Capítulo 2 Capítulo 1: El salvador desconocido
ELIZABETH
«¡Tienes que hacerlo bien, Dizzy!». Las suavecitas palabras de Dayan rebotaron en mi cabeza y respiré hondo. Una mujer como yo en un lugar como este… ¡lo que hacía para que los niños recibieran lo que se merecían!
En medio de una música estridente y de gente que andaba como Dios los trajo al mundo, y se pegaban como conejos, apreté los labios y los dedos de los pies mientras caminaba a una de las barras del Zero Bond, un club de clase alta de la ciudad, y miré al lado.
—Señor Spencer… ¿por qué vinimos a esta parte? ¿Cómo podremos hablar sobre su contribución aquí?
Miré alrededor y luego a él. No era tan puritana como para sentir vergüenza o asco de los cuerpos sin nada de ropa alrededor, pero me incomodaba. Simplemente no era mi ambiente.
Dylan Spencer era un pez de media tabla en la ciudad, pero tenía el suficiente dinero para ayudar a los niños por un buen tiempo, y Olivia, mi jefa, me había dicho que necesitaba garantizar esa contribución o el bienestar de los niños estaría en peligro.
Él, cincuentón y no particularmente agraciado en físico debo decir, me miró con ojos brillantes y sonrió.
—Vinimos a divertirnos, señorita Jones. Esto es Nueva York, ¿nunca ha salido de fiesta?
Quiso acercárseme y tomarme el hombro, pero me alejé, lo que pareció encender su astucia, porque entornó los ojos y trató de tomarme de nuevo, y volví a alejarme.
—¿Qué cree que hace? —espeté con el ceño fruncido y me crucé de brazos.
La obviedad pintó su cara y rodó los ojos.
—Vamos a bailar, ¿no? Y luego tengo un sitio para los dos arriba en un reservado que me prestó un amigo. Ya sabes… este es el club de los placeres…
Se acercó y me puso una mano en el hombro, lo que me hizo crisparme y quise alejarme, pero terminé chocando con la barra, por lo que sonrió.
—Estoy seguro que bajo esas ropas tan recatadas se esconde un buen cuerpo… Está a la vista.
Me miró directo a los pechos y estiró la mano para tocarme, pero enseguida se la saqué de un manotazo.
—¡Qué demonios te pasa! —exclamé, mirándolo con dureza.
Él arrugó la cara y vi la ira pintar su cara.
—¡Cuidado con lo que haces o dices, chiquilla! Recuerda que necesitas mi dinero para tus malditos mocosos —protestó y buscó ponerme una mano encima, pero volví a empujarlo, lo que lo molestó todavía más—. ¡Maldita perra, quédate quieta!
Tiró la mano y me agarró por el pelo; chillé pues fue doloroso y miré a un lado en busca de ayuda, pero nadie parecía tener ganas de meterse. Todos parecían tener mejores cosas de las que ocuparse.
Dylan me atrajo hacia él, y lo vi queriendo meterse en mi cuello. Sentí su aliento sobre mi piel mientras me acorralaba entre la barra y su asqueroso cuerpo, y se me erizaron todos los vellos a la par que las arcadas se gestaban en lo profundo de mi estómago.
Intenté empujarlo, pero fue imposible; sin embargo, de pronto, cuando más sentía su peso sobre mi cuerpo y cerraba los ojos para ahorrarme tan espantosa vista, solo desapareció, como si lo hubieran jalado, y escuché un quejido doloroso.
Abrí los ojos y encontré a un hombre pelinegro bien vestido confrontándolo con el ceño fruncido.
—¡Suéltala! —clamó, enfureciendo de inmediato a Dylan
No me pasaron desapercibidos sus perforaciones ni los tatuajes de sus brazos; sin embargo, fue su intensa mirada hacia Dylan lo que llamó con más fuerza mi atención. Era como si estuviera protegiendo algo que era importante para él, en este caso yo, y eso me sacó de sitio.
¿Yo era importante para alguien?, ¿un desconocido, además?
—¡Jódete, yo la vi primero! ¡Si quieres hacerlo con alguien aquí tienes una gran oferta, pero ella es mía! —chilló Dylan, cosificándome, y apreté los labios.
Él intentó avanzar, pero el desconocido se lo impidió, lo que lo molestó aún más.
—Déjala en paz —espetó este con voz grave, y se paró ante mí como escudo—. ¿Eres de los que no entiende que no es no?
Dylan soltó una carcajada y negó con la cabeza.
