Capítulo 3 El peso de la ceniza
El primer rayo de sol que se filtró por las cortinas de la suite no fue una bendición; fue una puñalada. Abrí los ojos y, durante un segundo infinito, el calor que envolvía mi espalda me hizo sentir segura. Pero entonces, el aroma a tabaco y sexo, mezclado con el peso de un brazo tatuado sobre mi cintura, me devolvió a la realidad con la violencia de un choque frontal.
Dominic.
Giré la cabeza lentamente. Él seguía dormido, con el rostro hundido en la almohada de seda. Sin la mirada depredadora de la noche anterior, su mandíbula parecía menos tensa, pero las marcas en sus hombros —las marcas de mis propios dientes— eran el testimonio mudo de mi traición.
El pánico empezó a subir por mi garganta como bilis. Me senté en la cama con cuidado, tratando de no despertar a la bestia. Mi cuerpo se sentía diferente; había una pesadez en mis muslos y un ardor persistente entre mis piernas que me recordaba, segundo a segundo, lo que había hecho. Miré mis manos. Eran las manos de una esposa que había jurado lealtad ante un altar, y ahora estaban manchadas con el sudor de un extraño.
Me levanté de la cama, temblando tanto que casi me caigo. Mi vestido esmeralda yacía en el suelo, arrugado y humillado. Lo recogí con manos torpes, intentando ponérmelo mientras las lágrimas empezaban a nublar mi vista.
—¿A dónde vas? —la voz de Dominic, ronca y cargada de una autoridad que no necesitaba gritar, me hizo saltar del susto.
Me giré, cubriéndome el pecho con el vestido desecho. Él estaba apoyado en un codo, observándome con esa intensidad fría que anoche me excitaba y que hoy me aterrorizaba. No había ternura en su mirada, solo una evaluación silenciosa.
—Tengo que irme —dije, mi voz apenas un hilo de aire—. No debería estar aquí. Esto... esto fue un error.
Dominic se incorporó lentamente. No se cubrió; no tenía nada de qué avergonzarse. Se limitó a mirarme mientras yo luchaba con la cremallera del vestido.
—Un error no se repite tres veces en una misma noche, Cloe —dijo él. Su tono era seco, despojado de cualquier adorno meloso—. No intentes mentirte a ti misma. No conmigo.
—¡Tú no lo entiendes! —exclamé, finalmente logrando cerrar el vestido—. Yo tengo una vida. Tengo un esposo. Nicolás me estará buscando, yo... yo no soy esta clase de mujer.
Dominic se levantó de la cama con una gracia felina y caminó hacia mí. Se detuvo a centímetros de mi rostro, obligándome a retroceder hasta que mi espalda chocó contra la pared fría. No me tocó, pero su presencia era una jaula invisible.
—Eres exactamente esta clase de mujer —sentenció, su voz bajando una octava—. La mujer que se cansó de ser un fantasma. La mujer que ayer me pidió que no me detuviera.
—¡Estaba borracha! —mentí, aunque el sabor de su piel en mi boca me gritaba que era una mentira—. Fue la desesperación, nada más. Por favor, déjame ir. Olvida que esto pasó.
Dominic guardó silencio. Me observó durante lo que pareció una eternidad, su mirada fija en mis labios hinchados. Luego, sin decir una palabra, se estiró hacia la cómoda, tomó su reloj de lujo y se lo puso con una calma exasperante.
—Vete entonces —dijo finalmente, dándome la espalda—. Vuelve a tu villa de mármol. Vuelve a la cama fría de ese idiota. Pero no te engañes, Cloe: el rastro de mis manos no se quita con jabón.
No esperé a que dijera nada más. Tomé mis zapatos y salí corriendo de la suite. El pasillo del hotel me pareció un túnel infinito. Cada mirada de los empleados en el vestíbulo se sentía como un juicio público. Salí a la calle y el aire fresco de Florencia me golpeó la cara, pero no me limpió. Me sentía sucia, marcada, y sobre todo, aterrada.
Llamé a un taxi con la mano temblorosa. —A la Villa Vancini. Rápido —le dije al conductor.
Durante el trayecto, no dejé de mirarme en el espejo retrovisor. No me reconocía. El maquillaje estaba corrido, mi cabello era un desastre y mi labio inferior delataba la intensidad de sus besos. Nicolás no podía verme así. Tenía que llegar antes de que la casa despertara, tenía que borrar a Dominic de mi cuerpo.
Cuando el taxi se detuvo frente a las grandes puertas de hierro de la villa, sentí que entraba en mi propia ejecución. Entré por la puerta de servicio, esquivando a los jardineros, y subí las escaleras de mármol hacia mi habitación como un fantasma que huye de la luz.
Al entrar en mi dormitorio, cerré la puerta con llave y me apoyé contra ella, soltando el aire que no sabía que estaba reteniendo. Me arranqué el vestido esmeralda con asco y lo tiré al fondo del armario, jurando que nunca más volvería a usarlo. Corrí hacia el baño y abrí la ducha, dejando que el agua casi hirviendo cayera sobre mí. Me froté la piel con el jabón hasta que quedó roja, tratando de arrancar su olor, tratando de limpiar la sensación de sus dedos. Pero no importaba cuánto frotara; los moretones en mis caderas seguían allí, flores oscuras de mi traición que no se irían en días.
—¿Cloe? —la voz de Nicolás al otro lado de la puerta del baño me hizo ahogar un grito de puro terror.
Me pegué a la pared de la ducha, cerrando los ojos con fuerza, tratando de que mi voz sonara normal por encima del ruido del agua. —¿Nicolás? ¿Ya... ya volviste?
—Llegué hace una hora. ¿Dónde estabas anoche? El chofer dijo que no te encontró en el lugar acordado.
—Me... me sentí mal, Nicolás. Mucho ruido en la fiesta. Me fui a caminar y luego Casey me llevó a su casa. Me quedé dormida allí, lo siento —las mentiras salían de mi boca con una facilidad que me asustaba.
Hubo un silencio al otro lado de la puerta. Un silencio que se sintió como una soga apretándose alrededor de mi cuello.
—Está bien. No importa —dijo él finalmente, con su habitual tono de desinterés—. Sal rápido. Mi padre llamó. Mi tío Dominic llegó a Italia anoche y vendrá a cenar hoy para celebrar su regreso. Es el hombre más importante de la familia, Cloe. No quiero que estés con esa cara de enferma cuando él llegue. Trata de estar a la altura por una vez.
Me dejé caer en el suelo de la ducha, dejando que el agua me empapara la cara para ocultar mis lágrimas. El nombre me golpeó como un rayo.
Dominic. El tío Dominic.
No podía ser él. Florencia era grande. Había miles de hombres llamados Dominic. Pero recordé la mirada del extraño en el hotel, su seguridad absoluta, la forma en que pronunció mi nombre sin que yo se lo dijera.
—No... no puede ser —sollocé, abrazándome las rodillas mientras el agua caliente me quemaba la piel—. Por favor, que no sea él.
Pero en el fondo de mi alma, sabía que mi castigo apenas estaba empezando. Había dormido con el diablo, y ahora el diablo venía a cenar a mi casa. El hombre que me había hecho sentir viva por primera vez era la misma persona que podía destruir mi mundo con una sola palabra. Y lo peor de todo no era el miedo a ser descubierta; lo peor era que, incluso ahora, mi cuerpo seguía vibrando con el recuerdo de su tacto.
