Capítulo 6 La flor que brilló de noche
Maraida fue la primera en verlas.
La anciana salió antes del amanecer para revisar el cobertizo donde habían escondido al caballo del príncipe. La criatura descansaba de pie, con la pata vendada y los ojos más tranquilos. Al verla, movió las orejas, pero no relinchó. Parecía comprender que el silencio era necesario.
—Buen animal —murmuró Maraida—. Más sensato que muchos hombres de palacio.
Le acercó un cubo con agua y luego caminó hacia el campo.
Entonces se detuvo.
Los lirios estaban despiertos.
No era tiempo de que abrieran así. A esa hora, antes de que el sol tocara la tierra, solían permanecer cerrados, cubiertos de rocío. Pero aquella mañana los pétalos estaban extendidos y emitían una luz tenue, blanca y dorada, como si cada flor guardara una estrella diminuta en su centro.
Maraida sintió que el corazón se le encogía.
Durante años había temido ese momento.
No porque el don de Amara fuera oscuro. Al contrario. Precisamente porque era luminoso. Y en un reino acostumbrado a convertir todo poder en posesión, la luz podía ser más peligrosa que cualquier sombra.
La anciana se arrodilló con dificultad frente a una flor. Tocó el pétalo con la punta de los dedos. Estaba tibio.
—Liria —susurró, recordando a la madre de Amara—. Tu hija ha despertado.
El viento movió los campos, pero no hubo respuesta.
Dentro de la casa, Amara dormía sentada junto a la cama. Había pasado la noche cuidando a Damián, cambiándole vendas, dándole infusiones, contando sus respiraciones con el miedo silencioso de quien no sabe si al cerrar los ojos la vida de otro puede escaparse.
Cuando despertó, fue por una voz baja.
—Amara.
Abrió los ojos de golpe.
Damián estaba despierto.
Su rostro seguía pálido, pero la fiebre había bajado. La miraba con una serenidad que la hizo sentirse demasiado consciente de su cabello desordenado, de su vestido manchado y de la marca que la mesa le había dejado en la mejilla.
Se incorporó rápidamente.
—¿Le duele?
—Menos.
—Eso no responde.
—Sí, me duele.
—Eso responde demasiado.
Damián dejó escapar una risa breve, que se convirtió enseguida en una mueca de dolor. Amara se inclinó de inmediato.
—No se ría.
—Intentaré sufrir con más solemnidad.
—Sería recomendable.
Él la observó mientras ella revisaba la venda. Sus manos se movían con seguridad, aunque su expresión seguía siendo dulce. Damián había visto curanderos reales, médicos con túnicas bordadas y manos frías que hablaban más de honorarios que de alivio. Amara, en cambio, parecía tratar cada herida como si fuera una pena que merecía respeto.
—¿Dormiste algo? —preguntó él.
—Lo suficiente.
—Eso significa que no.
—Significa que no es asunto suyo.
—Damián.
Amara levantó la vista.
—¿Qué?
—Dijiste “suyo”.
Ella suspiró.
—No voy a acostumbrarme tan rápido.
—Tenemos tiempo.
La frase quedó suspendida entre ambos.
Amara sintió una incomodidad extraña, no desagradable, pero sí peligrosa. Porque no tenían tiempo. Él era el príncipe. En cuanto pudiera levantarse, volvería al palacio. Ella volvería a sus lirios, a sus bordados, a sus monedas escasas. Aquella cercanía era una grieta momentánea entre dos mundos que pronto volverían a cerrarse.
—No —dijo ella con suavidad—. No lo tenemos.
Damián no respondió.
Maraida entró entonces con un rostro tan serio que Amara olvidó de inmediato la conversación.
—Ven conmigo.
—¿Qué ocurre?
—Debes verlo.
Amara miró al príncipe.
—No intente levantarse.
—No iba a hacerlo.
Elian, que despertaba sobre su manta, murmuró:
—Sí iba.
