Capítulo 7 La deuda del príncipe

Los soldados llegaron a Nareth antes del mediodía.

No entraron como hombres que buscan ayuda, sino como dueños de todo lo que pisaban. Sus caballos levantaron polvo en el camino principal y sus armaduras hicieron callar a la aldea entera. Las mujeres cerraron puertas. Los niños dejaron de jugar. Los hombres bajaron la mirada, no por respeto, sino por costumbre.

Amara los observó desde la rendija de la ventana.

Damián estaba oculto bajo el suelo.

La casa de Amara tenía, junto a la chimenea, una pequeña trampilla que conducía a un espacio usado antiguamente para guardar raíces durante el invierno. Era estrecho, frío y oscuro, pero seguro si nadie sabía dónde buscar. Maraida había cubierto la entrada con una alfombra vieja y encima había colocado una mesa.

El príncipe no había protestado, quizá porque entendía que su dignidad valía menos que su vida en ese momento. Elian, en cambio, había encontrado la situación fascinante.

—Nunca pensé que tendría a un príncipe guardado como costal de papas —había dicho.

Damián, desde el hueco, respondió:

—Yo tampoco.

Ahora, mientras los soldados avanzaban por la aldea, Amara sintió que el miedo le cerraba la garganta.

Maraida estaba sentada junto al fuego, fingiendo moler hierbas. Su rostro no mostraba inquietud, pero sus manos se movían más despacio de lo normal. Elian había sido enviado a la casa de doña Elva para evitar que hablara de más. Aunque Amara lo quería, sabía que el niño podía guardar un secreto durante cinco minutos, quizá siete si le ofrecían pan.

Los golpes en la puerta llegaron poco después.

Tres golpes secos.

Amara miró a Maraida.

La anciana asintió.

La joven abrió.

Frente a ella estaba un capitán de la guardia real. Era alto, de cabello rubio oscuro y expresión severa. Llevaba una capa azul con el emblema de la corona. A diferencia de los recaudadores, sus ojos no tenían burla, pero sí una urgencia peligrosa.

—¿Amara Lirio? —preguntó.

El corazón de Amara dio un salto.

—Sí, señor.

—Soy el capitán Rowan, de la guardia de Aurelian. Buscamos a un jinete herido. Hay informes de que pudo dirigirse hacia esta zona.

Amara sintió el peso de la mentira antes de pronunciarla.

—No he visto a ningún jinete.

El capitán la observó con atención.

—¿Está segura?

—Sí.

Uno de los soldados detrás de él miró hacia el interior de la casa.

—¿Podemos revisar?

Amara apretó la mano contra la falda.

—Es una casa pobre, señor. No hay mucho que revisar.

—Entonces no tardaremos —dijo el soldado.

Maraida golpeó el suelo con su bastón.

—¿Desde cuándo la guardia real entra sin permiso a la casa de una curandera?

El capitán Rowan giró hacia ella.

—Madre Maraida.

Amara parpadeó, sorprendida.

El capitán conocía a Maraida.

La anciana levantó la barbilla.

—Capitán.

—No sabía que vivía aquí.

—Eso demuestra que la corte ignora muchas cosas útiles.

Por primera vez, la expresión de Rowan cambió apenas. Casi pareció incómodo.

—Buscamos al príncipe.

El silencio cayó dentro de la casa como una piedra.

Amara bajó la mirada para ocultar el sobresalto. Maraida no se movió.

—¿El príncipe? —preguntó la anciana.

—Fue atacado anoche cerca del Bosque Blanco. Su caballo también desapareció.

—Qué tragedia —dijo Maraida—. Pero si el heredero del reino hubiera entrado en Nareth, alguien habría gritado lo suficiente para despertar a los muertos.

Rowan no sonrió.

—Los hombres que lo atacaron podrían estar cerca. Si alguien lo ayuda a ocultarse, aunque sea por compasión, se pone en peligro.

Amara escuchó un leve movimiento bajo el suelo.

Casi imperceptible.

Pero uno de los soldados también pareció notarlo. Dio un paso hacia la chimenea.

Maraida tosió con fuerza y dejó caer el cuenco de hierbas. El contenido se esparció por el piso.

