Capítulo 5 Un error
Kattya
Al girarme lo vi, tal y como mi memoria lo recordaba. Igual de imponente, atractivo y con esa intensidad en la mirada que me clavó en esa ocasión y que no puedo sacar de mi cabeza.
Me hizo temblar solo con su presencia, lo hizo tal y como su recuerdo. Sus ojos, tan intensos y penetrantes que atravesaban cualquier defensa. Tenía aproximadamente unos cuarenta años ahora, con sutiles hilos blancos en las sienes que solo acentuaban su aura de poder absoluto e indomable.
Era él, Dmitriy Volkob… mi suegro, el hombre que me quitó la virginidad. El hombre al que le vendí mi pureza.
Él era el padre de mi esposo.
Mis dedos se clavaron de forma involuntaria en la palma de mi mano. El aire se me escapó de los pulmones en un ahogado suspiro que logré tragarme a la fuerza. Mi rostro se mantuvo impasible, pero por dentro sentí una calidez feroz.
Porque aunque no quisiera admitirlo, esa primera vez me dejó completamente marcada.
Dmitriy caminó hacia nosotros con las manos en los bolsillos del pantalón, imponente y peligrosamente magnético. Traía su camisa desabrochada los primeros botones, dejando a la vista un tatuaje que subía por su cuello.
Su mirada calculadora recorrió la sala hasta posarse en su hijo, y luego, lentamente, sus ojos oscuros clavaron en mí.
En el instante en que sus ojos se encontraron con los míos, vi un destello casi imperceptible cruzar por sus facciones. Una sombra de sorpresa que desapareció tan rápido como llegó, y fue sustituida por una frialdad que me heló cada centímetro de mi piel.
Aunque en el fondo espero que él no me recuerda, que no se acuerde de esa noche.
—Padre, me da gusto volverte a ver —dijo Nikolay, dando un paso al frente con una postura erguida, buscando desesperadamente la aprobación de su padre—. Te presento a mi esposa, Kattya Ivanova. Kattya... Él es mi padre, Dmitriy Volkob.
La ironía de la vida me golpeó con fuerza como el peor puñetazo en el estómago. El hombre que me hizo suya en la oscuridad, que me atrapó con sus manos, que me hizo estremecer bajo sus brazos, el hombre que escuchó mis gemidos y sintió mi miedo, ahora estaba de pie frente a mí, presentado oficialmente como mi suegro.
Dmitriy dio dos pasos más hacia nosotros, cortando la distancia, haciéndome sentir sumamente acorralada. Su presencia era sofocante, inundando mis sentidos con su aroma, con ese que me hizo recordar con mayor claridad.
Ese aroma asfixiante que emanaba inundó mis fosas nasales.
Él extendió su mano grande y de nudillos firmes hacia mí. Sus ojos oscuros descendieron un segundo a mis labios, los mismos que una vez aprisionó con los suyos, antes de volver a clavarse en los míos con una intensidad posesiva que me erizó la piel hasta la raíz y una sonrisa, una llena de ironía y advertencia se extendió en su rostro.
—Un placer finalmente conocerte, Kattya —dijo Dmitriy. Con su voz grave y áspera que resonó el aire, enviando una descarga eléctrica por cada centímetro de mi columna vertebral—. Nikolay ha hablado mucho de ti. Ya era hora de que por fin te trajera para adentrarte a la familia, para que fueras por fin una verdadera Volkob.
Él extendió su mano y su mirada… esta parecía querer atraversarme por completo.
Tragué saliva, sintiendo como las ironías en sus palabras me aplastaban. Coloqué mi mano sobre la suya. El contacto de su piel caliente contra la mía me hizo estremecer involuntariamente, exactamente igual que aquella noche en el hotel. Su agarre fue firme, dominante, aprisionando mis dedos durante un segundo más de lo necesario.
—Señor Volkob —respondí, sosteniéndole la mirada sin pestañear, obligando a mi voz a sonar fría, educada y firme—. El placer es mío.
—Bueno, es momento de cenar —interrumpió Niko al ver la tensión en esas cuatro paredes.
Niko me tomó de la cintura y me llevó hasta la mesa. Pero no podía concentrarme, escuchaba las voces, pero no podía ni siquiera entender sus palabras.
Dmitry ignoró mi presencia la mayor parte del tiempo y eso… al menos por ahora, fue un alivio.
Me puse de pie, necesitaba mojar mi rostro, intentar calmar este nerviosismo descontrolado.
Me disculpé y caminé directo hasta el baño, al llegar cerré la puerta y apoyé las manos en el lavado.
—Eres una mujer casada, solo estás así por… por los nervios de conocer a tus suegros. Estoy segura de que él no me recuerda —dije mirando al espejo—. Toda esta paranoia es por volver, por conocerlos y que me acepten.
Mojé mi nuca y cuando me sentí más calmada, sonreí para salir. Sin embargo, al abrir la puerta, él estaba ahí.
Dmitriy cerró la puerta tras de sí acorralandome en esas cuatro paredes.
—¿Se le ofrece algo señor? —cuestioné manteniendo distancia.
—No te hagas la que no me recuerdas Kattya, porque sé que al igual que yo recuerdas muy bien lo que pasó esa noche. Te busqué, pero desapareciste y ahora te vengo a encontrar aquí…
—Yo…
—Cometiste un error al aparecerte aquí justo después de tanto tiempo. —Abrí los ojos, podía notar el tono amenazante en su voz.
—¿Un error? —tartamudeé.
—Sí, un error… el casarte con mi hijo.