Damián lo miró.
—Traidor.
El niño sonrió, todavía medio dormido.
Amara salió con Maraida. Al cruzar la puerta, el aire frío de la mañana le tocó el rostro. Luego vio el campo.
Se quedó sin aliento.
Los lirios brillaban.
Cientos de flores iluminaban la tierra pobre de Nareth con una luz suave, casi sagrada. No era un resplandor fuerte, sino una claridad delicada, como si la noche hubiera dejado pedazos de luna entre los tallos.
Amara dio un paso hacia ellas.
—No puede ser…
—Sí puede —dijo Maraida.
—¿Qué significa?
La anciana tardó en responder.
—Que la tierra te reconoció.
Amara sintió que el miedo regresaba.
—No digas eso.
—¿Qué quieres que diga? ¿Que es casualidad? ¿Que todas las flores de un campo despiertan de noche porque una muchacha sin linaje curó al heredero del trono con las manos?
Amara volvió hacia ella con los ojos llenos de confusión.
—Yo no lo hice a propósito.
—El don no siempre espera permiso.
—No quiero tener un don.
Maraida la miró con ternura.
—Eso decías de niña cuando los pájaros heridos sanaban contigo.
Amara retrocedió.
—Me dijiste que sanaban porque se sentían amados.
—Y no mentí. Solo no dije toda la verdad.
La joven sintió un nudo en la garganta.
—Estoy cansada de verdades incompletas.
Maraida bajó la mirada.
Aquella frase la hirió, porque era justa.
—Tu madre me pidió protegerte.
—¿Protegiéndome de quién?
—De quienes creen que todo poder debe servir a una corona, a una guerra o a una ambición.
Amara miró los lirios. Su belleza le pareció, de pronto, menos inocente. Si alguien del palacio veía aquel campo, si algún soldado lo mencionaba, si el don se hacía visible, todo cambiaría.
—¿Mi madre era como yo?
Maraida cerró los ojos un instante.
—Sí. Pero más entrenada. Más consciente del precio.
—¿Qué precio?
—El de sanar lo que otros destruyen.
Amara abrazó sus brazos.
—No entiendo.
—Cada vez que usas tu magia para salvar una vida, no creas vida de la nada. La llamas de vuelta. Le pides a la tierra que comparta su fuerza. Pero también entregas algo de ti: cansancio, memoria, dolor, a veces años si el daño es demasiado grande.
Amara sintió que el cuerpo se le enfriaba.
Recordó el ardor en sus manos al curar a Damián. Recordó el dolor del príncipe entrando en su pecho como una sombra.
—Entonces pude haber muerto.
—No por esa herida. Pero sí pudiste debilitarte mucho.
—¿Por qué no me lo dijiste antes?
Maraida la miró con dolor.
—Porque esperaba que tu vida pudiera ser sencilla.
Amara soltó una risa amarga, breve y triste.
—Mi vida nunca ha sido sencilla.
La anciana no respondió.
En ese momento, una de las flores más cercanas comenzó a inclinarse hacia Amara. Luego otra. Y otra. Muy lentamente, como si todo el campo reconociera su presencia.
Amara sintió lágrimas en los ojos.
—Tengo miedo.
Maraida se acercó y tomó sus manos.
—Lo sé.
—¿Y si hago daño?
—Entonces aprenderás a reparar.
—¿Y si alguien me usa?
—Entonces aprenderás a decir no.
—¿Y si no soy fuerte?
Maraida le sostuvo el rostro con ambas manos.
—La fuerza no siempre ruge, Amara. A veces habla bajito, cura una herida, comparte un pan o entra a un bosque aunque esté temblando de miedo.
La joven cerró los ojos. Las lágrimas bajaron por sus mejillas.
Detrás de ellas, una voz débil dijo:
—Tiene razón.
Amara se volvió sobresaltada.
