Capítulo 8 El baile de las máscaras
En el Palacio de Cristal, la noche no era oscura.
Miles de lámparas encantadas ardían en los corredores, suspendidas en el aire como luciérnagas obedientes. Las paredes, pulidas hasta parecer espejos de hielo, devolvían la luz en destellos azules y dorados. Todo allí parecía construido para negar la existencia de la pobreza: los pisos no conocían polvo, las ventanas no tenían grietas, las mesas no estaban vacías y las puertas cerraban siempre desde dentro.
Lady Celeste de Arvand caminaba por uno de los salones privados con un vestido verde oscuro bordado en hilo de oro. Era hermosa de una forma calculada: cada rizo de su cabello rubio estaba en su lugar, cada joya elegida para resaltar su cuello, cada gesto medido para recordar a todos que había nacido para ser admirada.
Frente a ella, de pie junto a la chimenea, Lord Tharian hablaba en voz baja.
Era un hombre alto, delgado, de rostro afilado y ojos negros. Vestía siempre de manera impecable, pero había en él algo difícil de nombrar, algo que hacía que incluso el fuego pareciera arder con menos fuerza cuando se acercaba.
—¿Estás seguro de lo que viste? —preguntó Celeste.
—No lo vi yo directamente —respondió Tharian—. Lo vio uno de mis hombres desde el camino a Nareth. Un campo de lirios brillando bajo la niebla.
Celeste giró hacia él con impaciencia.
—Los campesinos creen ver milagros cada vez que una vela no se apaga con el viento.
—Esto no fue superstición.
—¿Y qué fue, entonces?
Tharian sonrió apenas.
—Magia antigua.
La palabra quedó flotando entre ellos.
Celeste no era ignorante. Había crecido entre tutores, pergaminos, alianzas políticas y secretos familiares. Sabía que en Aurelian existían magias permitidas: encantamientos domésticos, luces de palacio, sellos de protección, pequeños hechizos reservados a familias nobles. Pero también sabía que había otras magias prohibidas, más antiguas que la corona, más difíciles de controlar.
—¿Una aldeana? —dijo con desprecio—. ¿Quieres que crea que una muchacha pobre posee magia antigua?
—La sangre no siempre obedece los registros de la corte.
Celeste apretó los labios.
—¿Y qué tiene que ver eso con Damián?
Tharian dio un paso hacia ella.
—El príncipe fue encontrado con vida. Nadie sabe cómo sobrevivió a la emboscada. Nadie sabe dónde pasó la noche. Pero mis hombres perdieron su rastro cerca de Nareth, y al día siguiente ese campo floreció como si hubiera bebido luz.
Celeste desvió la mirada hacia la ventana. Desde allí se veían los jardines del palacio, impecables, geométricos, domesticados. Nada crecía donde no debía crecer.
—Entonces ella lo ayudó.
—Eso parece.
—¿La ha visto?
—Aún no. Pero la veremos pronto.
Celeste se volvió lentamente.
—¿Qué quieres decir?
Tharian tomó de la mesa una tarjeta sellada con cera azul.
—La reina ha ordenado un baile de máscaras para celebrar el compromiso. Invitaciones han sido enviadas a nobles, comerciantes ricos, familias aliadas y ciertos invitados del pueblo que servirán para aparentar generosidad ante la ciudad.
—La reina no invitaría aldeanos a un acto tan importante.
—No como iguales. Como decoración moral.
Celeste sonrió con frialdad.
—Qué considerado.
—Una invitación puede desviarse. Una muchacha curiosa puede recibirla. Una joven pobre puede creer que el destino le abre una puerta.
Celeste comprendió.
—Quieres traerla al palacio.
—Quiero verla. Saber cuánto poder tiene. Saber si Damián la reconoce. Saber si ella puede ser útil… o peligrosa.
La expresión de Celeste se endureció al escuchar el nombre del príncipe.
—Damián no miraría a una campesina.
Tharian inclinó la cabeza.
—El príncipe tiene una peligrosa inclinación por mirar donde la corte le ordena no hacerlo.
