Capítulo 7 El color de la tregua

El peso del encendedor de plata en el bolsillo de mi bata era lo único que me recordaba que la Cloe de la mañana, la que había rogado de rodillas por una farsa de amor, ya no existía. Las horas posteriores a la partida de Nicolás habían transcurrido en un letargo espeso. Spencer había permanecido abajo, estático como una gárgola de mármol en el vestíbulo de la villa, recordándome con su sola presencia que la sombra de Dominic lo cubría todo.

Nicolás no regresó para la cena, tal como lo había advertido. Cené sola en el gran comedor, observando el espacio vacío que su tío había ocupado la noche anterior. La comida me supo a ceniza, pero la verdadera tormenta comenzó cuando la medianoche pasó y el eco de unos pasos firmes resonó en el pasillo lateral de la planta alta.

No era Nicolás. Sus pasos eran siempre apresurados, ruidosos, llenos de una falsa urgencia. Estos eran lentos, pausados, calculados. El pomo de la puerta de mi dormitorio giró sin que mediara un golpe previo.

Dominic entró.

Se había quitado la corbata y llevaba los dos primeros botones de su camisa negra desabrochados, dejando ver el inicio de los tatuajes que subían por su pecho. Traía consigo el aroma de la noche, del tabaco y de la lluvia que amenazaba con caer sobre Florencia. Cerró la puerta a sus espaldas con un clic casi inaudible y se quedó allí, apoyado contra la madera, observándome en la penumbra.

—Tu esposo se quedó en las oficinas del muelle resolviendo un descuido en los balances —dijo. Su voz era una vibración baja que cortó el silencio de la habitación como un filo—. No volverá hasta el amanecer.

Me levanté de la otomana, apretando los bordes de mi bata de seda blanca contra mi cuerpo. El pulso se me aceleró de inmediato, una reacción física que ya no podía controlar cada vez que él invadía mi espacio.

—Lo sé —respondí, intentando sostenerle la mirada—. Hablé con él esta mañana. Intenté... intenté hablar de nosotros.

Dominic no se movió de la puerta. Sus ojos negros recorrieron mi rostro, deteniéndose en la rigidez de mis hombros. —Perdiste el tiempo.

—Sí —confesé, y una sonrisa amarga se me escapó—. Perdí el tiempo. Me recordó que soy un contrato, un activo financiero para consolidar tierras. Me dijo que no le pidiera que fingiera un deseo que no tiene.

Dominic soltó un bufido bajo, casi imperceptible, pero cargado de un desprecio gélido. Dio un paso hacia adelante, saliendo de las sombras de la entrada. Su presencia física parecía encoger las dimensiones de la habitación.

—Nicolás es un idiota que cree que el poder se mide en los números de una pantalla —Dominic se detuvo a un paso de mí. Estiró la mano y, con una lentitud exasperante, metió los dedos en el bolsillo de mi bata, sacando el encendedor de plata que me había dado—. Veo que lo conservas.

—Me dijiste que lo guardara.

Él no respondió con palabras. Hizo girar el encendedor entre sus dedos grandes y callosos con una destreza felina, antes de volver a meterlo en mi bolsillo, dejando que sus nudillos rozaran mi cadera a través de la seda. El contacto encendió un chispazo que me recorrió la espina dorsal.

—Spencer me dio el informe —comentó, su mirada fija en mis labios—. Dijiste que bajarías en diez minutos y tardaste doce. No me gusta que mi gente espere.

—No soy uno de tus soldados, Dominic —lo reté, aunque mi respiración ya empezaba a volverse entrecortada por su cercanía—. No tienes por qué cronometrar mi vida.

—Todo lo que está bajo mi protección sigue mis reglas, Cloe —sentenció con esa frialdad que lo hacía parecer de piedra—. Y tú estás bajo mi protección.

Antes de que pudiera replicar, su mano libre subió a mi nuca, enredándose en mi cabello con una firmeza que me obligó a arquear la espalda. Me pegó a su pecho con un movimiento seco, brusco, desprovisto de cualquier delicadeza cortesana. Sus labios se estrellaron contra los míos sin preámbulos. No fue un beso de bienvenida; fue un reclamo hambriento, rudo, que me dejó sin aire. Su lengua invadió mi boca con la misma autoridad con la que entraba en sus propiedades, y mi cuerpo, traidor y sediento, respondió rindiéndose de inmediato.

Gimoteé contra su boca, rodeando su cuello con mis brazos, buscando la solidez de sus hombros. Dominic soltó un gruñido gutural en el fondo de su garganta y, sin romper el beso, sus manos bajaron por mi espalda, desatando el lazo de mi bata de seda con un solo tirón eficiente. La prenda se deslizó por mis hombros, cayendo al suelo y dejándome solo en un camisón de encaje translúcido.

