Capítulo 2 El sabor de la propiedad

El trayecto al hotel fue un preludio de sombras. Dominic conducía con una mano en el volante y la otra apretando mi muslo con una firmeza que no admitía réplicas. No me miraba, pero podía sentir su atención fija en mí, como si estuviera calculando cuánto tiempo tardaría en romperme. El silencio en el coche era tan denso que el roce de mi vestido contra su mano sonaba como un estruendo.

En cuanto la puerta de la suite se cerró tras nosotros, Dominic me estampó contra la madera. No hubo palabras dulces. Sus labios se estrellaron contra los míos con una ferocidad que me hizo soltar un sollozo de alivio. Sus manos, grandes y callosas, se enredaron en mi cabello, obligándome a echar la cabeza hacia atrás mientras descendía hacia mi cuello.

—Vas a estar marcada, Cloe —sentenció contra mi piel. Su aliento quemaba—. Mañana, cuando te mires al espejo, vas a ver mi nombre escrito en tu piel sin necesidad de tinta.

—Hazlo... —supliqué, hundiendo mis uñas en sus hombros.

Él no esperó. Me levantó en vilo, mis piernas rodeando su cintura por instinto, y me lanzó sobre la cama. La seda verde esmeralda resaltaba contra las sábanas oscuras, una mancha de color en su mundo de sombras. Dominic se deshizo de su camisa con una rapidez felina, revelando un torso surcado de cicatrices y músculos tensos. No era el cuerpo cuidado de un hombre de gimnasio; era el cuerpo de un hombre que había sobrevivido a la guerra.

Se arrojó sobre mí, despojándome de la ropa con una urgencia que me hacía temblar. Cuando quedé desnuda bajo su mirada, Dominic se detuvo un segundo. No dijo que era hermosa. No dijo que le gustaba lo que veía. Simplemente dejó que sus ojos recorrieran cada una de mis curvas, deteniéndose en mis caderas, en la redondez de mis pechos, con una intensidad que me hizo arder más que cualquier halago.

—Mía —gruñó, una orden dirigida al aire.

Sus labios descendieron, dejando un rastro de fuego. Se ensañó con mis pechos, succionando mis pezones hasta dejarlos rojos y sensibles, arrancándome gemidos que nunca pensé poder emitir. No hubo diálogo largo, solo el sonido de nuestra respiración entrecortada y el roce de la piel. El verdadero incendio comenzó cuando sus manos separaron mis muslos. Dominic se hundió entre mis piernas y, con una destreza pecaminosa, su lengua encontró el centro de mi placer.

—¡Dominic! —grité, aferrándome a las sábanas.

Él no se detuvo. Me saboreó con una lentitud tortuosa, bebiendo de mí mientras yo me deshacía. Cuando sintió que estaba en el límite, se posicionó sobre mí. Sus ojos negros buscaron los míos, cargados de una promesa de posesión total.

—Mírame, Cloe. Quiero que sepas quién te está reclamando.

Empujó con fuerza. El gemido que salió de mi garganta no fue solo de placer; fue una punzada inesperada que me hizo tensar todo el cuerpo. Dominic se congeló de inmediato. Sus ojos se abrieron, la sorpresa luchando con una furia contenida que le tensó la mandíbula.

—Maldita sea... —susurró, su voz vibrando de incredulidad—. ¿Dos años casada y eres virgen?

Me cubrí la cara con el brazo, la humillación quemándome más que la herida física. —Él nunca... nunca quiso. Para él soy un adorno, Dominic.

Sentí el cambio en su energía. Dominic soltó una maldición entre dientes, pero sus manos, que antes eran rudas, se volvieron extrañamente posesivas. Me tomó de las mejillas, obligándome a mirarlo. No hubo consuelo meloso, solo una determinación oscura.

—Entonces ese imbécil no tiene idea del tesoro que dejó morir de hambre —murmuró, besando mi frente antes de empezar a moverse—. Voy a ser el único que sepa a qué sabes, Cloe. El primero y el último que te haga sentir mujer.

Su ritmo se volvió rítmico, profundo y constante. No hubo más palabras, solo la potencia de un hombre que sabía exactamente cómo dominar. Sus embestidas me llenaban, borrando dos años de vacío con cada golpe de sus caderas contra las mías. El placer era rudo, crudo, real.

En un arrebato de pasión, le clavé los dientes en el hombro. Dominic soltó un gruñido gutural de satisfacción, acelerando el paso, golpeando mi cuerpo con el suyo en una danza frenética de sudor y deseo.

—Eso es... márcame —jadeó, sus manos apretando mis caderas con tanta fuerza que supe que dejaría moretones—. Que todo el mundo sepa que estuviste con un demonio esta noche.

Hicimos el amor —o quizás algo mucho más oscuro— durante horas. No había pasado, no había un esposo frío en una villa de Florencia, ni un apellido que proteger. Solo el peso de su cuerpo sobre el mío y la sensación de que, por fin, alguien me estaba descubriendo de verdad bajo la superficie de la seda.

Cerca del amanecer, Dominic me tenía abrazada por la espalda, su piel caliente contra la mía. El silencio de la habitación era cómodo, pero la realidad empezaba a filtrarse.

—Dominic... —susurré, sintiendo el cansancio—. Solo sé tu nombre.

Él me apretó un poco más contra su pecho, su nariz rozando mi hombro marcado. —Es lo único que necesitas saber, Cloe. Disfruta del silencio. Cuando salgas por esa puerta, nada volverá a ser igual.

Me quedé dormida con esa advertencia resonando en mi cabeza. No sabía cuánta razón tenía. No sabía que el hombre que me había hecho sentir mujer por primera vez era la última persona que Nicolás esperaría encontrar en su propia mesa.

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