Capítulo 1 El eco de una jaula de oro
El silencio de la Villa Vancini tenía una densidad que podía sentirse en la piel. Era un silencio caro, hecho de techos altos, suelos de mármol de Carrara y cuadros que valían más que la vida de diez personas, pero para mí, era simplemente el sonido de mi propia tumba.
Me miré en el espejo de cuerpo entero del vestidor. Llevaba un vestido de seda color esmeralda, diseñado para resaltar cada curva de mis caderas y el busto que Nicolás siempre parecía ignorar. Me pasé las manos por los costados, sintiendo la suavidad de la tela. ¿Había algo mal en mí? ¿Era mi peso? ¿Era que mi cuerpo resultaba demasiado real, demasiado voluptuoso para el mundo estéril y perfecto de mi esposo?
—Dos años, Cloe —susurré a mi reflejo, sintiendo el nudo en la garganta—. Dos años esperando un roce que nunca llega.
Nicolás entró sin llamar. Ni siquiera me miró a los ojos; su atención estaba fija en los gemelos de plata que intentaba abrocharse.
—Ese vestido es... llamativo —dijo, y su voz sonó como el roce de dos cubitos de hielo—. Te hace ver demasiado. Deberías haber elegido el negro, el que oculta más la figura. Vamos tarde.
Sentí como si me hubiera dado una bofetada. Me giré hacia él, apretando los puños.
—¿Demasiado qué, Nicolás? ¿Demasiado mujer? ¿Demasiado real? —mi voz tembló, pero esta vez no era solo de tristeza, era de una furia que llevaba meses cocinándose a fuego lento—. Llevo una hora arreglándome para una cena de negocios a la que ni siquiera quiero ir. ¿No puedes, por una vez, decirme que me veo bien?
Él suspiró con fastidio, finalmente levantando la vista. Sus ojos recorrieron mi cuerpo con una frialdad clínica, como quien analiza un balance contable que no cuadra.
—Te ves adecuada para tu posición, Cloe. Pero tus inseguridades son agotadoras. No tengo tiempo para este drama emocional cada vez que tenemos un evento. El prestigio de la familia está en juego. Mi tío regresa pronto y todo debe ser perfecto.
—¡A la mierda la perfección! —el grito salió de mis entrañas antes de que pudiera detenerlo. Nicolás se tensó, sorprendido por mi estallido—. Estoy sola, Nicolás. En esta casa, en esta cama, en esta vida. ¿Cuándo fue la última vez que me tocaste? ¿Cuándo fue la última vez que me besaste sin que pareciera una obligación contractual?
Nicolás se acercó, pero no para consolarme. Se detuvo a centímetros de mi rostro, y su perfume caro me resultó de repente nauseabundo.
—El sexo es una pulsión vulgar, Cloe. Un impulso para gente que no tiene nada más en la vida. Yo te he dado un nombre, seguridad y un lugar en la cima de Italia. Si necesitas "afecto", cómprate un perro. Ahora, sube al auto. No lo diré de nuevo.
Se dio la vuelta y salió, dejándome con el aire atrapado en los pulmones. Me quedé allí, mirando mi reflejo. Mis ojos estaban rojos, mi pecho subía y bajaba con violencia. En ese momento, la culpa que siempre me hacía obedecer murió. Miré el vestido esmeralda, miré mi cuerpo, y por primera vez en dos años, no sentí vergüenza. Sentí hambre.
—No voy a ir —dije para mí misma.
Caminé hacia el tocador, tomé mi bolso y mi abrigo, y salí por la puerta trasera de la villa, esquivando al chofer. Llamé a Casey mientras bajaba por el sendero de piedra hacia la carretera principal.
—Ven por mí. Ahora mismo —mi voz no aceptaba un no por respuesta.
—¡Cloe! ¿Qué pasó? ¿Otra vez el imbécil de tu marido? —la voz de Casey sonaba genuinamente preocupada.
—Estoy cansada de ser un fantasma, Casey. Llévame al lugar más oscuro, más sucio y menos "Vancini" que conozcas. Necesito quemar esta seda.
El bar era exactamente lo que necesitaba. Estaba escondido en un callejón cerca del Ponte Vecchio, un sótano donde el aire olía a sudor, alcohol barato y libertad. La música no era la ópera suave que Nicolás ponía en el comedor; era un ritmo bajo, rítmico, que vibraba directamente en mi pelvis.
Casey me pasó un tercer trago de whisky. Me ardía la garganta, pero ese ardor me recordaba que todavía tenía terminaciones nerviosas.
—Míralos, Cloe —murmuró Casey, señalando con la cabeza a los hombres que no dejaban de mirarme desde las sombras—. Todos en este lugar darían su alma por pasar cinco minutos contigo. Tu marido es un ciego o un estúpido.
—Es ambas cosas —respondí, sintiendo el alcohol dándome una valentía líquida—. Me dijo que el deseo es vulgar. Me dijo que debía ocultar mis curvas.
—Entonces muéstralas —Casey me empujó suavemente hacia la pequeña pista de baile—. Baila para ti, no para él.
