Capítulo 6 No existe para mí

Kattya

El impacto de sus palabras, esa simple amenaza flotó en mi cabeza. De verdad tenía la esperanza de que no me reconociera, de que no se acordara de mí… pero, me equivoqué. 

Sentí el calor de su cuerpo imponente rozando la tela de mi vestido. Estaba tan cerca que podía sentir el pulso firme latiendo en su cuello, el aroma a tabaco envolviéndome como una trampa mortal… pero no solo a tabaco, también a peligro.

Mi corazón golpeaba con tanta fuerza contra mi pecho que estaba segura de que él podía escucharlo. Pero no me iba a permitir mostrarme frágil. La chica asustada que vendió su cuerpo en aquella habitación de hotel había muerto años atrás. 

Apreté los dientes, erguí la barbilla y apoyé ambas palmas de mis manos con firmeza contra su pecho ancho y endurecido. Con todas mis fuerzas, lo empujé hacia atrás para romper el contacto entre los dos.

Dmitriy apenas se movió un par de centímetros, y su mirada se oscureció aún más al notar mi resistencia.

—No me vuelva a tocar —pronuncié con la voz firme, helada, congelando cualquier rastro del nerviosismo que me devoraba por dentro—. No sé de qué noche me estás hablando, señor Volkob. Usted para mí no es más que un desconocido, el padre de mi esposo. Nada más. En mi vida, usted prácticamente nunca existió.

Una sonrisa amarga y peligrosa curvó ligeramente la comisura de sus labios. Dmitriy dio un paso lento hacia mí, obligándome a retroceder hasta que mi espalda choco contra el borde del lavamanos.

—¿Nunca existí? —murmuró con una voz tan grave y rasposa que me provocó un escalofrío involuntario por la columna—. Mientes, Kattya. Puedo ver en tus ojos verdes cómo recuerdas cada segundo, lo vi desde que nuestros ojos se cruzaron por primera vez en esta casa. Sé perfectamente que recuerdas la forma en que temblabas bajo mis manos, cómo me rogabas que tuviera piedad y la forma en que jadeaste excitada. Te busqué después de esa noche, pero te evaporaste. Y ahora vuelves... usando el apellido de mi familia. 

—Esa noche ya no existe para mí —le dije en un susurro furioso, cuidando de no elevar la voz para no atraer la atención de la casa—. Solo hice eso para salvar a mi padre, solo intentaba salvarlo, pero mi padre murió unas horas después. Esa transacción miserable no sirvió de nada. Por eso, simplemente la olvidé. Pero llegué hasta aquí, tiene razón, nos volvimos a encontrar, el destino me trajo hasta Nikolay, me enamoré de él, sin tener la menor idea de quién era su padre.

Dmitriy inclinó la cabeza hacia abajo, acercando su rostro peligrosamente al mío. Su aliento cálido rozó mi mejilla, haciendo que mis pulso se desbocara traidoramente.

—No te enamoraste de él —aseguró con una certeza aplastante, una frialdad posesiva que me quitó el aire—. Buscaste en él la sombra de lo que viviste conmigo ¿Acaso no notaste lo mucho que se parece a mí? Pero Nikolay es un niño jugando a ser hombre. Y tú, pequeña... tú sigues siendo mía desde el momento en que aceptaste mi dinero… en el momento en el que mis manos te tocaron. Y a mi, jamás me ha gustado compartir lo mío, jamás. Ni siquiera con mi hijo. 

—Yo no soy suya —sentencié, clavándole la mirada con orgullo—. Soy la esposa de Nikolay. Y si se interpone en mi camino o intenta arruinar mi matrimonio con sus fantasmas del pasado, le juro que no me voy a quedar de brazos cruzados. 

Dmitriy me observó durante varios segundos en un silencio incómodo. Sus ojos recorrieron las facciones de mi rostro, deteniéndose en mis labios tensos antes de dar un paso atrás y liberar la puerta.

—Esto apenas empieza, Kattya —dijo con voz baja y serena, una calma que resultaba mil veces más aterradora que sus palabras—. Veremos cuánto dura tu papel de esposa devota bajo mi techo… bajo mi tentación. 

Sin decir una sola palabra más, acomodé la falda de mi vestido, abrí la puerta con brusquedad y salí del baño sin mirar atrás, sintiendo su mirada clavada en mi nuca.

Cuando regresé a la sala principal, intenté disimular el temblor de mis manos entrelazándolas frente a mi cuerpo. La cena transcurrió como un tormento lento. Yelena lanzó indirectas venenosas sobre mi origen modesto y mi repentina aparición en la vida de su hijo, mientras Alekséi, su tío, observaba todo con una sonrisa calculadora y Dmitriy... Dmitriy prácticamente me ignoró el resto de la noche. 

Se limitó a beber su whisky en silencio, escuchando los informes de negocios de Nikolay, pero de vez en cuando sentía cómo su atención se posaba sobre mí.

Finalmente, cuando la cena terminó y nos retiramos a la que sería nuestra habitación dentro de la casa, dejé escapar el aire que había estado reteniendo toda la noche.

La habitación era enorme, pero no tanto como mi secreto. 

—No me voy a quedar aquí, Niko —declaré de inmediato, quitándome los tacones con frustración y tirándolos a un lado.

Nikolay, que se estaba quitando el reloj de oro frente al espejo, se giró para mirarme con el ceño fruncido.

—¿De qué estás hablando, Kattya? —preguntó, caminando hacia mí con una expresión de desconcierto—. Esta es la casa familiar. Mi padre dejó claro que debemos quedarnos aquí mientras nos reorganizamos en el país.

—¡Me da igual lo que diga tu padre! —exclamé, dando un paso hacia él—. Esta casa parece una cárcel de alta seguridad. El ambiente es tóxico, tu madre no deja de mirarme como si fuera una cucaracha y tu… tu familia no me agrada. Prefiero que vayamos a un hotel mientras buscamos una casa propia. Nos lo podemos permitir, Niko. No tenemos por qué vivir bajo el control de tus padres.

Nikolay apretó la mandíbula y sus ojos azules brillaron con esa chispa de orgullo e impulsividad que tanto lo caracterizaba. Se acercó, tomando mis hombros con firmeza.

—Escúchame bien, Kattya. He pasado años en Europa intentando demostrarle a mi padre que soy capaz de llevar los negocios. Si me voy a un hotel ahora, parecerá que le tengo miedo o que no puedo manejar mi matrimonio y el negocio a la misma vez. Estar cerca de mi padre es la única forma de asegurar mi lugar en los negocios. 

—¿Tu lugar en los negocios? —reí con amargura, zafándome de su agarre con severidad—. Tu padre te maneja como a un títere, Niko. ¿Acaso no te das cuenta? No me siento cómoda aquí. Te lo pido como tu esposa, vámonos a un hotel.

—No —respondió con una frialdad rotunda, poniéndose la camisa de dormir—. Nos quedaremos aquí. Es mi decisión y no está sujeta a discusión. Acostúmbrate a la idea.

Lo miré con rabia. El ego de Nikolay y su desesperada necesidad de la aprobación de Dmitriy estaban cegándolo por completo. Sin decir nada más, me di la vuelta, caminé hacia el baño para cambiarme por un camisón de seda, me desmaquillé y me metí a la cama, dándole la espalda.

Él comenzó a tocarme, quería que tuvieramos sexo, pero no puedo... su padre puso sus manos sobre mí hoy y no puedo sacar eso de mi cabeza.

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