—Eso me vale un pepino. Ahora, apártate… —De pronto, pareció ver algo en el desconocido y volvió a reír—. No eres más que un visitante… Si yo fuera tú cuidaría mis palabras. —Se paró ante el otro con gallardía, como si tuviera el toro por los cuernos—. ¿Es que no sabes quién soy? Yo que tú me la pensaría mejor hacerme molestar.
—¿Ah, sí? —desafió el desconocido, en su tono una nota de sarcasmo que me tomó desprevenida.
—¡Por supuesto! —clamó Dylan, tras él se formaba ya un grupo de curiosos, aunque la música seguía a todo volumen—. Soy Dylan Spencer, el director de operaciones de la Corporación BDB, una de las empresas más…
—Sí, sí, sí, sigue recitando toda esa mierda para sentirte importante, me vale. —El extraño hizo un gesto desdeñoso con la mano y se giró para mirarme—. Señorita, ¿está bien? —No pude decir nada, sino apenas asentir con la cabeza—. Perfecto. ¿Le parece si vamos a un lugar más tranquilo para que se calme?
Extendió la mano y, aunque dudé un par de segundos, enseguida la tomé, buscando una salida.
Él sonrió y la apretó. La suya se sentía firme, enorme y fuerte, aunque sostenía la mía con cuidado, y en cuanto nos movimos pude ver una acción de parte de Dylan, que arremetió contra el desconocido, sin darnos tiempo a reaccionar, y la multitud chilló.
—¡Cuidado! —grité.
Sin embargo, el desconocido ni se movió, sino que de la nada salió un hombre rubio que neutralizó en menos de un segundo a Dylan, tirándolo boca abajo contra el piso y haciéndolo gritar, y miró hacia arriba, al sujeto que me salvó.
—Señor Herzog, ¿qué debería hacer con él? —preguntó muy serio.
El tal Herzog vio a un lado, a la seguridad que se acercaba, e hizo una seña.
—Solo déjaselo a los guardias. Busca un poco de agua para la señorita o un té y llévalo al reservado.
El otro asintió y se levantó para ir a cumplir su orden, y de inmediato supe que este hombre no podía ser un cualquiera. Bueno, todo aquel que entraba en el Zero Bond definitivamente no era un cualquiera, porque estaba reservado a los empresarios más prestigiosos y con los bolsillos más profundos.
Vaya lío.
Fui guiada a un reservado de la segunda planta y, aunque nerviosa, entré para librarme del ruido del exterior. Sabía bien para lo que se usaban estos reservados, por eso tenía un poco de miedo.
Me senté en un mueble y él cerró la puerta y se sentó al frente, tranquilo.
—No te preocupes, no haré nada de lo que estás pensando —dijo de pronto, y cuando encontré su mirada comprendí que había visto por completo a través de mí—. ¿Estás bien? ¿Te lastimó?
Enseguida negué con la cabeza.
—No… no hizo nada. Gracias por… ayudarme —murmuré y bajé la cabeza.
—No te preocupes. No me gustan los tipos como él. —Hizo una pausa y lo vi sacar una cigarrera y luego un cigarro y el encendedor—. La verdad no me pareces el tipo de persona que vendría a un lugar como este, ¿qué haces aquí, y con un tipo así?
Apreté los labios y dudé por un momento, pero estaba claro que debía decirle la verdad, ¿no? Al menos le debía eso a mi salvador.
Solté un suspiro y alcé la cara.
—Trabajo en un orfanato, y se suponía que la empresa para la que él trabaja iba a hacer una donación para los niños. La salida de hoy era para discutirlo, pero insistió en venir aquí y… no creo que se produzca ninguna donación —comenté desencantada y volví a bajar la cara. Les había fallado—. No sé qué pasará con los niños ahora, y…
Dayan… ¿cómo podría seguir adelante Dayan si no conseguía el financiamiento?
De pronto sentí ganas de llorar y apreté los labios, pues no podía hacer eso ante un desconocido.
—¿Dijiste que trabajabas en un orfanato?
Su voz resonó de la nada con una rara ilusión, lo que me hizo alzar la cara, y lo vi, unos claros ojos impresionados y curiosos que me estudiaban con interés.
—Ehm… sí, ¿por qué?
—¡Perfecto! —exclamó, y su sonrisa me tomó por sorpresa—. Creo que tengo la solución a tu predicamento.
Fruncí el ceño, pero, antes de que pudiera decir nada, él se adelantó en su asiento y espetó:
—Ven a trabajar para mí y te aseguraré el triple de la inversión que esperabas.
