Capítulo 1 Sin opción
Kattya
—Sin la cirugía, le queda poco menos de una semana de vida —mencionó el hombre sin piedad.
Me dejé caer en la silla, el médico me dio una última mirada y luego simplemente se fue, como si no acabara de darnos una de las peores noticias. Sentí mi mundo derrumbarse sin poder evitarlo.
Miré mis manos sobre mi regazo, temblando imperceptiblemente, aunque intenté apretar los puños para disimularlo, para no quebrarme aquí mismo, fue en vano. No podía con tanto… no quería ni imaginar una vida sin él.
A mi lado, mi madre se retocaba el labial como si estuviera en plena fiesta y no a pocos metros de la unidad de cuidados intensivos donde mi padre se apagaba minuto a minuto.
—Deja de llorar, Kattya. Me pones nerviosa —dice sin mirarme, cerrando el espejo con un sonido seco—. Te aseguro que buscarás una solución, tal vez podrías mirar quien nos da un préstamo.
—Papá necesita esa cirugía hoy mismo si es posible, mamá —respondí, intentando que mi voz no quiebre la frágil firmeza con la que intento sostenerme—. El médico dijo que si no se realiza pronto, su corazón no resistirá. ¿Eres consciente de lo que vale esa cirugía? —reí con ironía—. ¿Quién me va a prestar semejante cantidad?
Mi mamá apretó los labios y chasqueó con su lengua, como si todo esto fuera un maldito chiste.
—Mamá… ¿Por qué no liberas los fondos de la cuenta familiar? con eso podríamos pagar, salvaríamos a mi papá —suavicé mi voz intentando ablandar su corazón.
Ella me dedicó una mirada helada, llena de ese desdén que ha perfeccionado a lo largo de los años.
—Ese dinero está congelado por las inversiones de tu padre y no puedo hacer nada, adicional no tenemos la certeza de que esa intervención garantice que sobreviva. Entiende Kattya, no podemos poner nuestro mundo de cabeza, él ya está muy mal.
Siento que el aire se vuelve asfixiante en mis pulmones. La frialdad de mi madre me produce náuseas.
Ella no va a pagar. Es obvio que preferiría quedarse viuda y mantener sus pocos lujos intactos antes que arriesgar un solo peso en la salud del hombre que le dio todo.
Es en este preciso instante comprendo que estoy completamente sola. Si quiero salvar a mi padre, debo conseguir una suma gigantesca en cuestión de horas.
Mis dedos se cerraron alrededor de la pequeña tarjeta negra que guardo en el bolsillo de mi abrigo. Hace dos días, cuando el diagnóstico empeoró, una amiga me habló de un trabajo exclusivo, uno que podría ser el salvavidas perfecto. Aunque en ese momento me pareció una locura aberrante. Ahora, viendo a mi madre mostrarse tan indiferente ante esto, me parece mi única salvación.
—Buscaré una solución —musité, poniéndome de pie.
Caminé por el pasillo del hospital hasta encontrar un rincón oscuro cerca de la salida de emergencia. Saqué el teléfono, mis dedos temblaron, y mi mirada se cristalizó mientras intentaba controlar el nudo en mi garganta, pero sin importar nada marqué el número escrito en la tarjeta.
Mi virtud, mi dignidad, mi primera vez... todo eso pierde cualquier tipo de valor cuando lo comparo con la vida de mi padre.
La voz al otro lado era neutra y escalofriante. Dí mis datos y a los pocos segundos me llegó un mensaje con la confirmación del lugar. Respiré profundo y luego de darle una mirada al pasillo de cuidados intensivos, salí de ese lugar con la certeza de que haría cualquier cosa por la vida del hombre más importante en mi vida.
Llegué a uno de los hoteles más lujosos de la ciudad luego de cambiarme y ponerme presentable, aunque mi rostro se veía fatal por el llanto, mis ojos estaban completamente rojos y mis mejillas sonrojadas.
Me miré en el espejo del ascensor, tengo veinte años, pero siento que esta noche el dolor en mi corazón me muestra una mujer que carga con demasiado.
Las puertas del ascensor se abrieron con un susurro suave. Llegué a la puerta indicada, la número 1001. Tragué saliva con fuerza, con el corazón latiendo desbocado en el pecho y mis manos sudorosas, inserté la tarjeta magnética que me dieron en la recepción.
La puerta se abrió lentamente y la incertidumbre se apoderó de mí.
—Cierra la puerta —ordenó una voz profunda, grave y dominante que resonó en el lugar.
Dí varios pasos hacia el centro de la sala. Junto a la cristalera había un hombre. Era impresionante. Incluso en la oscuridad, su silueta transmitía un poder absoluto.
Casi un metro noventa, con sus hombros anchos, una postura imponente y un traje a medida de corte impecable que dejaba ver los músculos aparentemente bien trabajados.
Se giró lentamente hacia mí, colocándome mucho más nerviosa.
Tenía una mandíbula marcada, piel clara y unos ojos oscuros, tan intensos que me congelaron allí mismo. Era un hombre maduro, calculo que ronda los treinta años. Un hombre extremadamente atractivo, uno que transmitía peligro… uno que en estos momentos era mi única salvación.
—Acércate —dijo, manteniendo sus manos en los bolsillos de su pantalón.
Avancé con la barbilla en alto, haciendo un esfuerzo sobrehumano por ocultar el terror que amenazaba con desmoronarme.
—¿Cómo te llamas? —preguntó cuando estaba a solo unos cuantos metros de él.
—Eso no forma parte del acuerdo —respondí con la voz sorpresivamente firme, aunque por dentro me estaba desintegrando.
Una leve sombra de burla cruzó sus ojos. Dio un paso hacia mí, acortando la distancia por completo. Su presencia era abrumadora. Un aura de peligro palpable lo rodeaba, una que hace que todos los instintos de mi cuerpo me griten que huya.
Pero no puedo. Pienso en el rostro cansado de mi padre en la cama de ese hospital.
—Tienes agallas, pequeña —murmuró y su voz áspera me erizó la piel—. Pocas personas se atreven a responderme con ese tono.
Elevó una mano y con la yema de sus dedos rozó el contorno de mi mandíbula. Su contacto era caliente, tanto que me estremeció involuntariamente.
—Estás asustada —aseguró, bajando la mano lentamente por mi cuello hasta llegar a la clavícula—. Y sin embargo, estás aquí. ¿Por qué una chica como tú vende su pureza por dinero?
—Necesito el dinero —digo, manteniendo la mirada firme en la suya, aunque sus ojos oscuros parecen leer mi alma—. Es para una urgencia… médica. Para salvar la vida de mi padre. No estoy aquí por placer.
Él no se conmovió, pero percibo un ligero cambio en su postura. Su mirada bajó a mis labios, definidos y temblorosos, y luego volvió a cruzarse con la mía.
—Admiro la lealtad —dijo con una seriedad sombría—. Es una cualidad rara y muy costosa en este mundo, una que admiro más de lo que crees.
Sin previo aviso, su mano rodeó mi cintura y me atrajo bruscamente contra su cuerpo firme. La cercanía de su pecho contra el mío me sacan un ahogado suspiro de la garganta. Este hombre huele a peligro y a un poder desenfrenado que no sé si puedo controlar.
—El pago ya ha sido autorizado —murmuró sobre mis labios, con su aliento cálido rozando mi piel—. Me perteneces por esta noche… serás completamente mía.