—Muchacha, recoge eso —ordenó.

Amara se agachó de inmediato, colocándose entre el soldado y la alfombra que cubría la trampilla.

El hombre frunció el ceño.

—¿Qué hay ahí?

—Suciedad —respondió Maraida—. Y si sigue caminando con esas botas, habrá más.

Rowan levantó una mano para detener al soldado.

—Basta.

Luego volvió a mirar a Amara.

—Si sabe algo, debe decirlo.

La joven sintió que cada palabra posible podía condenarla. Si decía la verdad, tal vez entregaba a Damián a manos equivocadas. Si mentía, podía ser castigada por traición. En el mundo de los nobles, incluso salvar una vida podía convertirse en delito si una era pobre.

—Lo siento —dijo—. No sé nada.

Rowan la sostuvo con la mirada un segundo más.

Amara no se permitió temblar.

Finalmente, el capitán asintió.

—Si ve un caballo negro con montura real, informe de inmediato.

—Sí, capitán.

Los soldados se retiraron.

Pero Rowan permaneció un instante más frente a la puerta. Bajó la voz.

—Madre Maraida, si el príncipe llegara a necesitar ayuda, sería mejor que cayera en manos de quienes aún le son leales.

Maraida no cambió la expresión.

—Entonces esperemos que los leales sepan distinguirse de los traidores.

El capitán entendió la acusación escondida. Inclinó apenas la cabeza y se marchó.

Amara cerró la puerta.

Solo entonces sintió que el aire regresaba a sus pulmones.

Maraida levantó la alfombra y abrió la trampilla.

Damián estaba sentado en el espacio oscuro, pálido, con una mano presionando la herida. El esfuerzo de no hacer ruido le había costado caro.

—¿Rowan? —preguntó.

—Sí —respondió Maraida.

—Es leal.

—Tal vez.

Damián la miró.

—Lo conozco desde niño.

—Y aun así alguien de la corte intentó matarlo.

El príncipe guardó silencio. No podía discutir eso.

Amara lo ayudó a salir. Al ponerse de pie, Damián perdió el equilibrio y ella tuvo que sostenerlo. Por un instante quedaron demasiado cerca. Él apoyó una mano en la mesa, pero la otra quedó sobre el hombro de ella.

—Perdón —murmuró.

—No se disculpe. Solo no se desmaye.

—Intentaré obedecer por primera vez hoy.

Amara lo llevó de nuevo a la cama. Sus manos seguían temblando, aunque no quería admitirlo.

—Mintió por mí —dijo Damián cuando ella terminó de revisar la venda.

—No exactamente.

—Dijiste que no habías visto a ningún jinete.

—Y no lo vi llegar montando. Lo vi tirado en el bosque.

Damián la observó con sorpresa. Luego una sonrisa cansada apareció en su rostro.

—Eres peligrosa con las palabras.

—Soy pobre. Las palabras son de las pocas cosas que no pueden quitarme.

La sonrisa de Damián se apagó lentamente.

—Te quitaron flores ayer.

Amara lo miró.

—¿Cómo sabe eso?

—Te vi en el mercado.

Ella recordó la comitiva, el caballo negro, la mirada fugaz desde la avenida.

—Era usted.

—Sí.

—Yo pensé que no miraba a nadie.

—Miraba demasiado. Ese es el problema.

Amara no supo qué responder.

Damián respiró hondo.

—Vi cómo los soldados trataban a la gente del camino. Vi aldeas sin grano, niños sin zapatos, curanderas sin medicinas. Mi madre recibe informes donde todo parece ordenado, pero no lo está.

—No —dijo Amara con suavidad—. No lo está.

Él cerró los ojos.

—Un reino no debería dolerle tanto a su pueblo.

Amara sintió que aquellas palabras movían algo dentro de ella. Había imaginado a los nobles como personas incapaces de ver. Pero Damián veía. Quizá tarde, quizá desde lejos, pero veía.

—¿Y qué hará cuando vuelva al palacio?

Damián abrió los ojos.

—Cambiar lo que pueda.

—Eso suena a poco.

—Es poco.

—Entonces cambie más.

El príncipe la miró fijamente.

