Capítulo 6 El último intento de una farsa
El amanecer trajo consigo una luz grisácea que se filtró por los ventanales de mi dormitorio, iluminando la frialdad de la habitación. No había dormido más de dos horas. Bajo mi almohada, el encendedor de plata de Dominic se sentía como un pedazo de carbón encendido, una tentación constante que amenazaba con devorarme por completo.
Me senté en el borde de la cama, hundiéndome el rostro en las manos. La culpa, que había permanecido adormecida bajo el peso de su cuerpo en la casa del árbol, regresó con la fuerza de una marea violenta. Nicolás era mi esposo. Nos habíamos casado ante Dios y ante nuestras familias. ¿En qué me había convertido? No podía ser la mujer que se entregaba al tío de su marido en las sombras del jardín, no podía ser ese animal sediento de peligro.
Tenía que detenerme. Tenía que demostrarme a mí misma que lo de Dominic había sido solo una reacción desesperada a la soledad, una debilidad de la carne que mi fuerza de voluntad podía aplastar. Si lograba arreglar mi matrimonio, si Nicolás tan solo me daba una migaja de atención, el fuego de Dominic se apagaría. Tenía que funcionar. Tenía que obligarme a no sentir nada por el Capo.
Me levanté, me puse una bata de seda blanca y bajé las escaleras. El silencio de la villa a esa hora de la mañana era sepulcral. Encontré a Nicolás en el comedor secundario, el que daba a los viñedos. Ya estaba vestido con un traje gris impecable, tomando un café negro mientras revisaba unos papeles en su tableta. No quedaba rastro del hombre borracho y patético de la noche anterior; volvía a ser el frío administrador del imperio Vancini.
Me detuve en el umbral, tragando saliva para armarme de valor.
—Nicolás —dije, mi voz sonando más suave de lo habitual.
Él no levantó la vista de la pantalla. Se limitó a tomar un sorbo de café. —Llegas tarde para el desayuno. El servicio ya retiró la mayor parte. Si quieres algo, pídelo a la cocina.
Caminé hacia la mesa y me senté frente a él, ignorando su tono cortante. Apoyé mis manos sobre la madera, buscando su mirada, pero sus ojos seguían fijos en los números.
—No tengo hambre. Quiero que hablemos —insistí, manteniendo la calma—. De nosotros. De lo que pasó ayer... y de lo que lleva pasando meses.
Nicolás soltó un suspiro de fastidio, dejando la tableta sobre la mesa con un golpe seco. Finalmente me miró, y sus ojos grises eran dos témpanos de hielo.
—Si vas a empezar otra vez con tus dramas emocionales, Cloe, ahórratelo. Tengo un día complicado. Mi tío Dominic espera un informe completo sobre las exportaciones del muelle y no tengo tiempo para discutir sobre tus sentimientos.
—¡No es un drama, Nicolás! —mi voz se elevó un tono antes de que pudiera controlarla, pero respiré hondo para recuperar la compostura. Tenía que salvarme, tenía que salvar esto—. Es nuestro matrimonio. Estamos viviendo como dos extraños bajo el mismo techo. Llevamos dos años casados y... ni siquiera me miras. Ayer pasé horas arreglándome, quería que me vieras, y lo único que hiciste fue criticarme.
Nicolás se reclinó en su silla, cruzando los brazos. Su rostro no mostraba ni un ápice de culpa, solo una profunda condescendencia.
—Te di un consejo sobre tu vestimenta, Cloe. Como miembro de esta familia, representas un apellido. Si no puedes manejar las críticas constructivas, el problema es tuyo. No entiendo qué es lo que buscas de mí. Tienes una vida con la que la mayoría de las mujeres de tu edad solo podrían soñar. Tienes joyas, tienes esta villa, tienes crédito ilimitado en cualquier tienda de Florencia. ¿Qué más quieres?
—¡Te quiero a ti! —mentí, o quizás era la desesperada necesidad de mi antigua yo implorando por una vida normal—. Quiero un esposo, Nicolás. Quiero una vida real, no una farsa de apariencias. Quiero que entremos a esa habitación y seamos un matrimonio de verdad. ¿Es tan difícil de entender? Podemos intentarlo de nuevo. Podemos empezar de cero, olvidar el distanciamiento...
