Capítulo 3 No sé quién eres y ya no voy a poder olvidarte.

Regina cerró los ojos. En la oscuridad volvió la mueca de Darío, y con ella la palabra que le había clavado como un cuchillo: mojigata.

Dolió. Y luego, de pronto, ya no dolía.

Porque el hombre frente a ella ardía, temblaba y, aun así, le ofrecía una puerta. Nadie en tres años le había ofrecido eso. Ni una pregunta ni una salida, solo exigencias disfrazadas de cariño.

Abrió los ojos. Ya no pensaba en Darío, ni en el anillo que nunca existió, ni en la madre a la que le mentía. Pensaba en las manos de ese desconocido, en su respiración, en el modo en que la miraba como si ella tuviera el poder.

—Estoy segura —dijo, y la voz le salió firme—. Y esto no tiene nada que ver con nadie más.

Algo se rompió en el rostro de él: una grieta, un alivio, una rendición.

—Dilo otra vez.

—Quiero esto. Te quiero a ti.

Él tardó un segundo en moverse, como si necesitara guardar esas palabras. Luego inclinó la cabeza y la besó.

Fue un beso contenido, al principio. Él sabía a champaña y a fuego. Regina se aferró a su camisa, y cuando él soltó un sonido ronco contra su boca, todo el cuerpo le respondió con un estremecimiento.

El beso cambió. Se volvió urgente, profundo, desesperado. Las manos de él le recorrieron la espalda despacio, como si memorizara cada curva y temiera hacerle daño. Las de ella subieron a su cuello, se enredaron en su cabello, descubrieron el pulso desbocado bajo su piel.

—Dime que pare —murmuró él contra su cuello.

—No pares.

Él la alzó entre sus brazos como si no pesara nada. Sábanas frescas contra su espalda. El peso cálido de él sobre ella, sostenido en los antebrazos para no aplastarla. Sus ojos, tan oscuros, tan cerca, mirándola como si quisiera guardar cada detalle: la boca hinchada, las mejillas encendidas, el mechón pegado a la sien.

—Eres preciosa —susurró—. No sé quién eres y ya no voy a poder olvidarte.

—Entonces no lo hagas.

Su vestido verde cayó al suelo. Los botones de la camisa de él cedieron uno tras otro, y cuando Regina posó las palmas sobre su pecho desnudo, sintió el corazón de él golpeando contra su mano, tan desbocado como el suyo.

—Dios... —gruñó él contra su cuello—. Me estás volviendo loco.

Ella no tenía palabras. Solo tenía la piel ardiendo donde él la tocaba, la boca de él descendiendo por su clavícula, la sacudida que le arrancó un gemido bajo cuando sus labios encontraron el punto donde el cuello se vuelve frágil. Arqueó la espalda sin darse cuenta. Él lo notó y soltó una risa ronca, rota, que le erizó la nuca.

—Dime si es demasiado.

—No es suficiente —jadeó ella, y se sorprendió de su propia voz, de la mujer que acababa de nacer en esa habitación oscura.

Algo se quebró en él. La besó con un hambre que ya no intentaba contener, y las manos que antes la acariciaban con cuidado se volvieron firmes, urgentes, como si necesitara todo de ella a la vez. Regina se aferró a sus hombros, a su espalda, a las sábanas, a cualquier cosa que la mantuviera en el mundo. Cuando por fin se unieron, ella soltó un grito ahogado y en él hubo un instante de quietud.

—¿Estás bien? —susurró él, temblando por el esfuerzo de esperar—. Debiste decirme…

Ella asintió con los ojos húmedos y le clavó los dedos en la espalda para que no se detuviera.

Entonces se movieron juntos, al principio despacio, y luego con un ritmo que los desbordó a ambos. La habitación se llenó de respiraciones entrecortadas, de gemidos que ya ninguno intentaba ahogar, de un «más» que ella le pidió contra la boca y que él respondió con un gruñido que le recorrió la piel entera. El placer le subió desde el vientre como una ola imposible de frenar, y Regina gritó contra su hombro mientras el mundo se deshacía en luz.

Él la siguió segundos después, con un sonido ronco que ella sintió vibrar en todo el cuerpo, y se quedó temblando sobre ella, la frente hundida en su cuello, los brazos sosteniéndola como si fuera lo único firme que le quedaba.

Después, el silencio, el abrazo, los latidos de los dos desacelerando poco a poco.

Regina se durmió con el aroma de madera y cítricos en la piel.

Maximiliano Ferrer abrió los ojos antes del amanecer.

El fuego había desaparecido. En su lugar quedaba la claridad cruel de quien despierta de una pesadilla. A su lado, una muchacha dormía de lado, con el cabello castaño revuelto sobre la almohada y una mano cerrada sobre la sábana.

«¿Qué hice?».

Lo recordaba todo. Eso era lo peor. Cada beso, cada palabra, su propia voz rogando. Recordaba sus ojos castaños mirándolo sin miedo, su «estoy segura», el grito ahogado, y la mancha de sangre en las sábanas le confirmó lo que había intuido.

Era la primera vez de ella.

Se llevó una mano a la cara. Había bebido una sola copa. Alguien se la había dado, alguien lo había planeado, y esa muchacha había aparecido justo cuando la mujer de rojo lo arrastraba hacia una habitación. ¿Casualidad? ¿O el plan tenía más piezas de las que él imaginaba?

La miró dormir. Debería sospechar de ella. Se obligó a hacerlo, y no pudo.

Se vistió en silencio. Antes de salir se detuvo junto a la cama, y el rostro de ella se le grabó de una forma que supo que no iba a poder borrar: los párpados cerrados, las pestañas, la boca entreabierta, el sabor de ella todavía en la lengua.

«Perdóname».

Salió sin hacer ruido. Desde una repisa un diminuto punto rojo seguía parpadeando.

Regina despertó con la luz del amanecer en la cara y la cama vacía.

Palpó las sábanas todavía tibias. Su vestido verde seguía en el suelo. Del hombre solo quedaba el aroma a madera y cítricos en la almohada.

No se arrepentía. Eso era lo que más la sorprendía. Había elegido, lúcida, por primera vez en su vida, y la elección había sido suya. Lo que le dolía era otra cosa: que él se hubiera ido sin una palabra, justo lo que Darío le había enseñado a esperar de cualquiera.

«Eres una tonta, Regi», se dijo. Pero esta vez no sonó a insulto, sino a ternura.

Se vistió despacio.

Bajó por la escalera de servicio con la cabeza gacha, cruzó el jardín sin que nadie la mirara y, solo cuando la reja quedó atrás, el teléfono vibró en su bolso. Veintitrés llamadas perdidas de Selene y un mensaje reciente.

«Reg, ¿dónde estás? Pasó algo en la fiesta. Mi papá desapareció y lo anda buscando todo el mundo. Contéstame, por favor.»

Regina frunció el ceño.

Guardó el teléfono y siguió caminando, sin sospechar que el hombre al que acababa de entregarse era el mismo al que su mejor amiga buscaba.

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