—Hablas como si fuera sencillo.

—No. Hablo como alguien que no puede permitirse esperar a que lo difícil sea cómodo.

El silencio que siguió fue distinto. Más hondo.

Damián bajó la mirada hacia sus propias manos.

—Mi padre murió creyendo que mantener la paz era suficiente. Mi madre cree que mantener el orden es lo mismo que hacer justicia. Yo fui educado para no romper el reino.

—A veces lo que está roto no necesita conservarse —dijo Amara—. Necesita repararse.

Damián levantó los ojos hacia ella.

Durante un instante, la casa pareció desaparecer: no hubo palacio ni aldea, ni príncipe ni muchacha pobre. Solo dos personas sentadas frente al peso de una verdad.

Maraida, desde la chimenea, los observaba en silencio.

Sabía reconocer el instante en que un hilo invisible comenzaba a atarse entre dos almas. Y también sabía que algunos hilos podían salvar o destruir.

Al caer la tarde, Damián insistió en ver el campo de lirios. Amara se negó al principio, pero él argumentó que necesitaba caminar unos pasos para no perder fuerza. Maraida aceptó solo después de vendarlo de nuevo y hacerle beber una infusión amarga.

Salieron cuando el cielo empezaba a volverse violeta.

El campo estaba cubierto por la niebla ligera de Maraida. Los lirios ya no brillaban, pero parecían más blancos que antes.

Damián caminaba despacio, apoyándose en un bastón. Amara iba a su lado, lista para sostenerlo si caía. Elian, que había regresado, los seguía a cierta distancia con la solemnidad de un guardia real imaginario.

—¿Siempre has vivido aquí? —preguntó Damián.

—Sí.

—¿Nunca deseaste irte?

Amara miró los campos, las casas pobres, el camino desigual.

—Muchas veces.

—¿Por qué no lo hiciste?

—Porque irse cuesta. Y porque a veces una no se queda por amor al lugar, sino por las personas que no puede abandonar.

Damián miró hacia la casa, donde Maraida fingía no vigilarlos.

—Maraida.

—Y Elian. Y doña Elva. Y los enfermos. Y los niños que necesitan que alguien les parta el pan en dos.

El príncipe guardó silencio.

—Tú sostienes mucho para alguien que dice estar desprotegida.

Amara sonrió con tristeza.

—Una cosa no contradice la otra.

Damián se detuvo.

—Te debo la vida.

—No me debe nada.

—Sí.

—No salvé al príncipe. Salvé a un hombre herido.

—Ese hombre sigue en deuda.

Amara lo miró. El viento movió algunos mechones de su cabello sobre el rostro. Damián sintió, con una claridad que lo inquietó, que nunca había visto a alguien tan hermoso sin necesidad de adornos. Pero no fue solo su belleza lo que lo conmovió. Fue su manera de estar en el mundo, como una llama pequeña que se negaba a apagarse.

—Entonces pague la deuda haciendo algo por su pueblo —dijo ella.

Damián sostuvo su mirada.

—Lo haré.

—No por mí.

—Por ti también.

Amara sintió que el corazón le daba un golpe suave y peligroso.

Apartó la vista.

—No diga cosas que no podrá sostener cuando vuelva a su mundo.

Damián quiso responder, pero en ese momento los lirios comenzaron a encenderse.

Uno a uno.

A pesar de la niebla, a pesar del miedo, a pesar de la cercanía del camino.

El campo brilló bajo el crepúsculo.

Elian abrió la boca, maravillado.

—Parece que las estrellas se cayeron.

Amara no pudo moverse.

Damián miró las flores y luego la miró a ella.

—No sé qué eres, Amara Lirio —dijo con voz baja—. Pero sé que este reino te necesita más de lo que imagina.

Ella sintió que aquellas palabras pesaban más que cualquier corona.

Desde el camino lejano, una sombra observaba el resplandor del campo.

Nadie en la casa la vio.

Nadie escuchó cuando el desconocido montó su caballo y se alejó hacia la capital.

Pero esa misma noche, en el Palacio de Cristal, un hombre vestido de negro entró a los aposentos de Lady Celeste y dijo:

—La muchacha existe. Y tiene poder.

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