Capítulo 6 Bofetada al hombre más poderoso del país.
A las ocho y cuarenta de la mañana, Regina Montiel entró al edificio más alto de la ciudad con su único blazer, una carpeta apretada contra el pecho y el estómago hecho nudo.
El vestíbulo era de mármol blanco, con una pared de agua que caía en silencio. Una recepcionista impecable le entregó un pase de visitante y la miró de arriba abajo, como si el blazer, de tanto lavarlo, se hubiera vuelto transparente.
—Piso cuarenta. Presidencia.
—Me convocaron al Comité de Becas —aclaró Regina.
—Le indicaron presidencia, señorita.
En el ascensor, entre ejecutivos que olían a perfume caro, Regina repasó lo que iba a decir. Pensaba defender su beca con uñas y dientes. Pensaba, sobre todo, no mencionar el nombre de Darío. Y pensaba pasar por el banco apenas saliera de allí, para preguntar de dónde habían salido los cuarenta mil dólares que no eran suyos.
Una secretaria de cabello gris la condujo por un pasillo de cristal hasta una doble puerta de madera oscura. La golpeó con dos nudillos, esperó una orden que Regina no escuchó, y la abrió.
—Puede pasar.
El despacho era enorme, con un ventanal que mostraba toda la ciudad. De espaldas a la puerta, un hombre de traje oscuro contemplaba el horizonte con las manos a la espalda.
—Buenos días —dijo Regina, y le sorprendió que la voz no se le quebrara—. Soy Regina Montiel. Me convocaron al…
Se detuvo.
El aroma la golpeó antes que cualquier otra cosa. Madera y cítricos, fino, inconfundible, el mismo que había respirado hasta quedarse dormida. El mismo que llevaba dos noches clavado en su memoria.
«No».
El hombre se giró despacio. Se ajustó el puño de la camisa, y en su muñeca brilló un reloj de acero con la esfera azul oscuro.
A Regina se le cayó la carpeta.
Los papeles se esparcieron por la alfombra como un abanico, pero ninguno de los dos los miró. Él tenía el mismo rostro de rasgos duros, la misma mandíbula marcada, las mismas canas plateadas en las sienes. Pero los ojos que antes ardían de ruego ahora eran dos piedras negras.
No había calor en ellos. Ni reconocimiento. Ni nada.
—Señorita Montiel —dijo con una voz grave y neutra—. Puntual. Tome asiento.
—Usted… —Las palabras le salieron en un hilo—. Usted es…
—Maximiliano Ferrer. —Inclinó la cabeza con una cortesía helada—. El padre de su mejor amiga. Aunque tengo la impresión de que ya lo sabía.
El suelo se movió bajo los pies de Regina. Recordó a Selene diciendo «mi papá llegó hoy de viaje». Recordó una foto vieja escondida en un cajón: la misma mandíbula, en un muchacho flaco junto a una niña de cinco años. Recordó a Darío, tres años de silencio, «mi tío es muy especial». Recordó una voz en la oscuridad que decía «eres preciosa, no sé quién eres y ya no voy a poder olvidarte».
El desconocido de la habitación pequeña, al que ella había entregado lo que guardaba desde siempre, era el padre de la persona a la que más quería.
—No sabía —susurró—. Se lo juro, yo no…
—Siéntese.
No fue una petición. Regina recogió la carpeta con manos torpes y se dejó caer en el sillón frente al escritorio. Sentía las rodillas de gelatina y la cara ardiendo. Él rodeó la mesa con calma, sin apartar la vista de ella, y se apoyó en el borde del escritorio, a un metro de distancia.
Demasiado cerca. Y demasiado lejos.
—Supongo que esperaba una reunión del Comité de Becas —comentó—. No hay comité. La convocatoria la firmé yo.
—¿Usted?
—Quería hablar con usted a solas.
Regina tragó saliva. Una parte de ella, la parte tonta y herida, le gritó que él se había acordado, que la había buscado, que debajo de ese hielo todavía quedaba un hombre que le había preguntado «¿estás segura?».
—Yo también quería hablar con usted —murmuró—. Ese día, esa noche, yo no…
—Qué bien. —La interrumpió con un gesto seco—. Empecemos por lo que más me interesa. ¿Conoce a una empresa llamada Inversiones Aurora?
Regina parpadeó.
—¿Qué? Sí. No. Es decir… —Sacó el teléfono con dedos torpes y le mostró la pantalla—. Ayer vi que alguien depositó en mi cuenta cuarenta mil dólares y yo no sé de dónde salieron. Iba a ir al banco apenas saliera de aquí. No he tocado ni un centavo.
Dejó el teléfono sobre el escritorio.
Maximiliano ni lo miró.
—Qué previsora —dijo, con un filo helado—. Confesar el dinero justo cuando la descubren. Muy inteligente.
—¿Descubierta de qué?
Él la observó en silencio durante unos segundos que parecieron horas. Algo le tensó los músculos de la mandíbula, algo que casi parecía dolor, y se esfumó en un parpadeo.
—El sábado, alguien drogó mi copa en la fiesta de mi hija —dijo muy despacio—. Alguien apagó las cámaras de mi casa. Alguien instaló un lente en una repisa del ala norte, y la misma empresa que pagó ese lente depositó cuarenta mil dólares en su cuenta a las cuatro de la madrugada. —Se inclinó apenas hacia ella—. Dígame, señorita Montiel. ¿Cree usted en las casualidades?
Regina sintió que se le vaciaba la sangre.
—Una cámara. En esa habitación.
Mientras ella, mientras él… Se llevó una mano a la boca.
«Nos grabaron».
—Yo no sabía nada de eso —dijo con voz rota—. Le juro que no.
—Claro que no.
—Usted me pidió ayuda. Yo se la di. Usted me preguntó si estaba segura y yo…
—Y usted dijo que sí. —La voz de él fue una navaja—. Con una convicción admirable, por cierto. Dígame, ¿cuánto le pagaron por esa actuación?
El mundo se detuvo.
Regina se puso de pie. Los ojos le ardían, pero no iba a llorar, no delante de él, no esa vez. Rodeó el sillón, cruzó el metro que los separaba y alzó la mano antes de que su cabeza pudiera detenerla.
La bofetada resonó como un trueno en el despacho del hombre más poderoso del país.