Celeste no respondió. Recordó los últimos días: la ausencia de Damián, su regreso pálido, sus silencios, la forma en que evitaba hablar de la emboscada. Recordó también que, durante la audiencia de la mañana, él no había mirado ni una sola vez el anillo de compromiso que la reina había mandado preparar.
—Damián cumplirá con su deber —dijo.
—Los hombres enamorados suelen confundir el deber con una cárcel.
—No está enamorado.
Tharian la observó con una calma desagradable.
—Entonces no tienes nada que temer.
Celeste sintió el golpe de la provocación, pero no le dio el gusto de reaccionar.
—Haz llegar la invitación.
—Ya lo hice.
En Nareth, esa misma tarde, Amara estaba remendando una camisa de Elian cuando alguien golpeó la puerta.
No eran golpes de soldado. Eran rápidos, nerviosos.
Elian, sentado en el suelo, levantó la vista.
—Si son los Molnar, no estoy.
—Nunca estás para los Molnar —respondió Amara.
Abrió la puerta y encontró a un mensajero joven, vestido con los colores de la ciudad. Llevaba una bolsa de cuero cruzada al pecho y expresión cansada.
—¿Amara Lirio?
Ella sintió un sobresalto.
—Sí.
El mensajero le entregó un sobre grueso, sellado con cera azul.
—Entrega oficial.
—Debe haber un error.
—El nombre dice Amara Lirio, de Nareth.
La joven tomó el sobre sin comprender.
—No puedo pagar mensajería.
—Ya fue pagada.
El muchacho no esperó más. Montó su caballo y se alejó por el camino.
Amara cerró la puerta lentamente.
Maraida, que estaba preparando ungüentos junto al fuego, miró el sello y se quedó inmóvil.
—No lo abras.
Elian se puso de pie de un salto.
—¿Qué es?
—Algo que no debería estar aquí —dijo Maraida.
Amara pasó los dedos sobre la cera. El sello mostraba el sol y el cristal de la corona.
—Viene del palacio.
—Por eso mismo —murmuró la anciana.
Desde la cama, Damián, todavía débil pero ya despierto, alzó la cabeza.
—¿Qué ocurre?
Amara no le respondió de inmediato. Rompió el sello con cuidado y desplegó la tarjeta.
El papel era suave, perfumado, más caro que todas las telas que ella había tocado en su vida. Las letras estaban escritas con tinta azul oscuro.
Leyó en voz alta:
—“Por disposición de Su Majestad la reina Isolde de Valcerra, se invita a la señorita Amara Lirio al baile de máscaras en honor al compromiso real entre el príncipe heredero Damián de Valcerra y Lady Celeste de Arvand…”
Su voz se apagó.
El silencio fue inmediato.
Damián cerró los ojos.
Elian miró de Amara al príncipe.
—¿Compromiso real?
Amara sintió una incomodidad que no tenía derecho a sentir. Sabía que Damián era príncipe. Sabía que los príncipes no elegían libremente. Sabía que su mundo estaba lleno de obligaciones que para ella eran casi incomprensibles.
Pero leerlo en voz alta, verlo escrito con tinta elegante, sintió como si una puerta invisible se cerrara.
—No sabía que iba a casarse —dijo, sin mirarlo.
Damián intentó incorporarse.
—Amara…
—No tiene que explicarme nada.
—Sí tengo.
Maraida intervino con dureza.
—Lo importante no es el compromiso. Es la invitación. Esto es una trampa.
Elian frunció el ceño.
—¿Una trampa con baile? Los ricos son raros.
Amara dobló la tarjeta con cuidado.
—No voy a ir.
Damián la miró.
—Es lo mejor.
Aquella respuesta le dolió más de lo razonable.
Amara sonrió apenas, tratando de ocultarlo.
—Entonces estamos de acuerdo.
Damián notó el cambio en su voz.
—No lo digo porque no quiera verte allí.
—No iba a pensarlo.
Pero lo había pensado.
Damián apartó la manta y puso los pies en el suelo. Maraida chasqueó la lengua.
