Capítulo 2 ¿Estás segura?
Regina dio un paso al frente sin pensarlo.
—Señor, ¿está bien?
La mujer giró apenas la cabeza, sin dejar ver su rostro.
—Está ebrio. No pasa nada, yo me encargo.
—No estoy ebrio —gruñó él, y por primera vez levantó la cabeza.
Regina alcanzó a ver unos ojos oscuros, vidriosos, y una mandíbula apretada por el esfuerzo de resistir algo. El resto de su rostro se perdía en la penumbra. Vio también que la mano que ella creyó que sostenía al hombre en realidad lo empujaba, y que él se negaba con todas sus fuerzas.
—Señorita, yo me encargo —repitió la mujer, más dura.
—Él dice que no.
El silencio pesó un segundo. Regina había perdido esa noche todo lo que tenía para perder, y quizá por eso le quedaba menos miedo que a cualquiera.
—Suéltelo. O grito.
La mujer soltó el brazo y se alejó por el pasillo con la cabeza gacha, sin mirar atrás. La oscuridad se la tragó.
El hombre se desplomó contra la pared.
—¿Necesita un médico? —Regina se acercó con el corazón acelerado—. Puedo llamar a alguien.
—No. —Él levantó una mano temblorosa—. Nadie. No quiero que nadie me vea así.
Intentó incorporarse y las piernas le fallaron. Regina lo sostuvo antes de pensarlo, rodeándole la cintura con el brazo. Su cuerpo ardía, la camisa se le pegaba a la espalda y respiraba con un jadeo que parecía doler.
—Estás ardiendo —murmuró ella.
—Me estoy incendiando —confesó él con la voz rota—. Bebí una sola copa, y desde hace diez minutos siento que la sangre me quema. No entiendo qué me pasa.
Regina sintió un escalofrío. No sabía mucho de drogas, pero sí de miedo, y el miedo de ese hombre era real.
—Ven. Hay que sacarte de aquí.
Lo guio por el pasillo, con su peso apoyado en ella, hasta la primera puerta abierta, una habitación pequeña y oscura, con una cama y una ventana entreabierta. Lo sentó en el borde. Él cerró los ojos, apretó los puños sobre las rodillas y respiró hondo, como quien pelea contra sí mismo.
Un aroma a madera y a cítricos llenó el aire. Regina se quedó quieta, sin saber por qué se le aceleró el pulso.
Él abrió los ojos y la miró de verdad por primera vez. Con la ventana a un costado, su rostro seguía siendo solo sombra, y lo único que Regina distinguía era el brillo de su mirada.
—¿Quién eres? —susurró.
—Nadie importante. Pasaba por aquí. —Dio un paso hacia la puerta—. Voy a buscar ayuda.
Una mano caliente le atrapó la muñeca. No la sujetó fuerte, pero tampoco la dejó ir. En esa muñeca, bajo la luz tenue, brillaba un reloj de esfera azul oscuro.
—No te vayas —suplicó él. La voz le temblaba, y no era solo por lo que le habían dado—. Por favor. No sé cuánto más puedo resistir esto solo. Ayúdame.
Regina se quedó inmóvil. Su cabeza le gritaba que saliera, que buscara a Selene, que llamara a seguridad. Pero su cuerpo se había quedado clavado en esa mirada, y lo más extraño era que no sentía miedo de él.
Sentía miedo de lo que estaba a punto de responder.
—No sé quién eres —susurró.
—Yo tampoco sé quién eres —contestó él con una media sonrisa rota—. Y aun así eres la única persona que me ha mirado sin miedo.
Los dedos de él le acariciaron el interior de la muñeca, apenas, como si pidiera permiso con la yema. Esa misma noche, un hombre la había mirado como a un estorbo. Y este, un desconocido que ardía y temblaba, la miraba como si ella fuera lo único firme del mundo.
«Mojigata».
La palabra le retumbó en la cabeza, y algo dentro de ella, algo que llevaba años dormido, se enderezó.
«Esta vez elijo yo».
Sin soltarle la mano, Regina estiró el otro brazo hacia atrás y empujó la puerta hasta cerrarla.
—Está bien —susurró—. Te ayudo.
Un pequeño punto rojo parpadeó en la penumbra de esa alcoba y nadie lo vio.
Con la puerta cerrada, el mundo se redujo al sonido de dos respiraciones.
Él le soltó la muñeca despacio. Regina se quedó de pie frente a él. La habitación apenas tenía luz: la de la ventana entreabierta y una franja dorada bajo la puerta. Pero era suficiente. Él se incorporó apenas y giró el rostro hacia la ventana, buscando aire, y el resplandor del jardín le iluminó la cara de lleno. Entonces ella le vio el rostro completo.
Era un rostro serio, de rasgos duros, con la mandíbula marcada. Tendría unos treinta y tantos años. Tenía los ojos oscuros, febriles, y la frente perlada de sudor. Algo en esa mandíbula le resultó lejanamente familiar, como el eco de una imagen vista hacía mucho tiempo, pero la fiebre de su mirada lo borró antes de que pudiera ubicarlo. Era el hombre más atractivo que Regina había visto en su vida.
«Dios mío».
—Deberías irte —dijo él con la voz ronca, aferrado al borde de la cama hasta que los nudillos se le pusieron blancos—. Sé lo que me pasa, y no quiero que seas tú quien pague por esto.
—Estás pidiendo ayuda.
—Estoy pidiendo lo que no debería pedir.
Regina caminó hacia él despacio. No supo en qué momento dejó de tener miedo. Quizá fue cuando notó que él no la miraba como un hombre que toma, sino como uno que se contiene con todo el cuerpo para no tocarla.
Se arrodilló frente a él y le puso la mano en la mejilla. Ardía.
—¿Cómo te llamas? —susurró.
—Eso no importa esta noche.
—Tienes razón. —Sonrió, sorprendida de su propio atrevimiento—. Tampoco yo te diré el mío.
Él cerró los ojos y apoyó el rostro contra su palma, como un hombre que lleva horas bajo el sol y por fin encuentra agua.
—Mírame —pidió, abriéndolos otra vez—. Necesito estar seguro de algo. Si digo que sí, si te toco, quiero que sea porque tú lo quieres, no por lástima. —Tragó saliva—. Tienes los ojos rojos. Alguien te hizo llorar.
Regina se quedó muda. Nadie se había fijado en eso.
—Eso no tiene que ver contigo.
—Entonces dímelo con claridad. Si dudas un segundo, te abro esa puerta y me quedo aquí hasta que se me pase, aunque me muera. —La voz se le quebró—. ¿Estás segura?
