Capítulo 4 El estruendo del cristal roto

El vapor del agua caliente seguía llenando el baño, envolviéndome en una neblina que me impedía ver mi propio reflejo, lo cual agradecía. No quería ver a la mujer que me devolvía la mirada. Me senté en el suelo de la ducha, abrazando mis piernas, sintiendo cómo el agua golpeaba mis hombros con una insistencia casi punitiva.

—Culpa —susurré, y la palabra se disolvió entre el ruido del agua.

Debería estar muriéndome de culpa. Y lo estaba. Sentía el peso del apellido Vancini sobre mis hombros como si fuera una losa de granito. Nicolás, a pesar de su frialdad, era mi esposo ante la ley. Sin embargo, junto a esa culpa sibilante, había un hambre que no se apagaba. Cerré los ojos y, de inmediato, un fragmento de la noche me asaltó: la presión de las manos de Dominic, la forma en que su barba rozaba mi cuello, el reconocimiento profundo en sus ojos oscuros.

Si tan solo no estuviera casada. Pero lo estaba. Y el hombre que me había hecho sentir viva era un extraño peligroso que, según mi lógica desesperada, no volvería a ver.

—¡Cloe! ¡Sal de ahí de una vez! —el grito de Nicolás desde la habitación me hizo dar un respingo—. Los invitados no tardarán en llegar. Muévete.

Me levanté, me envolví en una toalla y salí. Nicolás estaba frente al espejo, ajustándose la corbata con una calma exasperante.

—Te ves pálida —comentó, mirándome a través del reflejo—. Asegúrate de cubrir esas ojeras. Mi tío Dominic no es un hombre que tolere la debilidad o el descuido. Es el pilar de los negocios de mi padre. Si lo impresionamos, nuestra posición será intocable.

—Estaré lista —fue lo único que pude decir, evitando que mi voz temblara.

La cena avanzó con una normalidad aterradora. El comedor principal estaba iluminado por cientos de velas, creando una atmósfera de opulencia que me hacía sentir más hipócrita que nunca. Llevaba un vestido de encaje negro, cerrado hasta el cuello, una armadura para ocultar las marcas que Dominic había dejado en mi piel.

Nicolás estaba sentado a mi lado, hablando de acciones y rutas comerciales con una suficiencia que me revolvía el estómago. Yo solo podía apretar el tallo de mi copa de cristal, rezando para que la noche terminara rápido.

—Mi tío ya debería estar aquí —dijo Nicolás, consultando su reloj—. No es propio de él llegar tarde.

Justo en ese momento, las puertas dobles del comedor se abrieron. Nicolás se levantó de inmediato, con una sonrisa de suficiencia que nunca le había visto. Yo me levanté lentamente, siguiendo el protocolo, con la cabeza baja. Pero cuando levanté la vista, el mundo entero se detuvo.

Era él.

Impecable en un traje negro que resaltaba su imponente estatura, Dominic entró en el salón con la elegancia de un depredador que regresa a su territorio. No hubo sorpresa en su mirada cuando sus ojos se posaron en mí; solo una calma oscura y triunfante. Era el mismo hombre del bar. El mismo hombre del hotel.

El sonido del cristal rompiéndose contra el suelo de mármol fue como un disparo en el silencio del salón. Mi mano había perdido toda fuerza. La copa de vino tinto se había hecho añicos a mis pies, manchando el encaje de mi vestido como si fuera una herida abierta.

—¡Cloe! —exclamó Nicolás, mirándome con puro odio por mi torpeza—. ¿Qué diablos te pasa?

—Lo... lo siento —susurré, incapaz de apartar la vista de Dominic.

Él caminó hacia nosotros. No dijo nada al principio. Se limitó a observar los restos de cristal en el suelo y luego subió su mirada hacia la mía. Su presencia llenó el comedor, haciendo que Nicolás pareciera un niño jugando a ser hombre.

—Parece que tu esposa está un poco nerviosa, Nicolás —dijo Dominic. Su voz era esa misma vibración profunda que me había desarmado horas antes.

—Es una torpe, tío. Te pido una disculpa por ella —Nicolás me tomó del brazo con brusquedad—. Cloe, saluda a mi tío Dominic.

Dominic me tomó la mano antes de que pudiera retirarla. Sus dedos eran cálidos y fuertes. No la besó con delicadeza; apretó mis nudillos con una firmeza que fue una declaración de propiedad silenciosa.

—Mucho gusto, Cloe —saboreó mi nombre, y vi el destello de una sonrisa cruel en la comisura de sus labios—. Eres... inolvidable.

—Gracias... tío Dominic —logré decir, sintiendo que la palabra me quemaba la garganta.

—Ve a cambiarte ese vestido, Cloe —ordenó Nicolás—. Ahora.

Me di la vuelta y salí del comedor casi corriendo. Entré en el pasillo lateral, buscando aire, apoyándome contra la pared de piedra fría. El corazón me martilleaba en los oídos. No podía respirar.

—No puede ser... no puede ser él —murmuré.

—Es una villa pequeña para esconderse, gatita.

Me giré bruscamente. Dominic estaba allí. Había dejado la cena sin que nadie lo notara. Me acorraló contra la pared, su cuerpo bloqueando cualquier salida. No hubo palabras suaves ni explicaciones. Solo el peso de su autoridad.

—¿Qué haces aquí? —susurré, aterrada—. Vete. Si Nicolás nos ve...

Dominic no respondió con palabras. Se limitó a inclinar la cabeza, aspirando el aroma de mi cuello. Su mano subió por mi cintura, apretando la tela del vestido con una fuerza que me hizo jadear.

—Así que esta es la jaula que tanto te asfixiaba —dijo, su voz pegada a mi oreja—. La esposa de mi sobrino.

—¡Yo no lo sabía! —le reclamé en un susurro desesperado—. Déjame en paz, Dominic. Esto es una locura. Fue un error, tienes que olvidarlo.

Él se separó apenas unos centímetros para mirarme a los ojos. No había rastro de duda en él. Su mano bajó por mi cadera, encontrando el lugar exacto donde anoche me había sujetado con más fuerza.

—Yo no olvido lo que me pertenece, Cloe —sentenció. No hubo promesas, solo una advertencia fría—. Y tú me perteneces desde el momento en que me clavaste los dientes en el hombro.

—Él es tu familia... —traté de apelar a su honor, pero me di cuenta de inmediato de que Dominic no se regía por las reglas de los demás.

Dominic se limitó a recorrer mi rostro con la mirada una última vez. No me besó, aunque yo estaba temblando por desearlo. Simplemente se alejó, recuperando su máscara de frialdad absoluta.

—Regresa a la mesa —ordenó—. Y trata de no romper nada más. Tenemos toda una cena para aprender a ser... familia.

Lo vi alejarse hacia el comedor con una calma aterradora. Me quedé sola en el pasillo, sintiendo el rastro de su calor en mi piel. Sabía que mi matrimonio estaba muerto, pero lo que más me aterraba era que, incluso sabiendo quién era él, mi cuerpo seguía gritando por su contacto. El peligro no estaba fuera; estaba sentado a mi mesa, y yo era la única que sabía que el Capo de los Vancini ya me había destruido mucho antes de presentarse.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo