Capítulo 3 Su traición #1
Débora
—Me bañaré con tu sangre —escupe en mi cara, totalmente furiosa.
—Dale, perra, estoy lista para dejarte sin un ojo.
—¡Se calman las dos! Madison, sal de mi oficina y te prohíbo la entrada al edificio.
—¡¿Me prohíbes venir a mi empresa por ella?!
—¡Por ella no, por tu comportamiento!, este es un lugar sagrado de trabajo y tú con tus acciones lo estás convirtiendo en una burla. ¡Vete de aquí ya!
—Madison tira el abrecartas.
—Esto no termina aquí, Débora —susurra, y sale corriendo.
—¡Por Dios! —grita furioso. Le da una trompada al escritorio. Me mira.
—¿Está bien?—Afirmo—.Lo siento.
—No, yo lo siento, casi le saco un ojo con mi tacón. Señor, creo que lo mejor es que deje de trabajar para usted. Iré a redactar mi renuncia.
—Claro que no. Ve a limpiarte y seguimos con el trabajo.—Me levanto. Sí, dejaré el trabajo.
Por un instante se me olvida todo cuando se arrodilla ante mí con la vista fija en la mancha de café. Cubro mi coño porque justo ahí me cayó el café.
—Lo siento —dice avergonzado—. ¿Está caliente?—.Ay, sí. Me aclaro la garganta.
—No.
—Bien.
—Jefe. Voy a necesitar acceso a... —Intento no pensar en lo perfecto que se ve ahí.
—Tienes acceso total a todo, lo sabes. —Hace una pausa para respirar— Débora, esto es crítico. Si perdemos ese proyecto, perdemos credibilidad con todos los inversionistas del Golfo Pérsico. Eso significa cancelación de proyectos. Estamos hablando de miles de millones de dólares en contratos futuros.
—Lo sé, señor Barrett.—Agarra mi tacón, me lo pone en el pie, nos miramos fijamente.
—Ni te ocurra renunciar. Por favor.—Afirmo.
—Si me disculpa, tengo una filtración que encontrar, un topo que atrapar y un proyecto multimillonario que salvar.—Sonríe—.
Antes de que te vayas.—Se levanta. Abre un cajón y saca una pequeña caja de color rosa—.Tu regalo de cumpleaños. Es mañana, pero...
—Señor Barrett.
—Ábrela.—Con manos firmes, tomo la caja y la abro. Dentro, un reloj Cartier Tank Française en oro rosa.
—Señor, es hermoso, pero demasiado...
—No lo es —me dice firme—. Ocho años de lealtad inquebrantable merecen reconocimiento, mucho más que un simple reloj. Débora. Úsalo. Y cada vez que mires la hora, recuerda que eres invaluable para esta compañía, para mí.—Su mirada me corta la respiración.
Finjo demencia con lo que me hace sentir y miro mi regalo. ¡Este hombre sí que sabe dar regalos!
—Gracias, señor —le digo suavemente—.Lo atesoraré.
—Bien. Ahora ve.—Afirmo y salgo.
Tengo las tangas húmedas y no solo de café.
El día pasa conmigo investigando, me llevo el trabajo a casa.
Llamo a Derek. Llega con comida china, besándome y queriendo sexo como si no me hubiera ignorado en todo el día. Hombres.
•••
5 A.M
No me siento bien, ¿será que la comida china me cayó mal? No, es mi favorita. No es por eso. Mejor voy al hospital.
Entro por emergencias, me atienden de una vez, análisis de todo.
Leer positivo en el papel me deja en shock. ¡Estoy embarazada, estoy embarazada!
Me siento demasiado feliz, esto era lo único que le faltaba a mi vida para estar completa.
Regreso a mi departamento.
Miro al padre de mi hijo, Derek Jacobic, 22 años, ingeniero, el mejor en el departamento de diseño. Sí, lo ayudé bastante, pero es inteligente y eso lo hizo más fácil.
Ni siquiera se dio cuenta de que me fui. Despistado. Le daré la sorpresa esta noche en la cena.