Sentí la dureza de su cuerpo, la promesa de esa polla que anoche me había llenado y que ahora buscaba con una desesperación que me asustaba a mí misma. Sus manos bajaron hasta mis muslos, levantando el encaje, apretando la carne de mis caderas con una fuerza que sabía que dejaría nuevas marcas. Estaba a punto de empujarme hacia la cama, su respiración mezclándose con la mía en un compás frenético, cuando un espasmo agudo e inesperado me retorció el vientre.

Una punzada de calor húmedo me alertó abajo. El pánico me golpeó, no por el dolor, sino por la comprensión de lo que estaba sucediendo en mi cuerpo.

—Espera... Dominic, espera —jadeé, apartando la cabeza de su beso y poniéndole las manos en el pecho para frenarlo.

Él se tensó, sus músculos volviéndose rocas bajo mis dedos. Sus ojos negros, inyectados en un deseo oscuro y peligroso, se clavaron en los míos con una fijeza que me heló la sangre. Odia que lo detengan. Lo supe por la forma en que apretó los dientes.

—¿Qué pasa? —su voz sonó más ronca, casi un gruñido.

—Tengo que... tengo que ir al baño. Ahora mismo —dije, sintiendo que el rostro me ardía de vergüenza.

Me soltó de mala gana, dando un paso atrás. Prácticamente corrí hacia el baño anexo, cerrando la puerta detrás de mí con un pestillo tembloroso. Me apoyé contra el lavabo de mármol, respirando agitadamente, mientras confirmaba mis sospechas. La naturaleza tenía un sentido del humor bastante cruel. Mi ciclo se había adelantado, probablemente debido a todo el estrés, el miedo y las emociones violentas de las últimas cuarenta y ocho horas.

Me senté en el váter, hundiéndome los dedos en el cabello. Fuera de la puerta, escuché el silencio pesado de Dominic. Sabía lo que los hombres de su tipo pensaban de estas cosas; para un Capo de la mafia, una mujer indispuesta era una molestia, una interrupción en su derecho de posesión. Me sentía ridícula, vulnerable y profundamente avergonzada.

—¿Cloe? —su voz llegó desde el otro lado de la madera, seca, sin un ápice de paciencia—. ¿Qué estás haciendo ahí dentro?

—¡No entres! —grité, mi voz quebrando el silencio—. Yo... no puedo ahora, Dominic. Vete a tu habitación.

No hubo respuesta verbal, pero el sonido del pomo girando con fuerza me hizo dar un brinco. El pestillo cedió con un chasquido seco. Dominic abrió la puerta sin pedir permiso, con esa misma arrogancia con la que manejaba todo en su vida. Se detuvo en el umbral, mirándome mientras yo intentaba cubrirme con lo que podía, con el rostro encendido de humillación.

—Te dije que no entraras —susurré, las lágrimas de frustración asomando en mis ojos—. Vete. Me llegó el periodo, ¿de acuerdo? No hay nada para ti aquí esta noche. Puedes volverte a tu maldito despacho.

Dominic se me quedó mirando. No mostró asco, ni rabia, ni la típica retirada incómoda de los hombres comunes. Su rostro recuperó esa neutralidad fría y analítica que tanto me desconcertaba. Recorrió con la mirada mi postura defensiva, mis ojos llorosos y el ligero temblor de mis manos.

Soltó un suspiro corto por la nariz, un sonido que pareció más un reniego que un gesto de fastidio.

—Cállate la boca —dijo simplemente.

Se dio la vuelta y salió del baño, dejándome desconcertada. Pensé que se marchaba de la habitación, pero un minuto después regresó. En sus manos traía una toalla limpia del armario y un pequeño estuche que yo guardaba en el tocador con mis productos de higiene. Lo dejó caer sobre el lavabo con un golpe seco.

—Límpiate —ordenó, con el mismo tono que usaría para decirle a Spencer que limpiara una escena del crimen.

Me quedé mirándolo, estupefacta. Dominic se dio la vuelta de nuevo, salió al dormitorio y escuché cómo revolvía algunas cosas. Cuando finalmente terminé de asearme y me puse una prenda cómoda, salí del baño con cautela, esperando encontrar la habitación vacía.

Pero él seguía allí.

Había encendido la pequeña chimenea de la habitación, algo que yo nunca hacía porque Nicolás decía que el olor a leña arruinaba las cortinas. Dominic estaba de pie junto al fuego, observando las llamas. En sus manos traía una taza de porcelana que humeaba, desprendiendo un fuerte olor a manzanilla y canela.

Caminé hacia la cama, sintiéndome pequeña, con un dolor sordo empezando a instalarse en mi vientre bajo. Me metí bajo las sábanas, observándolo en silencio. Dominic se acercó a la cama con pasos lentos, se sentó en el borde y me extendió la taza.

—Toma esto —dijo, su tono directo, casi tosco.

