus manos, seguía inflamada. Había perdido demasiada sangre.

—Necesito agua limpia, vendas y raíz de sueño —dijo Amara.

Maraida ya estaba abriendo su bolsa de curandera.

—La raíz de sueño puede bajar la fiebre, pero también podría dormirlo demasiado.

—Si despierta con dolor, se moverá. Si se mueve, la herida abrirá.

La anciana asintió lentamente.

—Has aprendido bien.

Amara no respondió. No tenía espacio en el corazón para recibir elogios. Cada latido del príncipe parecía exigirle atención.

—Elian —dijo—, ve por agua al pozo, pero no hables con nadie. Si alguien pregunta, dices que Maraida necesita lavar paños.

El niño tragó saliva.

—¿Y si veo soldados?

—No corras. Camina normal. Luego vienes por la parte trasera.

Elian asintió, tomó un cántaro y salió por la puerta de atrás.

Maraida encendió dos velas más y acercó una mesa junto a la cama. Amara lavó sus manos en un cuenco, aunque sabía que ninguna agua podría quitarle del todo la impresión de haber tocado una vida que no pertenecía a su mundo.

La herida del príncipe necesitaba ser limpiada otra vez. Amara cortó con cuidado la tela rasgada de su camisa. No pudo evitar notar las cicatrices antiguas sobre su piel: líneas delgadas en el hombro, una marca cerca de las costillas, otra en el brazo. No eran heridas de un hombre protegido entre salones y bailes. Eran señales de entrenamiento, de combate, de una vida más dura de lo que ella había imaginado para alguien nacido en palacio.

—Pensé que los príncipes no sangraban tanto —murmuró sin darse cuenta.

Maraida soltó un suspiro.

—Todos sangran igual, niña. Lo que cambia es quién se arrodilla a limpiarlo.

Amara bajó la mirada.

Con manos firmes, retiró la venda improvisada. La piel alrededor de la herida estaba caliente. Preparó una mezcla de hierbas, la aplicó con cuidado y luego envolvió el torso del príncipe con vendas limpias. Damián se movió apenas, apretando los dientes entre sueños.

—No —susurró—. No abran la puerta del norte…

Amara se detuvo.

—Está delirando.

Maraida acercó una infusión a sus labios.

—La fiebre arrastra recuerdos.

Damián volvió a murmurar algo incomprensible. Después, con enorme esfuerzo, abrió los ojos.

Amara quedó inmóvil.

A la luz de la vela, sus ojos grises parecían más claros que en el bosque. Había confusión en ellos, pero también una alerta inmediata, como si incluso herido estuviera acostumbrado a despertar preparado para defenderse.

Intentó incorporarse.

—No lo haga —dijo Amara, apoyando una mano en su hombro.

Él la miró, y por un instante no pareció verla como aldeana, ni como curandera, ni como desconocida. La miró como quien reconoce el rostro de alguien que lo ha arrancado de la muerte.

—Tú —murmuró.

—Sí. Yo.

—El bosque…

—Ya no estamos en el bosque.

Damián respiró con dificultad y observó la habitación. Sus ojos recorrieron el techo bajo, la mesa vieja, las paredes de madera, el fuego pequeño, el rostro serio de Maraida y la figura de Amara junto a él.

—¿Dónde estoy?

—En Nareth —respondió Amara—. En mi casa.

El príncipe cerró los ojos un segundo, como si aquella respuesta confirmara un problema mayor.

—No debiste traerme.

Amara arqueó ligeramente las cejas.

—Tiene razón. Debí dejarlo sangrando junto al arroyo. Mucho más prudente.

Maraida disimuló una sonrisa.

Damián volvió a mirarla. A pesar de la fiebre, algo parecido a sorpresa cruzó su rostro.

—No quise decir eso.

—Entonces no lo diga.

La respuesta salió más firme de lo que Amara esperaba. De pronto recordó que no estaba hablando con un enfermo cualquiera, sino con el príncipe heredero. Bajó la mirada.

—Perdone.

Damián la observó en silencio.

—No te disculpes por decir la verdad.

Aquella frase la desarmó un poco.

Elian regresó en ese momento con el agua, empujando la puerta trasera con el hombro. Al ver al príncipe despierto, casi soltó el cántaro.

—¡Está vivo!

—Gracias por el informe —murmuró Amara.

Damián miró al niño.

—¿Quién es?

—Elian —respondió él mismo, levantando la barbilla—. No soy sirviente.

—Nadie dijo que lo fueras.

—Pero lo pensaste.

Por primera vez desde que había abierto los ojos, Damián pareció a punto de sonreír.

—En realidad pensé que eras valiente por entrar en una casa con un desconocido herido.

Elian se quedó sin respuesta. Luego miró a Amara, como preguntando si podía sentirse orgulloso. Ella le hizo una seña para que dejara el agua sobre la mesa.

Maraida tomó el cántaro y comenzó a limpiar los paños.

—Alteza —dijo en voz baja—, necesitamos saber quién lo atacó.

Damián giró lentamente hacia ella.

—No me llame así.

—Eso no cambia quién es.

—Puede cambiar quién nos escucha.

La anciana asintió.

Amara sintió que la conversación entraba en una zona peligrosa.

—Había hombres en el bosque —dijo—. No llevaban el emblema de la corona.

Damián cerró la mandíbula.

—Mercenarios.

—¿Por qué querían matarlo?

El príncipe guardó silencio.

Maraida lo miró con dureza.

