Capítulo 4 ¿Quién era la mujer que lo había salvado… o la que lo había condenado?
Maximiliano Ferrer había sobrevivido a dos quiebras, una guerra de socios y un divorcio que le costó media fortuna. Esa mañana, encerrado en su despacho con la camisa mal abotonada, descubrió que una sola copa de champaña podía destruirlo más que todo eso junto.
—Papá, abre, por favor. —Los nudillos de Selene golpeaban la puerta—. Medio mundo te está buscando. ¿Estás bien?
—Estoy bien, hija. Anoche me sentí mal y me quedé dormido aquí —mintió, con la frente apoyada contra la madera—. Dile a todos que se vayan a casa.
—Pero era mi cumpleaños…
—Selene.
Su hija guardó silencio. Después se alejaron sus pasos, y Maximiliano pudo por fin respirar.
Lo recordaba todo. Esa era la parte que no lograba perdonarse. Cada beso, cada palabra, su propia voz rogando como un hombre sin dignidad. Recordaba unos ojos castaños mirándolo sin miedo, y una frase dicha con la voz firme: «Estoy segura».
«Y yo estaba drogado. ¿Qué clase de hombre acepta eso?».
Se miró las manos, todavía temblorosas. Tenía treinta y ocho años, una de las mayores fortunas del país y la certeza de que acababa de cometer el error más grave de su vida.
Tomás Rivas, jefe de seguridad de la familia, entró al despacho a las nueve en punto, con una tableta bajo el brazo y cara de no haber dormido. Detrás de él venía Ernesto Lagos, el socio de Maximiliano desde hacía veinte años, con su traje gris impecable y una taza de café en la mano.
—Dime que tienes algo —pidió Maximiliano.
—Tengo tres cosas, y ninguna es buena. —Tomás dejó la tableta sobre el escritorio—. Primero: la copa que usted bebió la sirvió un mesero que no figura en la nómina del catering. Nadie lo contrató. Nadie lo conoce.
—Eso ya lo sospechaba.
—Segundo: las cámaras del segundo piso se apagaron a las 11:42 de la noche y volvieron a encenderse a las cuatro de la madrugada. Alguien con acceso al sistema las desconectó desde adentro.
Ernesto frunció el ceño y dejó el café.
—Eso es gente de la casa, Max.
—O alguien que pagó muy bien a alguien de la casa —corrigió Tomás—. Y tercero: una sola cámara se salvó, la del pasillo al fondo. Mírelo usted mismo.
Tomás giró la tableta. En la pantalla granulada, Maximiliano se vio a sí mismo apoyado contra una pared, sudando, con una mujer de rojo tirando de su brazo. Vio aparecer a otra figura, una muchacha de vestido verde que se plantaba frente a la mujer con los puños cerrados. La de rojo se marchaba. La muchacha lo sostenía por la cintura y lo guiaba hacia una puerta.
Tomás detuvo la imagen. El rostro de la chica quedó congelado bajo la luz del pasillo, con los ojos rojos de haber llorado y la barbilla en alto.
A Maximiliano se le cerró la garganta.
—¿Quién es?
Ernesto se inclinó hacia la pantalla. Tardó solo un segundo.
—Regina Montiel. —Levantó la vista—. Es la becaria de la Fundación Ferrer, la amiga de Selene. Estudia derecho con una beca nuestra. Y, si no me falla la memoria, es la novia de tu sobrino Darío.
El silencio cayó sobre el despacho como un balde de agua helada.
—¿La novia de Darío? —repitió Maximiliano, muy despacio.
—Hace tres años. Él nunca la presentó a la familia, pero yo los vi juntos una vez en un restaurante. —Ernesto cruzó los brazos—. Piénsalo, Max. Anoche te drogan. Las cámaras se apagan. Y justo cuando una mujer te arrastra hacia una habitación, aparece la novia de tu sobrino, que casualmente pasaba por ahí.
—Ella me defendió.
—O llegó a tiempo para ocupar el lugar de la otra. Quizá la de rojo era el plan A y esta chica el plan B.
Maximiliano apretó la mandíbula. Quería gritarle que se callara, que no había visto cómo ella lo miraba, que nadie finge esa clase de temblor. Pero ya no estaba seguro de nada, y esa duda le sentó peor que la droga.
«Era virgen», pensó. Y de inmediato se odió por pensarlo. «Nadie entrega eso por dinero. ¿O sí?».
El teléfono vibró sobre el escritorio.
Número desconocido. Un mensaje con una imagen adjunta.
La abrió con el pulso desbocado. Era una captura en tonos verdosos, de cámara nocturna: una cama, sábanas revueltas, la espalda de un hombre y una melena castaña desparramada sobre la almohada. El rostro de él se distinguía perfectamente.
Debajo, un texto.
«Buenos días, señor Ferrer. Tengo este video. Tres millones de dólares antes del viernes, o su hija, sus socios y toda la prensa verán cómo pasó la noche de cumpleaños de Selene. Se lo advierto: no pregunte a la señorita Montiel cuánto cobró por su actuación. Pregunte cuánto le dieron los demás.»
Maximiliano alzó la vista. Tomás y Ernesto lo miraban en silencio.
—¿Qué dice? —preguntó Ernesto.
Él bloqueó la pantalla, con la sangre helada.
—Dice que alguien quiere destruirme. —Se puso de pie y miró por la ventana, hacia el jardín donde todavía quedaban las mesas de la fiesta—. Y que Regina Montiel sabe más de lo que aparenta.
Se volvió hacia su socio.
—Ernesto, cita a la señorita Montiel para mañana a las nueve, por la Fundación. En mi nombre, y sin avisar a Gregorio ni a Darío.
—Se hará.
Afuera, un camarero recogía una copa vacía con los restos de un lápiz labial rojo en el borde.
Y Maximiliano se prometió que antes del viernes sabría quién era la mujer que lo había salvado… o la que lo había condenado.
