Capítulo 9 Vestida con luz de luna
Amara nunca había usado un vestido que no necesitara remiendos.
Cuando Maraida extendió la prenda sobre la cama, la joven se quedó mirándola como si perteneciera a otra vida. La tela blanca parecía sencilla al primer vistazo, pero al tocarla revelaba pequeños bordados casi invisibles: ramas delicadas, lirios diminutos, líneas semejantes a raíces. Bajo la luz de la vela, los hilos plateados brillaban con una suavidad que no era del todo humana.
—No puedo usarlo —dijo Amara.
Maraida, que buscaba unas cintas en el baúl, ni siquiera levantó la vista.
—Claro que puedes.
—Era de mi madre.
—Precisamente.
—Podría arruinarlo.
—Tu madre cruzó medio reino con ese vestido manchado de lluvia y sangre. Sobrevivirá a un baile.
Amara guardó silencio.
Elian estaba sentado en la mesa, mirando todo con fascinación. Tenía prohibido tocar cualquier cosa, así que mantenía las manos debajo de las piernas para resistir la tentación.
—Pareces princesa —dijo.
Amara se volvió hacia él.
—Ni siquiera me lo he puesto.
—Pero el vestido sí parece de princesa. Entonces, cuando te lo pongas, serás como una.
Maraida soltó un sonido parecido a una risa.
—No todas las princesas merecen sus vestidos, y no todas las muchachas pobres merecen sus harapos.
Amara acarició la tela.
—No quiero fingir ser alguien que no soy.
La anciana se acercó y la miró con firmeza.
—No irás al palacio a fingir. Irás a observar, a escuchar y a regresar viva.
—Eso último suena importante.
—Lo es.
Elian levantó la mano como si estuviera en una escuela que nunca había pisado.
—¿Y yo qué haré?
—Tú te quedarás aquí —respondieron Amara y Maraida al mismo tiempo.
El niño bajó la mano.
—Qué aburrida es la protección.
Amara sonrió, pero su corazón no estaba tranquilo.
Damián le había pedido que no fuera.
Su voz seguía en su memoria: “Prométemelo.”
Y ella se lo había prometido.
O casi.
Había dicho que no iría, sí. Lo había dicho en un momento en que creyó que bastaba con quedarse en su lugar para que el peligro pasara de largo. Pero ahora sabía que el peligro ya conocía su nombre. La invitación no era un accidente. Alguien en el palacio quería verla. Tal vez descubrirla. Tal vez usarla.
Y, sin embargo, también allí podían estar las respuestas sobre su madre.
Liria.
La mujer que había huido del palacio con un vestido de luna y un broche de lirio.
La mujer que le había dejado más preguntas que recuerdos.
Maraida ayudó a Amara a ponerse la prenda. La tela se ajustó con suavidad a su cuerpo, como si la reconociera. Las mangas cayeron ligeras sobre sus brazos. La falda, sencilla y luminosa, rozó el suelo sin ensuciarse.
Elian abrió los ojos.
—Ahora sí pareces de cuento.
Amara se miró en el pequeño espejo de metal pulido que colgaba de la pared.
Por un instante no se reconoció.
No porque se viera como una noble. No se veía como Celeste ni como las damas del mercado. No había arrogancia en su imagen, ni joyas pesadas, ni corsé rígido. Se veía como ella misma, pero iluminada por algo que siempre hubiera estado escondido bajo la pobreza, el cansancio y el miedo.
Sus ojos parecían más claros. Su cabello castaño caía sobre sus hombros en ondas suaves. Maraida tomó unas flores pequeñas del campo y las entrelazó en una trenza sencilla. Luego colocó el broche de lirio sobre su pecho.
La plata brilló.
Amara sintió un latido leve contra la piel.
—¿Qué es realmente este broche? —preguntó.
Maraida tardó en responder.
—Una llave.
—¿De qué?
—Ojalá no tengamos que averiguarlo esta noche.
Amara la miró con inquietud.
—Tus respuestas son cada vez menos tranquilizadoras.
—Eso ocurre cuando una se acerca a la verdad.
Antes de salir, Maraida le entregó una máscara. Era blanca, con bordes plateados y pequeñas formas de pétalos alrededor de los ojos.
—No te la quites por ningún motivo.
—¿Y si me reconocen?
—Te reconocerán más fácilmente si pareces asustada.
Amara respiró hondo.
Elian corrió hacia ella y la abrazó con fuerza. Amara se inclinó para envolverlo en sus brazos.
—Regresaré —le dijo.
—Eso dicen todos en los cuentos antes de que pase algo terrible.
—Entonces lo diré diferente. Volveré antes de que Maraida empiece a roncar con la nariz del alma.
El niño sonrió, aunque sus ojos estaban húmedos.
—Promételo.
Amara besó su frente.
—Lo prometo.
Maraida la acompañó hasta el camino. Un pequeño carruaje esperaba junto a los árboles. No era lujoso, pero estaba limpio. Lo conducía un anciano de rostro amable que debía favores a Maraida desde hacía años.