Me preparo y nos vamos juntos a la oficina.
Me da un beso al llegar y, cuando voy a salir de mi carro...
—Ah, amor, felicidades, gracias por hacerme parte de tu vida.—Saca un pequeño regalo de su chaqueta. Le sonrío y rápido lo abro. Un hermoso collar en oro blanco. «¿De dónde sacó el dinero?»
Lo abrazo y beso dándole las gracias.
—Pensé que lo habías olvidado.—Niega.
—Nos vemos esta noche, ¿verdad?
—Claro, amor. A las 7, ¿cierto?
—A las 8, Derek.
—Perfecto. Te amo.
—También te amo —respondo.
Llego a mi oficina, Betina entra inmediatamente detrás de mí.
—Jefa, felicidades.—Nos abrazamos, me entrega un regalo. Tenemos mucho trabajo, así que nos ponemos a ello.
—Mientras pasan las horas, mi oficina se llena de regalos, igual que cada año, Betina debe poner algunos en su escritorio porque no caben en mi amplia oficina.
El día transcurre en llamadas internacionales, análisis financieros, revisando contratos, volviendo a investigar quién es el topo que está pasando información y el análisis de costos del proyecto más importante de esta constructora.
Mi celular vibra con un mensaje de mi futuro esposo.
"Pequeño cambio de planes. ¿Podemos hacer la cena a las 9:30? La reunión con los clientes será a las 8."
Aprieto los dientes tan fuerte que siento un punzón en la cabeza.
"La reservación es a las 8. Si no llegas, voy sola."
"Bebé, no seas así. Es solo una hora y media de más. Te lo compenso después".
Me envía emojis indicando que me dará un buen sexo y bloqueo mi celular sin responder.
Guardo mi trabajo para irme, tomo mi cartera, corro al ascensor. Llegaré tarde a mi propia cena si no me apresuro.
Llego a casa y me arreglo tan rápido que cuando llego al restaurante es que respiro.
8:30 de la noche, me acomodo pidiendo más jugo. Ven, Derek, quiero darte la noticia de que serás padre.
Dos horas después Derek sigue sin aparecer... Es obvio que me dejó plantada. ¿De qué me sorprendo? Como si fuera la primera vez...
Recibo un mensaje de Madison.
"Mi padre no se siente bien y no quiere que llame una ambulancia, no sé qué hacer, ven por favor".
El corazón me da un salto y se coloca en mi garganta.
Salgo corriendo a pedirle mi carro al valet parking. Me lo entrega e inmediatamente acelero hacia la residencia Barrett. Sé cómo es él. Así se esté muriendo no irá a un hospital.
Llego a su casa, ni siquiera me estaciono bien.
La puerta está entreabierta y, sin pensarlo, entro.
—Dime que la dejarás, que soy todo para ti.—Gime. ¿Madison...?
—Lo eres y por eso la dejaré —jadea. ¿Derek?...
—Mi amor, te amo mucho, te juro que conmigo tendrás todo, todo. Débora no te dará ni una pequeña parte de lo que yo puedo darte... ¡Ah!, ¡más duro, más! —gime Madison—.Las rodillas me flaquean, pero doy los pasos necesarios para abrir la puerta del despacho de Oscar, porque ahí vienen las voces. Sé lo que están haciendo, pero necesito verlo con mis propios ojos.
Abro la puerta de par en par y... Ella está de espalda, recostada en el brazo del sillón, con el vestido a mitad de la cintura y él penetrándola.
—¡Oh!, Débora... —dice, con sorpresa fingida, al voltear.
No cambia su cara de placer, placer que le está dando mi futuro esposo, padre de mi hijo, el mismo que me mira con la boca y los ojos bien abiertos, sin sacar la polla de ella.
—Yo...—Nervioso, sale de ella y se sube los pantalones. Ella baja su vestido y me sonríe con burla, con triunfo. ¡Maldita!
Siento una presión en mi vientre que me llena de temor.
