Capítulo 1 Muñeca de cristal

Débora Jensen

—¡Dios!, ¡aah!, te amo, Debi. Nunca había tenido una mujer como tú, eres todo para mí —jadea al terminar de correrse dentro de mí. Le sonrío, se acomoda en mi pecho—.Amo que serás mi esposa y que haremos el amor así por siempre.

—Yo no puedo creer que seamos marido y mujer en una semana. ¿Crees que nos precipitamos?

—¡No!, claro que no. Eres mía, yo soy todo tuyo y no era necesario seguir sin casarnos. Yo te veré entrar a la iglesia vestida de novia.—Me besa—.

Usted, futura señora Jacobic, será mi esposa por todas las vías existentes.

—¿Ah, sí?

—Sí.—Vuelve a mis labios mientras nos reímos, mi celular suena—.¡Por Dios, son las 11 de la noche!, ¡qué le pasa al jefe, joder!

—Tranquilo, amor. Le responderé y volveré a la cama.—Con fastidio sale de mí, me coloco una bata y respondo rápido.

—Buenas noches, señor Barrett.

—Débora. Necesito que, por favor, revise lo que le envié, lo necesito para mañana a primera...

—¡Amor, vuelve a la cama!.—Mi jefe al instante se detiene de hablar porque mi novio grita como desquiciado.

—Siento interrumpirle.—Su tono de voz cambia al instante, de relajado a tosco.

—Cuando lo tenga listo, me avisa, por favor.

—Sí, señor Barrett.—Balbucea algo que no entiendo y cuelga. Yo vuelvo a la cama.

—Odio a nuestro jefe —susurra con fastidio—. Ni siquiera en la empresa podemos estar tranquilos porque las muestras de afecto están prohibidas. ¡Qué estupidez!. —Me río, comienzo a besarlo para que deje el tema y poder obtener mi orgasmo.

Después de una hora, puedo lograrlo. Me levanto a darme un baño y salgo para trabajar un rato en lo que me pidió mi jefe.

Al día siguiente...

Tecnosfera Constructora

El frío que siento ahora mismo no es solo por el aire acondicionado. El frío que siento es un reflejo del alma de Madison Barrett. La heredera del imperio de Oscar Barrett, mi jefe.

Aquí está, en mi oficina, esperando su cheque quincenal con esa expresión de superioridad que me enerva la sangre.

—Vamos, secretaria, mueve esas manos, que necesito irme, ¿o es que no las sabes usar? —dice con burla. Toma asiento en el sofá frente a mi escritorio como toda una diva. Hoy, como siempre, la muñequita de cristal viste de diseñador: vestido y botas Valentino, gafas de sol que ocultan su mirada fría y calculadora, dándole ese toque de reina—.Mil dólares quincenales —sisea, arrastrando las palabras con desprecio—.¿Sabes cuánto gastaba yo en un almuerzo antes de que papá decidiera "darme una lección"?—No levanto la vista de mi computadora, donde casi termino de revisar las proyecciones financieras del terreno para el proyecto de Dubai. Es lo que me pidió mi jefe y debo entregárselo en una hora.

—No, Madison. Y sinceramente, no me interesa.—Guardo el documento, cierro mi laptop, tomo la chequera de su padre y firmo.

A mis veintisiete años, he aprendido que el poder real no reside en gritar o intimidar con palabras obscenas, sino en la calma. La calma interior es un privilegio que pocos conocen. Yo la manejo a la perfección.

Me ajusto la chaqueta de mi traje Armani color blanco, entro el cheque certificado por mil dólares en un sobre blanco con verde que tiene logo y sello de la compañía. Lo deslizo a través del escritorio. Ella lo toma entre dos dedos como si fuese basura.

—Debe encantarte esto, ¿verdad?, tenerme aquí cada quince días, obligada a venir a suplicarte mi propio dinero.