—Esta joven arriesgó la vida para salvarlo. Si el peligro llega a su puerta, merece saber de qué debe protegerse.

Damián respiró hondo. El movimiento le causó dolor y tuvo que cerrar los ojos un momento.

—Regresaba de inspeccionar las aldeas del norte —dijo al fin—. Sin escolta oficial. No quería que anunciaran mi llegada.

—¿Por qué? —preguntó Amara.

—Porque cuando la corona avisa que visitará una aldea, los caminos se limpian, los niños reciben pan por un día y los administradores sonríen como santos. Yo quería ver la verdad.

Amara lo miró con atención.

No esperaba aquella respuesta.

—¿Y la vio?

Damián abrió los ojos.

—Sí.

La palabra fue breve, pero cargada de algo que Amara reconoció de inmediato: vergüenza.

—Entonces fue atacado al volver —dijo Maraida.

—Cerca del Bosque Blanco. Mis dos hombres murieron antes de que pudiera pedir ayuda. Mi caballo me sacó del camino, pero caí junto al arroyo.

Amara pensó en el caballo negro, ahora oculto en el pequeño cobertizo detrás de la casa. Noble o no, aquel animal había salvado a su dueño.

—¿Sabe quién envió a los mercenarios?

Damián miró hacia el fuego.

—Sospecho de alguien.

—¿Quién?

El príncipe tardó demasiado en responder.

—Alguien de la corte.

La casa pareció enfriarse.

Elian abrió mucho los ojos.

—¿En el palacio quieren matar al príncipe?

—Elian —dijo Amara, aunque ella misma había pensado lo mismo.

Damián intentó incorporarse de nuevo, pero el dolor lo detuvo. Amara lo obligó suavemente a recostarse.

—Debe descansar.

—Debo regresar.

—No puede ni sentarse sin ponerse pálido.

—Mi ausencia será notada.

—Y si regresa así, también notarán que puede morir antes de llegar a la puerta.

Damián la miró. En otra circunstancia, tal vez nadie se habría atrevido a hablarle así. Pero Amara no estaba en un salón de audiencias. Estaba en su casa, frente a un herido que necesitaba cuidado.

—¿Siempre eres así? —preguntó él.

—¿Así cómo?

—Incapaz de obedecer por miedo.

Amara sostuvo su mirada.

—Tengo miedo todo el tiempo, señor. Solo intento que no mande más que mi conciencia.

Damián quedó en silencio.

La frase pareció tocar algo profundo en él.

Maraida le entregó a Amara la infusión.

—Debe beber esto.

Amara acercó el cuenco a los labios del príncipe. Damián bebió con dificultad. Cuando terminó, su respiración empezó a calmarse.

—¿Cómo te llamas? —preguntó él, aunque ya lo sabía.

—Amara.

—Amara —repitió, esta vez con plena conciencia—. Gracias.

Ella bajó la vista, incómoda ante la suavidad con que dijo su nombre.

—No me agradezca todavía. La raíz de sueño es amarga.

Damián hizo una mueca apenas perceptible.

—Eso debiste advertirlo antes.

—Entonces no la habría bebido.

—Cierto.

Elian sonrió, fascinado. Maraida, en cambio, no dejó de observar la puerta.

La noche avanzó lentamente.

Damián cayó en un sueño profundo. Maraida se quedó junto al fuego preparando más ungüentos. Elian terminó dormido en el suelo, envuelto en una manta. Amara permaneció sentada junto a la cama, cambiando paños fríos sobre la frente del príncipe.

A veces lo miraba sin querer.

Le parecía extraño que alguien tan lejano al mundo de ella respirara ahora en su pequeña habitación. Él pertenecía a carruajes dorados, a salones de cristal, a estandartes y juramentos. Ella pertenecía al barro del camino, a las monedas contadas, a las puertas que no cerraban bien.

Y sin embargo, la sangre de él había manchado sus manos.

El dolor lo había vuelto humano.

Cerca de la medianoche, Damián abrió los ojos otra vez. Esta vez no deliraba. La miró en silencio.

—Sigues aquí —dijo.

Amara exprimió un paño sobre el cuenco.

—Es mi casa.

—Podrías dormir.

—Usted podría dejar de despertar.

Una sombra de sonrisa cruzó el rostro del príncipe.

—Damián.

Amara levantó la mirada.

—¿Qué?

—Llámame Damián. No alteza. No señor. Solo Damián.

Ella dudó.

—No sería correcto.

—Nada de esto lo es.

Tenía razón. Nada de aquello era correcto. Una joven pobre no debía ocultar al heredero del trono en su casa. No debía haberlo tocado. No debía hablarle con esa confianza. No debía sentir esa extraña calma al escucharlo pronunciar su nombre.

—Damián —dijo al fin, casi en un susurro.

Él cerró los ojos, como si escuchar su nombre en la voz de ella le hubiera dado descanso.

—Mucho mejor.

Amara sintió calor en las mejillas y miró hacia la chimenea.

—Duerma.

—¿Estarás aquí cuando despierte?

La pregunta fue tan suave que por un momento no pareció venir de un príncipe, sino de un niño cansado de quedarse solo.

Amara tardó en responder.

—Sí.

Damián volvió a dormirse.

Ella permaneció a su lado hasta que la madrugada empezó a volver gris la ventana. Cuando por fin apoyó la cabeza sobre el borde de la cama, vencida por el cansancio, no notó que el broche de lirio brillaba débilmente en su bolsillo.

Tampoco notó que, afuera, en el campo, los lirios silvestres abrían sus pétalos en plena noche.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo