Capítulo 5 Tendrás que confesármelo todo, Regina Montiel

Regina cruzó la ciudad en dos autobuses con el vestido verde arrugado y la sensación de que todo el mundo podía leerle la noche en la cara.

No se arrepentía. Se lo repitió tres veces entre la parada y el portal de su edificio, y las tres veces le sonó menos convincente. Tenía el cuerpo adolorido, la piel todavía marcada por el aroma de un desconocido, y el corazón dividido entre una vergüenza que no terminaba de entender y una ternura que no debía sentir.

«Ni siquiera sé cómo se llama».

Subió los cuatro pisos a pie. En el apartamento olía a medicinas. En la cocina, su madre la esperaba sentada, con la manta sobre las rodillas.

—Mi niña. —Rosa Montiel sonrió con esa sonrisa cansada que Regina conocía de memoria—. Pensé que te quedarías a dormir con Selene.

—Se hizo tarde, mamá. —Regina le besó la frente—. ¿Cómo amaneciste?

—Mejor. —Mentira. Tenía las manos hinchadas y la piel del color de la cera—. ¿Y esa cara? Brillas.

Regina se miró de reojo en el reflejo del microondas. Tenía los labios rojos y los ojos demasiado vivos.

—Es el cumpleaños de Selene, mamá. Mucha música, mucho baile.

—Y el muchacho ese, Darío, ¿te dijo algo?

El nombre le cayó como una bofetada. Regina abrió la nevera para esconder la cara.

—Después te cuento. Voy a bañarme.

Bajo el agua tibia se quedó inmóvil un largo rato. Pensó en Darío y sintió rabia. Pensó en el desconocido y sintió algo mucho más peligroso. Y cuando recordó la mancha en las sábanas y esa pregunta, «¿estás segura?», se llevó las manos a la boca para que su madre no escuchara el sollozo.

«Fue mi decisión. Mía».

Si se lo repetía bastante, quizá dejaría de dolerle que él se hubiera ido sin una palabra.

El teléfono sonó mientras secaba su cabello.

—¡Reg! —La voz de Selene sonaba al borde del llanto—. Por fin. Te llamé como cuarenta veces.

—Perdona, me quedé dormida. ¿Qué pasó?

—Mi papá desapareció. Volvió ayer de Singapur después de años fuera, y anoche ni bajó a la fiesta. Lo buscaron por toda la casa. Hoy aparece encerrado en su despacho diciendo que se sintió mal, y no me deja entrar. Nunca lo había visto así. —Selene resopló—. Y para colmo, Darío no contesta, y yo muriéndome por saber si te pidió matrimonio.

Regina apretó los dedos alrededor del teléfono.

—No apareció, Sele. No lo vi en toda la noche.

—¿Qué? ¿Cómo qué no? Si me dijo que…

—Da igual. De verdad. Ya pasó.

Hubo un silencio largo al otro lado.

—Regina, ¿tú estás bien?

«No. Me acosté con un hombre al que no conozco y me desperté sola. Tu primo me humilló. Y me siento viva por primera vez».

—Estoy bien. Cuida a tu papá.

Colgó antes de que Selene notara el temblor. No podía contárselo, ni siquiera a ella. Sobre todo a ella.

A las tres de la tarde llegó el primer mensaje de Darío.

«Cierra la boca sobre lo de anoche. Si le dices una palabra a mi prima te vas a arrepentir. Y borra mi número.» Regina soltó una risa seca. Le temblaban las manos, pero esta vez de rabia.

—Cobarde.

No contestó. Bloqueó el número y lo dejó caer sobre la cama, y fue entonces cuando el correo electrónico apareció en la pantalla.

«Estimada señorita Montiel: el Comité de Becas de la Fundación Ferrer la convoca a una reunión extraordinaria el lunes a las 9:00 a. m., en las oficinas centrales del Grupo Ferrer, piso 40. Asunto: revisión de su situación como becaria. Su asistencia es obligatoria.»

Se le heló la sangre.

La beca lo era todo. Cubría la matrícula, los libros y un pequeño estipendio con el que apenas, llegaba a fin de mes. Sin ella, no habría universidad. Y sin universidad, nada de lo que Regina había construido con tanto esfuerzo tendría sentido.

«Darío. Fue él».

Era una venganza demasiado rápida, demasiado limpia. Su padre, Gregorio Ferrer, presidía la Fundación. Un solo llamado bastaba.

Se sentó en la cama con el correo aún abierto, mordiéndose el labio. En la sala, su madre tosía. En la mesa, bajo la lámpara, esperaba la factura del centro de diálisis: mil ochocientos dólares, vencimiento el viernes.

No tenía mil ochocientos dólares. No tenía ni la mitad.

«Piensa, Regina. Piensa».

Abrió la aplicación del banco para revisar el saldo, con la vaga esperanza de que hubiera sobrado algo del último pago de tutorías.

La pantalla cargó despacio.

Saldo disponible: 40 312,48 dólares.

Parpadeó. Volvió a leer. Cerró la aplicación y la abrió otra vez, con el corazón golpeándole las costillas.

40 312,48.

—No puede ser.

La mano le temblaba al tocar el movimiento más reciente. Una transferencia entrante de cuarenta mil dólares. Remitente: Inversiones Aurora S. A. Concepto: Servicios profesionales.

Regina no conocía a nadie con ese nombre. No había prestado ningún servicio. No tenía ninguna razón para recibir ese dinero.

Hasta que vio la hora.

03:58 a. m.

Sintió que el aire le faltaba. A las 3:58 de la madrugada ella estaba dormida en una cama que no era la suya, con el cuerpo de un desconocido todavía tibio entre las sábanas.

Alguien le había pagado mientras se entregaba a ese desconocido.


A las siete de la tarde, Tomás Rivas puso sobre el escritorio una carpeta negra y no se atrevió a mirar a su jefe a los ojos.

—Encontré la cámara.

Maximiliano levantó la cabeza de golpe.

—¿Dónde?

—En la habitación del ala norte, tras una hilera de libros de la repisa. Un lente del tamaño de una lenteja, con batería externa. La tarjeta de memoria ya no estaba. —Tomás abrió la carpeta—. Pero el número de serie sí. La compraron hace tres semanas en una tienda de electrónica, con una tarjeta corporativa. ¿Adivina de qué empresa?

—Dímelo tú.

—Inversiones Aurora, sociedad anónima, domicilio fiscal en Panamá. —Tomás tragó saliva—. Es la misma que hoy, a las 3:58 de la madrugada, depositó cuarenta mil dólares en la cuenta de Regina Montiel.

Maximiliano se quedó inmóvil.

El silencio del despacho se volvió insoportable. Afuera caía la tarde, y en las ventanas se reflejaba su propia cara: la de un hombre que ha sido demasiado ingenuo.

—Repítelo.

—La empresa que compró la cámara le pagó a ella. A las cuatro de la madrugada, Maximiliano. Mientras usted…

—Entiendo la hora.

Se levantó y caminó hasta el ventanal. Sentía la mandíbula tan tensa que le dolían las muelas. Había querido creer que la muchacha del balcón era una casualidad, un ángel de mala suerte, una chica a la que la noche también le salió torcida.

Pero la evidencia no discutía con los deseos.

«Pagada. Por los mismos que me drogaron».

Se acordó de sus ojos castaños, de su «te quiero a ti» dicho en un susurro, y algo agrio le subió por la garganta. Si había sido una actuación, era la mejor que había visto en su vida. Y él, que había pasado veinte años desconfiando de todo el mundo, se la había creído entera.

—Mañana tendrás que confesarme todo Regina Montiel, o juro que te vas a arrepentir.

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