Me levanté y me acerqué a él, rodeando la mesa. Con el corazón latiéndome en la garganta, puse una mano sobre su hombro. El contacto se sintió artificial, completamente desprovisto de la electricidad que me quemaba cuando Dominic me tocaba. Pero me obligué a mantener la mano allí. Era mi ancla a la decencia.
Nicolás se tensó bajo mi toque. Miró mi mano sobre su hombro como si fuera un insecto molesto, y luego se levantó bruscamente, obligándome a retroceder.
—Suficiente, Cloe —dijo, su voz cortante como un bisturí—. No voy a jugar a la casita feliz contigo. Ya te lo dije ayer: tus necesidades afectivas son infantiles. Este matrimonio fue un acuerdo entre nuestras familias para consolidar alianzas y tierras, y tú lo sabías perfectamente cuando firmaste el contrato. Yo cumplo con mi parte manteniéndote en la opulencia. Tú cumple con la tuya manteniendo la boca cerrada y no avergonzándome frente a mis socios. O frente a mi tío.
Las palabras me golpearon el pecho, vaciándome los pulmones. El rechazo fue tan absoluto, tan frío, que sentí cómo la última pizca de la Cloe sumisa y obediente moría en ese mismo instante.
—Un acuerdo —repetí, mi voz volviéndose extrañamente hueca—. Solo soy un negocio para ti.
—Eres mi esposa, Cloe. Pero no me pidas que finja un deseo que no tengo —Nicolás tomó sus papeles y los guardó en su maletín de cuero—. Tengo que irme al muelle. Dominic odia la impuntualidad. Regresaré tarde, así que no me esperes para cenar.
Se dio la vuelta y caminó hacia la salida del comedor. Justo antes de cruzar la puerta, se detuvo sin mirarme.
—Por cierto, Dominic dejó instrucciones. Dice que las calles de Florencia no son seguras últimamente. A partir de hoy, Spencer te acompañará a donde quiera que vayas. No quiero quejas al respecto. Si mi tío dice que necesitas protección, la tendrás.
El nombre de Dominic flotó en el aire como una sentencia de muerte para mis buenas intenciones. Nicolás salió, y segundos después escuché el rugido del motor de su coche alejándose por el sendero de la villa.
Me quedé sola en el comedor, temblando, pero esta vez no era de tristeza. Era de una revelación brutal. Había intentado ser la esposa perfecta, había rogado por migajas de atención a un hombre que me veía como un activo financiero, todo para demostrarme que podía vencer la atracción de Dominic. Y el resultado había sido una humillación total.
Me miré las manos. Seguían temblando. Había intentado apagar el incendio con agua estancada, y lo único que había logrado era darme cuenta de que la jaula de oro nunca se abriría por las buenas. Nicolás me había empujado conscientemente al abismo. Él no quería mi respeto, no quería mi cuerpo, no quería mi lealtad. Solo quería mi silencio.
—Lo intenté —susurré al comedor vacío, y una sonrisa oscura, idéntica a la que Dominic ponía cuando planeaba un movimiento, empezó a dibujarse en mis labios—. Dios sabe que lo intenté.
Caminé de regreso a mi habitación, cada paso más firme que el anterior. La culpa que me había asfixiado al despertar se había disuelto, reemplazada por una frialdad nueva, una que había aprendido del mismísimo Capo de los Vancini. Si Nicolás quería una farsa, le daría la mejor farsa de su vida. Pero en las sombras, las reglas del juego ya no las dictaría él.
Saqué el encendedor de plata de debajo de la almohada. El metal frío se sintió pesado y real en mi mano. Lo apreté con fuerza, sintiendo el relieve de las iniciales de Dominic contra mi palma. Ya no quería que el fuego se apagara. Al contrario. Quería ver qué tan alto podían llegar las llamas antes de consumir todo el imperio Vancini.
Un golpe suave en la puerta me sacó de mis pensamientos. —¿Señora Vancini? —la voz de Spencer, baja y profunda, llegó desde el pasillo—. El señor Dominic me ordenó ponerme a su disposición. Estoy abajo cuando decida salir.
Miré la puerta, sintiendo la red de Dominic cerrándose a mi alrededor, no para atraparme, sino para protegerme de la tormenta que yo misma estaba a punto de desatar.
—Bajo en diez minutos, Spencer —respondí, mi voz sonando tan fría y contenida como la de un verdadero miembro de la mafia.
El juego había comenzado oficialmente, y esta vez, yo no iba a ser la pieza que sacrificaran.
