Capítulo 7 ¿Me está chantajeando?
Maximiliano Ferrer se quedó quieto, con el rostro ladeado por el golpe y la marca roja floreciéndole en la mejilla. Nadie, en veinte años, se había atrevido a ponerle una mano encima.
Giró la cabeza despacio y la miró. Ella esperaba el estallido, los gritos, la llamada a seguridad. Lo que hizo él fue otra cosa: su mano se movió sola y le atrapó la muñeca.
El pulso de Regina le golpeó el pulgar, desbocado, furioso. El mismo punto exacto donde, esa noche, había pedido permiso con la yema de los dedos.
Ella respiraba agitada, con los ojos castaños encendidos y los labios entreabiertos, y de su piel subía ese aroma dulce, tibio, que él había buscado sin querer admitirlo en cada rincón de su propia memoria. El mismo que lo había vuelto loco. Que seguía volviéndolo loco, ahora, a plena luz del día.
«Es una trampa», se dijo. «Cada gemido de esa noche pudo ser un guion».
Pero su mirada bajó a la boca de ella, y ahí se quedó. Dio un paso. Luego otro, sin darse cuenta, hasta que el aliento de Regina le rozó los labios y el despacho entero dejó de existir. Ella no retrocedió. Él vio cómo tragaba saliva, cómo sus pestañas temblaban, cómo se inclinaba apenas, una fracción, la mínima, como un cuerpo que olvida lo que su cabeza sabe.
Estaban a un suspiro.
Y fue esa fracción lo que lo salvó. O lo condenó, no lo supo. Maximiliano la soltó de golpe, con un gesto casi brusco.
—Eso fue un error —dijo con la voz áspera.
Ninguno de los dos supo a cuál se refería: a la bofetada o a lo que pasó entre ellos.
—El error fue suyo. —Regina retrocedió con la muñeca palpitándole, y le tembló la voz—. Me pregunta cuánto me pagaron. ¿Quiere saber qué me pasó ese día?
Él no respondió. No podía confiar en su propia boca.
—Mi novio de tres años me humilló delante de una cortina, besando a otra mujer. Me llamó pobretona, me llamó mojigata, me dijo que jamás se casaría con alguien que no estuviera a su nivel. Salí corriendo a un balcón para que nadie me viera llorar. Y entonces lo vi a usted.
La voz se le quebraba, pero no se detuvo. Maximiliano la escuchaba con la mandíbula apretada.
—Una mujer de vestido rojo lo arrastraba hacia una puerta y usted no quería. Yo se lo impedí. Usted me pidió ayuda y yo… —Tragó aire—. Yo elegí. Por primera vez en mi vida elegí algo. Y ahora usted me dice que fue una actuación.
—Una mujer de vestido rojo —repitió él muy despacio—. ¿Le vio la cara?
—No. Solo la tela roja. Ella no dejó que se la viera.
Se alejó hasta el ventanal con las manos en los bolsillos, porque necesitaba sentir el cristal frío y poner distancia. Veía su propio reflejo: un hombre que había sido dueño de todo lo que tocaba y que ahora no sabía qué hacer con lo que le había despertado una muchacha de la edad de su hija.
—O está diciendo la verdad —murmuró, más para sí mismo—, o es la mentirosa más hábil que he conocido.
—No miento.
—Mi sobrino la humilló en mi propia casa. —Habló sin volverse, con una calma que daba miedo—. Darío siempre fue un cobarde. Y a los cobardes los usan otros.
Se giró hacia ella. Se obligó a que la mirada volviera a ser de piedra.
—No sé si miente, señorita Montiel. Tengo hasta el viernes para saberlo. Y hasta entonces, no va a salir de mi vista.
—¿Qué pasa el viernes?
—Nada que le incumba. —Dio un paso—. A partir de hoy trabaja para mí. Asistente de presidencia, enlace con la Fundación, el título que prefiera. Estará en este piso, a diez metros de mi oficina, desde las dos de la tarde, cuando terminen sus clases, hasta que yo diga. Las mañanas son suyas: no voy a permitir que pierda un semestre por mi culpa. Tendrá un sueldo digno, y su madre recibirá el tratamiento que necesite en la clínica privada que yo elija. Ya sé lo de la diálisis.
Era una decisión fría. Se lo repitió tres veces. Era para vigilarla, no porque la idea de perderla de vista le resultara intolerable.
—¿Investigó a mi madre?
—Investigué todo. —No parpadeó—. Con una condición: ni una palabra a Selene sobre lo que pasó. Ni a Darío, ni a nadie. Si habla, o si me entero de que contactó con quien la pagó, el depósito de su cuenta irá directo a la fiscalía con el resto de las pruebas. Y la beca desaparecerá antes de que usted llegue a su casa.
—Me está chantajeando.
—Le estoy dando una elección. —La miró de frente—. Usted me dijo que eligió una vez. Elija otra.
Vio el instante en que ella entendía que no tenía salida. Vio cómo apretaba los dedos sobre la carpeta, cómo se le iba el color de la cara. Y odió ser el hombre que la ponía contra esa pared.
—Acepto —dijo Regina al fin, con la barbilla alta—. Pero que le quede claro: no lo hago por usted.
—No esperaba que lo hiciera.
—Y cuando descubra que se equivoca, me va a pedir perdón.
Por un instante, algo cruzó sus ojos, una grieta, una duda.
—No me equivoco.
—Eso lo veremos.
Ella recogió su carpeta, cruzó el despacho y puso la mano en el picaporte. Él sintió que algo se le iba junto con ella.
—Regina.
Se detuvo. Era la primera vez que la llamaba por su nombre.
—Todo lo que dije esa noche era verdad. —La voz le salió tan baja que casi no la oyó—. Eso es lo que no te perdono.
Ella no se giró. Salió, y la puerta se cerró con un clic suave. Maximiliano se quedó mirando su propia mano, la que la había sujetado, abierta frente a él, como si todavía sostuviera algo que no quería soltar.
Regina cruzó el pasillo de cristal sin ver nada, con el corazón en carne viva y la muñeca ardiéndole todavía. En la antesala, un hombre de traje gris hablaba por teléfono. Alzó la vista un segundo, asintió con cortesía y siguió con lo suyo.
Llegó al ascensor, entró, apretó el botón del vestíbulo y se apoyó contra el espejo con los ojos cerrados.
Lo único que había hecho aquella noche era ayudar a un desconocido, y ahora esa decisión podía costarle todo lo que tenía. Pero de algo estaba segura no iba a quedar como una mentirosa, así que apenas salió fue directo al banco.