Me perdí en la música. Cerré los ojos y dejé que mi cuerpo se moviera. Olvidé la etiqueta, olvidé los viñedos, olvidé el apellido que me pesaba como una cadena de hierro. Moví mis caderas, sintiendo el roce de la seda contra mi piel, imaginando que cada mirada lasciva en ese bar era un acto de rebelión contra Nicolás. Estaba sudando, mi cabello se soltó de su peinado perfecto, y por primera vez en años, me sentí hermosa.
Sentí una mirada más pesada que las demás. Una presión en la nuca que me obligó a abrir los ojos.
Él estaba apoyado contra una columna de piedra, en la parte más oscura del bar. Era un hombre imponente, cinco años mayor que yo, con una presencia que hacía que el resto de los presentes parecieran sombras borrosas. Vestía una camisa negra desabrochada en los primeros botones y me observaba con una intensidad depredadora. No era la mirada de un admirador; era la mirada de alguien que ya había decidido que yo le pertenecía.
Caminó hacia mí con una lentitud calculada. Cada paso que daba parecía hacer que la música se volviera más lenta. Se detuvo a centímetros de mí, invadiendo mi espacio con un aroma a tabaco, madera y algo metálico, peligroso.
—Estás tratando de romper algo —dijo él. Su voz era una vibración profunda que sentí en los huesos—. Y sospecho que no es solo el ritmo de la canción.
—¿Y si lo estoy haciendo? —lo reté, levantando la barbilla. Mi corazón latía con una violencia que no tenía nada que ver con el baile—. ¿Te molesta el ruido del cristal rompiéndose?
Él soltó una risa corta, oscura.
—Al contrario. Me gusta el caos. Pero una mujer como tú no debería estar rompiéndose sola en un lugar como este.
—No sabes nada de lo que yo debería hacer —le puse una mano en el pecho, intentando empujarlo, pero mis dedos se hundieron en la firmeza de sus músculos. Me quedé allí, tocándolo, sintiendo su calor—. ¿Quién eres?
—Dominic —respondió, y su nombre sonó como una sentencia—. Y tú eres Cloe. Lo supe desde que entraste. Tienes "esposa infeliz" escrito en la forma en que sostienes tu copa, pero tienes "fuego" escrito en la forma en que mueves las caderas.
El pánico y la excitación lucharon en mi pecho.
—¿Cómo sabes mi nombre?
—Los secretos no duran mucho en Florencia si sabes dónde mirar —dio un paso más, obligándome a retroceder hasta que mi espalda chocó con la columna de piedra—. Estás temblando, Cloe. ¿Es miedo o es que finalmente alguien te está mirando de verdad?
—Es odio —mentí, aunque mi respiración era un jadeo—. Odio que te creas con el derecho de hablarme así.
Dominic se inclinó, su boca rozando mi oreja. Podía sentir su calor, el peligro que emanaba de cada poro.
—No es odio lo que hace que tus pezones se marquen bajo esa seda verde, gatita. Es hambre. La misma que tengo yo desde que te vi moverte.
—No soy una gatita —susurré, aunque mis piernas se sentían como gelatina.
—Lo eres —insistió él, su mano bajando por mi costado, apretando mi cintura con una fuerza posesiva—. Una gatita que ha estado encerrada en una jaula de oro demasiado tiempo y que hoy ha decidido probar la carne cruda.
Me tomó del mentón, obligándome a mirarlo. Sus ojos eran un abismo negro, lleno de una promesa de destrucción y placer.
—Tienes dos opciones, Cloe. Puedes volver a esa villa fría, meterte en tu cama vacía y llorar hasta que el sol salga... o puedes venir conmigo y recordar por qué Dios te dio este cuerpo.
El pensamiento de Nicolás, de su desprecio, de su cama gélida, pasó por mi mente como una ráfaga de viento helado. Miré a Dominic. Él era el peligro, era el pecado, era todo lo que se supone que una Vancini no debe tocar. Y por eso mismo, lo deseaba con una desesperación que me asustaba.
—Llévame —dije, y mi voz sonó firme por primera vez en toda la noche—. Llévame antes de que me arrepienta.
Dominic sonrió, una curva cruel y victoriosa. Me tomó de la mano y me arrastró fuera del bar, hacia la noche italiana. Mientras caminábamos hacia su coche, una parte de mí gritaba que estaba cometiendo el error más grande de mi vida, que estaba traicionando mis votos, mi familia, mi seguridad. Pero cuando él me abrió la puerta y me miró con ese hambre insaciable, supe que prefería arder con él que seguir muriendo de frío con Nicolás.
—No hay vuelta atrás, Cloe —dijo él antes de arrancar.
—Lo sé —respondí, mirando hacia la oscuridad—. Y es lo mejor que me ha pasado en dos años.
No tenía idea de que el hombre que conducía hacia mi perdición era el mismo hombre que vería en mi propia mesa cuarenta y ocho horas después. No sabía que Dominic no solo iba a reclamar mi cuerpo, sino que iba a desatar una guerra que pondría a toda Italia a mis pies. En ese momento, solo importaba el calor de su presencia y la promesa de un placer que me hiciera sentir, al menos por una noche, que todavía estaba viva.