—No es tu dinero, Madison. Es el dinero de tu padre. Y no vienes a suplicar, vienes a recoger lo que él, generosamente, decidió seguir dándote después de que abandonaras tu carrera de marketing corporativo por segunda vez.—Su rostro perfecto se endurece al enojarse. A sus 19 años, es innegablemente hermosa: tiene un cabello rubio que cae en un lacio espectacular, ojos color miel y una piel perfecta. Pero su belleza es como un objeto decorativo brillante y costoso, "una muñeca de cristal", como le dice su padre.

—Es una carrera demasiado intensa para mí. ¿Quién necesita un título cuando ya tienes todo?

—Aparentemente, tú.—Entrelazo los dedos sobre el escritorio y miro mi esmalte.

—Para que lo sepas, un título es lo que separa a las personas con futuro de aquellas que dependen de la caridad de sus padres, probablemente hasta que mueren.—Se levanta de un salto, con las mejillas enrojeciéndose.

—¿Caridad? ¡Es mi dinero!

—Claro.—Se acerca un poco a mi rostro.

—¡Tú solo eres una empleada que se cree dueña de todo porque papá te deja jugar a ser importante!—Me levanto lentamente. Rodeo mi escritorio.

—Caridad, sí, porque él ha trabajado arduamente para darte la mejor vida y la mejor educación. Y tú simplemente has rechazado la oportunidad de hacer algo con tu vida en lugar de ser solo la hija "de"... Hasta te ofrecí entrenarte y ayudarte, y recuerda lo que me dijiste.

—Eres nada, Débora, nada. No te metas en mis cosas o en mis asuntos con mi padre.—Se mueve con violencia, señalándome con el dedo—.

Sé que te mueres por él y necesitas su apoyo para tu posición aquí, pero ¿qué crees? Él sigue saliendo con cuantas mujeres le place, menos contigo.

—Se ríe con burla.

—Estás muy equivocada; no me gusta tu padre y no necesito de él para tener trabajo. Soy directora ejecutiva de operaciones y finanzas. Tengo un MBA en administración de empresas, certificación en gestión de riesgos ambientales y un curso avanzado en nanotecnología aplicada a la construcción.—Doy otro paso adelante—.Manejo a dos mil trescientos empleados, contratos por más de diez mil millones de dólares y proyectos en veintitrés países. Llevo casi ocho años convirtiendo la empresa de tu padre en la constructora más rentable del mundo.—Me detengo tan cerca de ella que puedo oler su perfume Dior J'adore—.¿Qué manejas tú, Madison? ¿Tu cuenta de Instagram?—El silencio entre las dos es absoluto. Tiembla de rabia y me río por dentro. Su boca se abre y cierra sin encontrar palabras, algo inusual para alguien que siempre tiene una respuesta envenenada lista para lanzarte. Me humilla y luego no soporta mi golpe. Estruja el sobre en su puño con su perfecta manicura, lo entra en su cartera y me da una cachetada.

—Mi padre se va a cansar de ti. Eres prescindible. Te crees demasiado por los años que llevas aquí, pero ya me hartaste a un nivel que, si te vuelvo a ver, te vomitaré encima, desgraciada, aprovechada.—Sonrío con la mano en la mejilla.

—Si fuera prescindible, Madison, tu padre no me habría dado acceso a todos los sistemas de la empresa. No me consultaría cada decisión importante que toma. ¿Qué no ves que sin mi firma ni siquiera puedes cobrar ese cheque?—Viene a mí con las manos abiertas para agarrarme del cabello, yo también lo hago, luego le devuelvo la cachetada.

—Maldita, sé que eres la culpable de que papá me haya quitado mis tarjetas, pero juro que algún día te haré entender cuál es tu lugar, perra. Te lo aseguro.

—¿Qué está pasando aquí?—Madison corre a los brazos de su padre cuando entra. ¡Ay, Dios!, estoy en graves problemas. He golpeado a su muñequita de cristal. ¡¿Pero en qué estabas pensando, Débora?!.

Siguiente capítulo