Capítulo 1 Un anillo que nunca llegó.
Regina Montiel estaba segura de que esa noche iba a cambiarle la vida, y tenía razón, solo que en la dirección contraria.
Las luces de la mansión Ferrer brillaban como si alguien hubiera bajado las estrellas al jardín. Había música en vivo, fuentes de champaña y más de doscientos invitados que valían más que todo el barrio donde ella creció. Regina se miró en el reflejo de una ventana y alisó el vestido verde que Selene le había regalado.
«Respira, Regi. Esta es tu noche».
Lo pensaba con el corazón en la garganta. Tres años de noviazgo con Darío Ferrer, primo de su mejor amiga, y esa mañana él le había escrito: «Hoy tengo una sorpresa para ti»
Durante tres años, Darío le había pedido discreción con la familia: «Todavía no es el momento, mi tío es muy especial, déjame hacerlo bien.» Regina lo había tomado por timidez, por cuidado, por amor. Esa noche, pensaba, por fin sería el momento.
Había hecho cuentas toda la semana: una beca que apenas le alcanzaba, una madre enferma a la que le mentía diciendo que todo estaba bien, un futuro que siempre le pedía más de lo que podía dar. Si Darío le pedía matrimonio, ella diría que sí. Y esa misma noche, por fin, se entregaría a él. Había esperado años por un hombre que la amara de verdad.
—¡Ahí estás! —La voz de Selene la hizo girar.
Su mejor amiga desde el primer día de universidad, hacía cuatro años, cumplía veintidós ese día. Llevaba un vestido dorado y una sonrisa que contagiaba a cualquiera. La abrazó con tanta fuerza que casi le sacó el aire.
—Pensé que te habías arrepentido de venir.
—Jamás me perdería tu cumpleaños. —Regina le entregó una cajita—. No es nada caro, pero lo hice con cariño.
Selene abrió la caja. Era una pulsera de hilo con dos dijes, una S y una R. Los ojos se le llenaron de lágrimas.
—Eres mi hermana, ¿lo sabes? Pase lo que pase. —Le apretó las manos y bajó la voz con una sonrisa traviesa—. Y no te hagas la tonta, sé que esta es tu noche. Darío anda misterioso.
A Regina se le encendieron las mejillas.
—¿Tú sabes algo?
—Yo no sé nada —rio Selene, guiñándole un ojo—. Ve, búscalo. Mi papá llegó hoy de viaje y ni siquiera bajó, odia las multitudes. Y mi mamá volvió de Madrid hace un mes y anda insoportable, así que, si te cruzas con una mujer que parece que todo le apesta, ni te acerques. Mínimo tú serás la protagonista de la fiesta.
Regina asintió, sonriendo como una tonta.
Pensó, de pasada, que en cuatro años no había conocido a ninguno de los padres de su amiga. Selene no hablaba de ellos si podía evitarlo, y odiaba las fotos de familia. En su cuarto, Regina solo había visto dos, escondidas en un cajón: una de su madre a los veinte años, con el cabello corto y los ojos muy abiertos, y otra de su padre, tomada hacía muchísimo tiempo, cuando Selene era una niña de cinco años y él apenas un muchacho flaco, con barba rala y sin una sola cana. «Las fotos son para quien quiere acordarse», decía Selene siempre que Regina preguntaba.
Lo buscó por el salón. Por la terraza. Por el jardín. Darío no contestaba el teléfono.
Una mujer elegante, de unos treinta y ocho años, a quien Regina no conocía, la miró pasar con una sonrisa fría, de esas que no celebran nada. Algo en su cara le resultó lejanamente familiar, pero no supo ubicarla. Un hombre de traje gris hablaba por teléfono en voz baja, vigilando la sala. A Regina no le importó ninguno. Solo tenía una idea en la cabeza: el nombre de ella en los labios de Darío, un anillo, una rodilla en el suelo.
Pasada la medianoche, cuando la espera ya dolía, lo encontró.
Estaba en un rincón del pasillo del segundo piso, medio escondido tras una cortina pesada. No estaba solo. Una mujer de vestido rojo lo tenía acorralado contra la pared, con las manos enredadas en su cabello, y él le respondía el beso con una avidez que Regina conocía muy bien. Era la misma que él le reservaba a ella.
Se quedó clavada en el suelo.
La mujer, de espaldas, no giró. Solo se vio una melena oscura y la tela roja deslizándose bajo los dedos de él.
—Darío.
Él se separó de golpe. Tardó un segundo en reconocerla, y cuando lo hizo no hubo culpa en su rostro, solo fastidio.
—¿Qué haces aquí?
—¿Qué haces tú? —La voz le salió quebrada—. Dijiste que tenías una sorpresa para mí.
La mujer de rojo se perdió por el pasillo sin decir una palabra, sin mirar atrás. Darío se acomodó la chaqueta y soltó una risa seca.
—Ay, Regina, no seas ingenua. ¿Una sorpresa? ¿En serio creíste que iba a pedirte matrimonio?
El suelo se le abrió bajo los pies.
—Tres años, Darío.
—Tres años de distracción. —La miró de arriba abajo, con una mueca de desprecio—. Mírate. Una pobretona becada con el vestido regalado de mi prima. Yo soy un Ferrer, Regina. Jamás me casaría con alguien que no está a mi nivel. ¿Por qué crees que nunca te presenté a mi familia? Ni siquiera supiste darme lo que cualquier chica da a los dos meses. Eres una mojigata que quiere llegar virgen al matrimonio. ¿Qué esperabas? ¿Qué me conformara con eso toda la vida?
A Regina le ardió la cara. Quiso abofetearlo, gritarle algo que le dejara una marca, pero la garganta le pesaba como plomo, y lo que salió fue un hilo de voz que odió al oírlo.
—Eres un miserable.
—Y tú una ilusa. —Darío sonrió—. Ya vete, antes de que hagas un escándalo en casa ajena.
Regina echó a correr.
Bajó la escalera lateral con la vista borrosa, cruzó un corredor, otro, empujó una puerta y salió a un balcón de piedra, donde el aire de la noche le golpeó la cara.
«No voy a llorar. No por él».
Pero lloraba. Se aferró a la baranda con los hombros sacudidos, mientras abajo el jardín brillaba como si nada hubiera pasado.
«Mojigata». «Pobretona». «Ilusa».
Esas palabras no eran nuevas. Las había oído toda la vida, en otras bocas, en otros tonos. Pero nunca de un hombre que le había prometido la luna.
Un golpe seco sonó dentro, al otro lado de las cortinas.
Regina se limpió la cara con el dorso de la mano y se giró.
Al final del pasillo que daba al balcón, un hombre se apoyaba contra la pared con una mano en el pecho, como si no pudiera sostener su propio cuerpo. Vestía de negro, tenía la camisa abierta en el cuello y la frente empapada de sudor. No alcanzó a verle bien la cara: la luz era escasa y él mantenía la cabeza baja.
A su lado, una mujer de vestido rojo lo sujetaba del brazo, tirando de él hacia una puerta.
—Ya casi llegamos —decía la mujer, con voz dulce y extraña—. Solo vamos a descansar un poco.
—Suéltame —masculló el hombre—. No sé qué me pasa...