Tomé la taza con ambas manos, agradeciendo el calor que desprendía. Le di un sorbo pequeño; estaba caliente y dulce. —¿De dónde sacaste esto? —pregunté, mi voz apenas un susurro.

—La cocina está abajo, Cloe. Sé cómo funciona una estufa —respondió él, sin mirarme a los ojos. Se inclinó, tomó la manta que estaba a los pies de la cama y la extendió sobre mí, acomodándola con una brusquedad que, paradójicamente, se sintió sumamente protectora.

Me quedé mirándolo, procesando el contraste absoluto entre el hombre que hacía quince minutos me había acorralado contra la pared con intenciones puramente carnales, y este hombre que ahora me preparaba té y me tapaba con una manta mientras mantenía una expresión de hielo en el rostro.

—Eres bipolar, ¿sabías? —solté, y la palabra salió de mi boca antes de que pudiera filtrarla.

Dominic se tensó notablemente. Sus ojos color acero se clavaron en los míos, fijos, desprovistos de cualquier emoción visible. La mandíbula se le apretó tanto que vi el movimiento del músculo bajo su barba de pocos días.

—¿Qué dijiste? —su voz bajó a un susurro peligroso.

—Que eres bipolar —repetí, cobrando una valentía líquida por el calor del té—. Hace un momento me estabas arrancando la ropa como si quisieras destruirme, y ahora estás aquí, actuando como si fueras un enfermero amargado. Hablas poco, das órdenes para todo, eres frío como un maldito témpano por fuera, pero haces esto... No te entiendo, Dominic. Nadie te entendería.

Dominic no se movió. Se limitó a sostener mi mirada durante un minuto entero, un silencio tan denso que el crujido de la leña en la chimenea pareció un trueno. Esperé que se levantara enojado, que me gritara o que recuperara su rudeza. En lugar de eso, estiró la mano y, con una firmeza que no admitía réplicas, me quitó la taza vacía de las manos y la dejó en la mesa de noche.

Luego, sin decir una sola palabra, se acomodó en la cama a mi lado, por encima de las sábanas. Pasó un brazo por debajo de mi nuca, obligándome a reclinar mi cabeza en su hombro, y con su otra mano, grande y caliente, cubrió mi vientre bajo, justo donde el dolor de los cólicos empezaba a apretar. Su palma transmitió un calor inmediato que pareció adormecer el dolor de golpe.

—No necesito que me entiendas, gatita —dijo, y fue la primera vez en toda la noche que usó el apodo, su voz sonando como un murmullo áspero contra mi cabello—. Necesito que te calles y te duermas.

Traté de moverme, de apartarme de su agarre, pero su brazo era una barra de hierro que me mantenía firmemente unida a su costado. No me apretaba para lastimarme; me sujetaba para contenerme.

—Dominic, no puedes quedarte aquí —insistí, aunque mi cuerpo ya empezaba a relajarse bajo el influjo de su calor—. Si alguien entra... si Spencer...

—Spencer reporta solo a mí. Y nadie más va a entrar a esta habitación a menos que quiera que le pegue un tiro en la cabeza —sentenció con una tranquilidad que me erizó la piel—. Duérmete de una vez. Mañana tengo que estar en el muelle temprano para vigilar a tu inútil esposo y no pienso pasar la noche escuchando tus quejas.

Me quedé inmóvil, escuchando el latido constante y pesado de su corazón bajo la camisa negra. Su mano en mi vientre no se movió, manteniendo ese flujo de calor que me estaba salvando de la agonía física. Miré hacia la chimenea, viendo cómo las llamas consumían la madera con un ritmo pausado.

Él tenía razón en algo: no necesitaba entenderlo. Dominic Vancini no era un hombre de discursos románticos ni de promesas vacías. Era un hombre de guerra, un Capo que manejaba la vida y la muerte con la misma frialdad con la que ahora me sostenía en su cama. Su protección no venía en forma de palabras bonitas; venía en forma de un abrigo sobre los hombros, de una taza de té preparada en el silencio de la madrugada, de una mano caliente sobre un vientre dolorido y de una orden discreta a sus soldados para que nadie tocara lo que él consideraba suyo.

Era un monstruo, sí. El monstruo que sostenía el imperio de mi familia. Pero mientras me acurrucaba contra su costado, sintiendo la seguridad absoluta de su abrazo de hierro, supe que prefería mil veces el frío protector de este demonio que la indiferencia estéril del hombre con el que me había casado.

Cerré los ojos, dejando que el aroma a tabaco y madera me envolviera por completo. Fuera de la villa, la tormenta finalmente estalló, el viento golpeando los cristales con fuerza. Pero allí dentro, bajo la vigilancia silenciosa del hombre más peligroso de Italia, me sentí, por primera vez en dos años, completamente a salvo.

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