Damián estaba en la puerta, apoyado contra el marco, pálido como la cera y con una mano sobre el costado. Elian estaba detrás de él, intentando sostenerlo con una expresión de absoluto fracaso.
—Le dije que no se levantara —dijo el niño.
Amara corrió hacia el príncipe.
—¿Qué hace?
—Desobedecer órdenes médicas.
—Eso no es gracioso.
—No intentaba serlo.
Amara pasó un brazo por su espalda para ayudarlo a mantenerse en pie. Al sentirlo tan cerca, notó el calor de su cuerpo y el leve temblor que intentaba ocultar.
—Debe volver a la cama.
Damián no miraba la casa. Miraba el campo iluminado.
—Tú hiciste esto.
Amara bajó la vista.
—No sé qué hice.
—Me salvaste.
—Cualquiera lo habría hecho.
Damián giró apenas el rostro hacia ella.
—No. Te aseguro que no.
Aquellas palabras fueron dichas con una certeza triste, como si conociera demasiado bien a quienes no se detenían ante el dolor ajeno.
Maraida se interpuso.
—Alteza…
—Damián —corrigió él, sin apartar los ojos de los lirios.
La anciana apretó los labios.
—Damián, este campo debe ocultarse.
—¿Cómo se oculta un campo que brilla?
—Con niebla.
Amara la miró.
—¿Puedes hacer eso?
Maraida no respondió. Caminó hasta el borde del campo, sacó de su bolsa un puñado de polvo gris y lo sopló sobre las flores. El polvo se elevó como ceniza ligera. Durante unos segundos no ocurrió nada. Luego una niebla baja comenzó a extenderse entre los lirios, apagando poco a poco su resplandor.
El campo volvió a parecer común.
Hermoso, pero común.
Amara sintió alivio y tristeza al mismo tiempo.
—No durará mucho —dijo Maraida—. Si vuelven a brillar esta noche, alguien podría verlo desde el camino.
Damián respiró con dificultad.
—Nadie debe saber que estoy aquí.
—Eso ya lo sabemos —dijo Maraida—. La pregunta es cuánto tiempo podrá seguir oculto.
Como si el destino quisiera responder, se escucharon campanas a lo lejos.
No eran las campanas tranquilas de la aldea.
Eran campanas de búsqueda.
Elian palideció.
—Vienen soldados.
Amara miró a Damián. Él cerró los ojos un instante, consciente de lo que significaba.
—Mi ausencia ya fue descubierta.
Maraida tomó el bastón con fuerza.
—Entonces debemos prepararnos.
Amara ayudó a Damián a entrar. Mientras cruzaban la puerta, el príncipe se detuvo un segundo y la miró.
—Amara.
—No hable. Ahorre fuerzas.
—Si vienen por mí, di que me encontraste inconsciente. Que no sabías quién era.
Ella sostuvo su mirada.
—¿Y cree que eso me salvaría?
Damián no respondió.
Porque ambos sabían la verdad.
En Aurelian, una joven pobre siempre era culpable antes de poder explicar su inocencia.
Amara respiró hondo.
—No voy a entregarlo a quienes intentaron matarlo.
—No puedes enfrentarte a la corte por mí.
Ella lo ayudó a recostarse y acomodó la manta sobre su pecho.
—No lo hago por usted.
Damián la miró, sorprendido.
Amara tomó el cuenco con agua y se volvió hacia la ventana, donde la niebla cubría los lirios.
—Lo hago porque está mal entregar a un hombre herido a sus asesinos.
La firmeza de su voz llenó la casa.
Damián no dijo nada más.
Pero desde ese instante, algo cambió en la forma en que la miraba.
Ya no veía solamente a la joven que lo había salvado.
Veía a alguien que, sin corona ni espada, era capaz de desafiar al miedo por una razón justa.
Y en el campo, bajo la niebla de Maraida, una flor volvió a encenderse.
Solo una.
Como una pequeña promesa.