—Te llevará hasta la entrada de servicio del palacio —dijo la curandera—. Desde allí seguirás a los demás invitados.
Amara miró hacia Nareth. La aldea estaba oscura, pobre, silenciosa. Después miró hacia el horizonte donde el palacio brillaba como una estrella fría.
—¿Mi madre tuvo miedo cuando huyó? —preguntó.
Maraida la observó con ternura.
—Muchísimo.
—¿Y aun así lo hizo?
—Por ti.
Amara sintió que aquellas palabras le daban fuerza y dolor al mismo tiempo.
Subió al carruaje.
Durante el trayecto, el mundo pareció transformarse. Los caminos de tierra dieron paso a calles empedradas. Las casas humildes se convirtieron en edificios altos. Las sombras de Nareth quedaron atrás y la ciudad de Aurelian apareció llena de música, luces y carruajes.
El palacio era aún más impresionante de cerca.
Sus torres de cristal se elevaban hacia el cielo como agujas de hielo azul. Puentes cubiertos unían salones suspendidos. Cascadas artificiales caían por muros transparentes y se recogían en fuentes encantadas donde peces dorados nadaban en círculos perfectos.
Amara sintió deseos de retroceder.
No pertenecía allí.
El carruaje se detuvo.
—Hasta aquí, señorita —dijo el anciano.
Señorita.
La palabra le pareció ajena.
Amara bajó, sujetando la máscara contra su rostro. Otros invitados entraban por una puerta lateral. Algunos eran comerciantes ricos, otros artistas llamados para entretener, otros representantes de aldeas mejor vestidas que ella. Nadie parecía tan inseguro.
Un guardia revisó su invitación.
—Amara Lirio —leyó.
El corazón de la joven se detuvo.
El hombre miró la lista.
—Adelante.
No hubo preguntas. No hubo sospecha. Eso la inquietó más.
Al cruzar la entrada, Amara sintió que dejaba atrás algo más que el camino. Era como entrar en una historia que había comenzado antes de su nacimiento.
El salón principal estaba lleno de máscaras.
Máscaras doradas, negras, rojas, azules. Máscaras con plumas, con piedras, con formas de aves, lobos, soles y lunas. La música envolvía todo. Parejas giraban bajo un techo de cristal donde las estrellas reales se mezclaban con luces encantadas.
Mesas interminables ofrecían frutas, panes, carnes, dulces, vinos y fuentes de miel. Amara pensó en Elian, en Maraida, en los niños de Nareth. Sintió una tristeza casi física al ver tanta abundancia convertida en adorno.
—Primera vez en palacio —dijo una voz femenina a su lado.
Amara giró.
Una joven con máscara azul la miraba con curiosidad.
—¿Es tan evidente?
—Solo para quienes recordamos nuestra primera vez.
La muchacha sonrió.
—Soy Iria, hija de un comerciante de telas. No soy noble, pero mi padre les vende seda, así que nos toleran.
Amara sonrió con timidez.
—Amara.
—Bonito nombre. ¿De qué familia?
La pregunta llegó como una piedra.
—De ninguna importante.
Iria soltó una risa suave.
—Entonces quizá seas la única interesante aquí.
Antes de que Amara pudiera responder, las trompetas sonaron.
Todos se volvieron hacia la escalinata principal.
La reina Isolde descendió primero, majestuosa con un vestido azul profundo y una máscara de plata. A su lado caminaba Lady Celeste, vestida de verde esmeralda, con joyas en el cuello y una máscara dorada que no ocultaba su sonrisa orgullosa.
Luego apareció Damián.
Amara dejó de respirar.
Vestía de negro y azul, con una máscara sencilla que cubría parte de su rostro. Caminaba erguido, aunque Amara, que conocía la herida bajo la ropa, notó la rigidez en su postura. Su rostro estaba sereno, su mirada distante. Parecía otra persona.
El príncipe.
No el hombre que había dormido en su cama humilde. No el herido que había murmurado su nombre en la madrugada. No el Damián que le había hablado del dolor del pueblo.
Ese hombre pertenecía a todos.
Y, por lo mismo, parecía no pertenecerse a sí mismo.
La reina levantó una mano y el salón quedó en silencio.
—Esta noche celebramos la unión de dos casas nobles, la continuidad del reino y la fortaleza de Aurelian. Que la música nos recuerde que, aun después de la oscuridad, la corona permanece.
Hubo aplausos.
Celeste tomó el brazo de Damián.
Amara sintió una punzada en el pecho y se obligó a mirar hacia otro lado.
No había ido por él.
No debía olvidarlo.
Pero cuando la música comenzó de nuevo y Damián bajó la escalinata con Celeste a su lado, algo imposible ocurrió.
Él miró hacia la multitud.
Buscaba a alguien.
Amara lo supo antes de querer saberlo.
Sus ojos grises recorrieron las máscaras, los vestidos, las joyas, los rostros desconocidos. Pasaron cerca de ella una vez, sin detenerse. Luego volvieron.
Se encontraron.
