Capítulo 5 Refugios en la penumbra

La cena había sido una ejecución a cámara lenta. Cada vez que Nicolás reía de forma servil para impresionar a su tío, yo sentía una náusea creciente. Dominic apenas hablaba. Se limitaba a observar, a cortar su carne con una precisión quirúrgica y a beber su vino mientras su mirada, pesada como el plomo, me anclaba a la silla. No necesitaba decir una sola palabra para recordarme que su lengua había estado en lugares que Nicolás ni siquiera se atrevía a imaginar.

Cuando finalmente los invitados se marcharon y Nicolás se desplomó en el sofá del gran salón, vencido por el alcohol y su propia mediocridad, sentí que las paredes de la villa se cerraban sobre mí. Necesitaba aire. Necesitaba que el frío de la noche italiana borrara el calor residual de la mirada de Dominic.

Salí a los jardines. Mis pies descalzos agradecieron la humedad del césped. Caminé hacia el linde del bosque, donde los cipreses proyectaban sombras alargadas que ocultaban mi temblor. Me detuve cerca de un viejo roble, abrazándome a mí misma, tratando de encontrar un centro que ya no existía.

—Te vas a resfriar.

Su voz salió de la oscuridad, seca y sin matices. No me sobresalté; de alguna manera, mi cuerpo ya sabía que él estaba allí. Dominic salió de entre las sombras. Se había quitado la corbata y las mangas de su camisa blanca estaban remangadas, revelando los tatuajes que subían por sus antebrazos.

Sin esperar respuesta, se quitó la chaqueta de su traje y la dejó caer sobre mis hombros. El tejido aún conservaba el calor de su cuerpo y ese aroma a tabaco y madera que se había convertido en mi adicción personal. El peso de la prenda se sintió como una armadura, una protección que mi propio esposo nunca se había molestado en ofrecerme.

—Vete, Dominic —susurré, apretando las solapas de su chaqueta contra mi pecho—. Esto no puede seguir. Es tu sobrino.

Dominic no respondió. Se limitó a dar un paso hacia mí, invadiendo mi espacio con esa calma letal que lo caracterizaba. No hubo discursos sobre lo que sentía. En lugar de eso, estiró la mano y, con el pulgar, recorrió el borde de mi labio inferior, aquel que yo misma había mordido por los nervios durante toda la cena. Fue un gesto breve, casi clínico, pero cargado de una posesividad que me hizo flaquear las piernas.

—Sígueme —ordenó.

No fue una invitación. Fue una instrucción de alguien acostumbrado a ser obedecido. Me guio hacia la vieja casa del árbol, una estructura de madera que parecía fundirse con el roble centenario. Subió primero, con una agilidad silenciosa, y luego extendió su mano hacia mí. Su agarre fue firme, tirando de mí hacia arriba como si fuera una pluma.

El interior olía a madera vieja y a resina. La luz de la luna se filtraba por las rendijas, iluminando apenas la mitad de su rostro. Me quedé de pie, tensa, esperando que dijera algo, que se justificara, que prometiera. Pero Dominic no era un hombre de promesas.

Se acercó y, con una lentitud tortuosa, empezó a deshacer los botones de mi vestido de encaje negro. No hubo prisa, no hubo desesperación. Sus dedos se movían con una calma que me ponía los pelos de punta. Cuando el vestido cayó a mis pies, Dominic no hizo ningún comentario sobre mi cuerpo. Simplemente me atrajo hacia él, pegando mi piel a la frialdad de su camisa.

La posesión allí arriba, entre las ramas y el viento, fue cruda y silenciosa. Dominic no buscaba halagos ni gemidos coreografiados; buscaba una respuesta visceral. Sus manos marcaron mis caderas, reafirmando el territorio que ya sabía suyo. En la penumbra, sus ojos nunca se apartaron de los míos. Era una comunicación silenciosa: él sabía lo que me faltaba y yo sabía que él era el único capaz de dármelo, aunque fuera a través del fuego.

Después, nos quedamos acurrucados sobre una vieja manta. El silencio era absoluto, roto solo por el susurro de las hojas fuera de la estructura. Dominic me rodeaba con un brazo, manteniendo mi espalda contra su pecho.

—Dominic... —susurré, rompiendo el pacto de silencio—. ¿Por qué?

Él no respondió de inmediato. Sentí su respiración pausada contra mi nuca. Esperaba un discurso sobre la soledad o el destino, pero Dominic se limitó a apretar un poco más su brazo alrededor de mí.

—Nicolás es débil —dijo finalmente, y su voz sonó como el roce de dos piedras—. Y lo que es débil, termina rompiéndose.

—¿Y yo? —me giré un poco para verlo. Su rostro era una máscara de sombras—. ¿Soy solo algo que encontraste entre los restos de su debilidad?

Dominic me tomó del mentón. No hubo suavidad, pero sí una atención absoluta. Sus dedos recorrieron la línea de mi mandíbula hasta llegar a mi oreja.

—Mañana voy al muelle con él —dijo, ignorando mi pregunta, pero dándome una respuesta mucho más valiosa—. Spencer se quedará en la villa. No saldrás sin él. Si necesitas algo, no llames a Nicolás. Se lo dices a Spencer. Él es mi sombra. Si él está allí, yo estoy allí.

No me dijo "te protegeré". Me puso un guardaespaldas personal. No me dijo "te quiero". Me dio acceso a su hombre de mayor confianza.

—Él sospechará, Dominic. Nicolás no es tan tonto.

Dominic soltó una risa seca, casi imperceptible. —Nicolás solo ve lo que le conviene ver. Y ahora mismo, lo que le conviene es creer que su tío favorito está aquí para salvar su negocio.

Se levantó y me ayudó a vestirme, ajustando la seda de mi ropa con una precisión que rozaba lo tierno, aunque sus ojos seguían siendo de hielo. Antes de bajar, se detuvo y metió la mano en el bolsillo de su pantalón. Sacó un pequeño encendedor de plata, un objeto antiguo con sus iniciales grabadas, y lo puso en mi mano.

—Guárdalo —dijo simplemente.

Era un talismán. Una pieza de él que ahora vivía conmigo. No necesitaba decir que estaría pendiente de mí; el peso del metal en mi palma era el recordatorio constante de su vigilancia.

Bajamos del árbol en silencio. Al llegar cerca de la entrada de la villa, Dominic se detuvo. Miró hacia las ventanas iluminadas del salón donde Nicolás seguía perdido en su borrachera. Dominic no mostró desprecio, ni rabia. Solo una indiferencia gélida.

—Entra —ordenó suavemente—. Spencer te verá en el desayuno.

—¿Y tú?

Él no respondió. Se limitó a darme un último vistazo, uno que pareció quemar la ropa que llevaba puesta, y desapareció entre los árboles con la misma rapidez con la que había llegado.

Entré en la villa con los pies fríos pero la sangre hirviendo. Nicolás seguía en el sofá, con una mancha de vino en su camisa y la boca entreabierta. Lo miré y, por primera vez, no sentí miedo ni culpa. Sentí una distancia insalvable.

Subí a mi habitación y guardé el encendedor de Dominic bajo mi almohada. No hubo promesas de amor esa noche, no hubo palabras bonitas que se llevara el viento. Pero mientras cerraba los ojos, sentía el peso de la chaqueta de Dominic que aún colgaba de mi silla y la orden que le había dado a Spencer. Dominic no me amaba como los hombres normales; él me custodiaba como se custodia un botín de guerra. Y yo, por primera vez en mi vida, me sentía a salvo en medio del peligro más grande de Italia.

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