—Si se abre la herida, lo coseré con hilo de costal.
—Necesito hablar con ella.
—Puede hablar acostado.
Amara se adelantó.
—No hay nada que hablar.
Damián sostuvo su mirada.
—Mi compromiso con Celeste fue decidido por el consejo y por mi madre. No por mí.
—Eso no cambia que exista.
—No.
—Entonces no cambia nada.
La firmeza de Amara era serena, pero por dentro algo le temblaba. Se recordó a sí misma que no tenía derecho a sentirse herida. Ella no era nada para él. Lo había salvado, sí. Lo había cuidado, sí. Habían compartido palabras honestas en una casa pobre, sí. Pero nada de eso podía competir con un anillo real, una alianza entre reinos y el peso de una corona.
Damián bajó la voz.
—No quiero casarme con ella.
Amara sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—No me diga eso.
—Es la verdad.
—Hay verdades que no deberían entregarse a quien no puede hacer nada con ellas.
La frase lo dejó sin respuesta.
Maraida miró a Amara con preocupación. Conocía bien esa forma de protegerse: la joven recogía su dolor con delicadeza, como recogía flores rotas, y lo escondía para no incomodar a nadie.
Damián cerró los puños.
—Si vas al baile, estarás en peligro.
—Ya dije que no iré.
—Prométemelo.
Amara levantó la mirada.
—No soy parte de su corte para recibir órdenes.
—No es una orden. Es una súplica.
Aquello cambió el aire.
Damián, heredero del reino, sentado al borde de una cama humilde, pálido y vulnerable, le pedía algo no como príncipe, sino como hombre preocupado por ella.
Amara sintió que su enojo perdía fuerza, y eso la asustó más que cualquier amenaza.
—No iré —dijo al fin.
Damián respiró con alivio.
Pero Maraida no parecía tranquila.
Esa noche, después de que Elian se durmió y Damián cayó en un sueño inquieto, Amara salió al campo. La invitación estaba guardada en su bolsillo. Los lirios se mecían bajo la luna, apagados gracias a la niebla de Maraida, aunque algunos pétalos aún brillaban cuando ella pasaba cerca.
Se sentó sobre una piedra y sacó la tarjeta.
“Baile de máscaras en honor al compromiso real.”
Pasó los dedos sobre el nombre de Damián.
No debía importarle.
No debía pensar en la forma en que él la miraba. No debía recordar su voz pronunciando su nombre en la madrugada. No debía sentir que algo dentro de ella se inclinaba hacia él como los lirios hacia la luz.
—No iré —susurró.
Pero el viento movió la tarjeta entre sus dedos, y por un instante, la tinta azul pareció brillar.
Amara oyó un murmullo bajo la tierra.
No fue una voz clara. Fue una sensación.
Un camino.
Una advertencia.
Un llamado.
Al día siguiente, en el palacio, la reina Isolde visitó los aposentos de Damián.
Él había regresado en secreto gracias a Rowan antes del amanecer, después de que sus fuerzas mejoraron lo suficiente para montar. Amara no salió a despedirlo. Se quedó dentro de la casa, fingiendo ordenar hierbas mientras escuchaba los cascos alejarse.
Damián no insistió.
Quizá porque entendía.
Quizá porque también le dolía.
Ahora, en su habitación de palacio, vestido con una túnica oscura para ocultar las vendas, escuchaba a su madre hablar del baile, del compromiso, de la estabilidad del reino.
—Lady Celeste llegará con su comitiva al anochecer —dijo la reina—. Debes mostrarte fuerte. Los rumores sobre tu ataque ya han causado suficiente inquietud.
—Casi muero, madre. Perdón si eso incomodó al consejo.
Isolde lo miró con frialdad.
—No ironices conmigo.
Damián se volvió hacia la ventana.
—¿Invitaste a personas del pueblo al baile?
—Algunos representantes. Es conveniente.
—¿Invitaste a alguien de Nareth?
La reina tardó una fracción de segundo en responder.
—No personalmente.
Damián giró hacia ella.
—¿Quién maneja las invitaciones?
—El consejo de protocolo.
—Tharian.
Isolde entrecerró los ojos.
—Lord Tharian sirve a esta corona desde antes de que tú aprendieras a sostener una espada.
—Eso no lo vuelve digno de confianza.
—Tu desconfianza empieza a parecer capricho.
Damián apretó la mandíbula.
—Si una joven llamada Amara Lirio aparece en la lista, quiero que su invitación sea anulada.
La reina lo observó con atención renovada.
—¿Amara Lirio?
Damián comprendió demasiado tarde que había dicho más de lo debido.
—Una aldeana que ayudó durante mi regreso.
—¿Ayudó?
—Me dio agua. Nada más.
Isolde se acercó.
—Hijo, hay mujeres que confunden una cortesía de un príncipe con una promesa.
—No hables de ella así.
La dureza de su voz sorprendió incluso a él.
La reina lo miró largamente.
—Ahora entiendo.
—No hay nada que entender.
—Al contrario. Lo entiendo todo.
Isolde se dirigió hacia la puerta.
—El baile se realizará. Tu compromiso será anunciado formalmente. Y esa muchacha, si tiene sentido común, permanecerá donde pertenece.
Damián cerró los ojos al escuchar la puerta cerrarse.
Donde pertenece.
La frase le provocó una rabia silenciosa.
Porque, por primera vez en su vida, empezó a preguntarse si el problema no era que Amara no perteneciera al palacio.
Tal vez el problema era que el palacio no merecía a alguien como ella.
En Nareth, al caer la tarde, Maraida encontró a Amara frente al baúl de su madre.
La invitación estaba a un lado.
—Dijiste que no irías —dijo la anciana.
Amara no levantó la mirada.
—Eso dije.
—¿Y ahora?
La joven sostuvo el broche de lirio entre sus manos.
—Ahora siento que algo va a ocurrir allí.
—Claro que va a ocurrir. Por eso quieren que vayas.
—No solo eso.
Maraida guardó silencio.
Amara la miró.
—Mi madre estuvo vinculada al palacio. Tú lo dijiste. Tal vez haya respuestas allí.
—También hay enemigos.
—Aquí también. Solo que aquí no usan seda.
La anciana suspiró.
—Damián te pidió que no fueras.
Amara sintió el golpe del nombre.
—Damián volverá a su mundo. Yo necesito entender el mío.
Maraida la observó con tristeza.
—Niña, una vez que cruces esas puertas, ya no podrás fingir que eres invisible.
Amara apretó el broche.
—Estoy cansada de ser invisible para quienes abusan y visible solo cuando necesitan quitarnos algo.
El silencio se llenó de una fuerza nueva.
Maraida comprendió entonces que no podría detenerla.
—No tienes vestido.
Amara bajó la mirada hacia su falda remendada.
—Lo sé.
La anciana se acercó al baúl y sacó una tela envuelta en lino. Amara nunca la había visto. Al desplegarla, el aire pareció iluminarse.
Era un vestido sencillo, blanco como los lirios, con bordes plateados y mangas suaves. No era ostentoso. No era de noble. Era algo distinto: una prenda hecha para parecer nacida de la luna.
Amara contuvo el aliento.
—Era de mi madre.
Maraida asintió.
—Lo usó una sola vez. La noche en que huyó del palacio.
Amara tocó la tela con reverencia.
—¿Por qué lo guardaste?
—Porque algunas historias regresan aunque una intente enterrarlas.
La joven sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—Tengo miedo.
—Bien —dijo Maraida—. El miedo te mantendrá atenta.
—¿Me ayudarás?
La anciana tomó el broche de lirio y lo colocó sobre el vestido.
—Siempre.
Esa noche, mientras el palacio se preparaba para celebrar un compromiso, en una casa pobre de Nareth una joven comenzó a vestirse con los secretos de su madre.
Y en algún lugar oscuro de la corte, Lord Tharian sonrió al saber que la rosa empezaba a caminar hacia la jaula.