Aunque la máscara cubría parte de su rostro, aunque el vestido de su madre la transformaba, aunque había decenas de personas entre ambos, Damián la reconoció.
Amara lo vio en la forma en que su cuerpo se tensó.
En la forma en que su mirada dejó de pertenecer al salón.
Celeste también lo notó.
—¿Sucede algo? —preguntó con dulzura fingida.
Damián tardó un segundo en responder.
—Nada.
Pero sus ojos seguían en Amara.
Ella retrocedió.
No debía haber ido.
La música creció.
La gente comenzó a bailar.
Amara intentó mezclarse entre los invitados, pero el salón parecía haber cambiado. Cada lámpara era demasiado brillante, cada risa demasiado alta, cada mirada demasiado peligrosa.
Llegó hasta una terraza lateral y salió a tomar aire.
La noche estaba fría. Desde allí se veían los jardines reales, perfectos y silenciosos. Amara apoyó las manos sobre la baranda y cerró los ojos.
—Prometiste no venir.
La voz de Damián la hizo estremecer.
Se volvió.
Él estaba en la entrada de la terraza, respirando con cierta dificultad. Había dejado atrás el salón, la música, a Celeste, a la reina y a todos los ojos que podían verlo.
Amara levantó la barbilla.
—También usted prometió cambiar el reino. Veo que ambos tenemos compromisos difíciles.
Damián se acercó un paso.
—Esto es peligroso.
—Lo sé.
—No. No lo sabes. Alguien envió esa invitación para atraerte.
—También lo sé.
Él la miró, sorprendido.
—Entonces, ¿por qué viniste?
Amara sostuvo su mirada.
—Porque mi madre huyó de este palacio. Porque mi nombre llegó aquí sin que yo lo pidiera. Porque hay personas que ya saben quién soy, o al menos qué puedo hacer. Y porque estoy cansada de esconderme sin entender de qué huyo.
Damián guardó silencio.
La luz de la luna tocaba el vestido blanco de Amara, haciendo brillar los hilos plateados. Por un instante, el príncipe pareció olvidar todas las razones por las que debía mantenerse lejos.
—Ese vestido… —murmuró.
—Era de mi madre.
Damián se acercó un poco más.
—Te ves…
Amara sintió que el corazón le latía con fuerza.
—No lo diga.
—¿Por qué?
—Porque está comprometido.
La frase cayó entre los dos con una claridad dolorosa.
Damián bajó la mirada.
—Amara…
—No. No quiero palabras bonitas en una terraza mientras otra mujer espera tomar su brazo allá dentro.
Él cerró los ojos un instante.
—No la amo.
—Pero debe casarse con ella.
—Eso creen todos.
—¿Y usted qué cree?
Damián la miró.
Durante un segundo, pareció a punto de decir algo que cambiaría demasiado. Pero antes de que pudiera hablar, se escucharon pasos.
Celeste apareció en la entrada de la terraza.
Su sonrisa era impecable.
Sus ojos, no.
—Damián —dijo—. La reina pregunta por ti.
Luego miró a Amara.
—¿Y tú eres?
Amara inclinó la cabeza.
—Una invitada, milady.
Celeste la observó de arriba abajo. Su mirada se detuvo en el vestido, en el broche de lirio, en las manos sencillas de Amara.
—Qué vestido tan curioso para una invitada sin apellido.
Damián dio un paso al frente.
—Celeste.
Ella sonrió.
—No he dicho nada ofensivo.
—Todavía.
Amara sintió el peligro. No quería que Damián la defendiera. No allí. No frente a Celeste.
—Me retiro —dijo.
Celeste ladeó la cabeza.
—No, quédate. Me encantaría saber cómo llegaste a esta celebración.
—Con una invitación.
—Eso ya lo veo. La pregunta es quién pensó que debías recibirla.
Amara sostuvo su mirada. Sintió miedo, sí. Pero también recordó a los soldados llevándose sus flores, a la institutriz pagando menos por su bordado, a tantas personas mirándola como si la humildad fuera una falta.
—Tal vez alguien que creyó que en un baile de máscaras todos podían ocultar lo que son —dijo suavemente.
Celeste entrecerró los ojos.
Damián miró a Amara con asombro.
La tensión fue rota por el sonido de las trompetas desde el salón. Un maestro de ceremonias anunció el primer baile formal del príncipe y su prometida.
Celeste extendió la mano hacia Damián sin dejar de mirar a Amara.
—Nos esperan.
Damián no se movió de inmediato.
Amara bajó la mirada.
—Debe ir.
Él apretó la mandíbula. Luego tomó la mano de Celeste y regresó al salón.
Amara permaneció en la terraza unos segundos más, intentando ordenar su respiración. Pero antes de que pudiera volver a entrar, una voz masculina habló desde las sombras del jardín.
—Tienes los ojos de tu madre.
Amara se quedó helada.
Lentamente, giró hacia la oscuridad.
Lord Tharian salió de entre los cipreses, vestido de negro, con una máscara plateada en forma de cuervo.
—Buenas noches, Amara Lirio.
La joven sintió que el broche sobre su pecho comenzaba a arder.
