Capítulo 7 Sin tranquilidad

Kattya

La oscuridad de la habitación se sentía cada vez más pesada. Niko se giró en la cama y deslizó un brazo alrededor de mi cintura, pegando su cuerpo al mío. Sintió mi piel fría y su mano comenzó a subir por mi muslo con una prisa torpe, buscando la orilla de mi camisón. Su aliento caliente contra mi nuca no me provocó nada más que un estremecimiento de rechazo… por primera vez en mucho tiempo, a pesar de sus anteriores desplantes. 

Me quedé rígida, no podía moverme, no me nacía hacerlo. 

—Niko, no... —murmuré, intentando apartar su mano con suavidad mientras me acomodaba al borde del colchón.

—Vamos, Kattya —susurró él con la voz ronca por el sueño, ignorando mi resistencia e insistiendo en apegarse a mi espalda—. Llevamos días de viaje, hemos estado tensos. Necesito estar contigo, necesito sentirte. 

—Ahora no, por favor —dije con más firmeza esta vez, quitando su mano de mi cuerpo y sentándome en el borde de la cama, dándole la espalda.

Un chasquido molesto salió de su garganta. Se escuchó el roce de las sábanas cuando Nikolay se incorporó bruscamente y encendió la lámpara de la mesa de noche. La luz tenue iluminó su rostro contrariado, con los ojos azules llenos de frustración y orgullo herido.

—¿Qué te pasa? —reclamó, cruzándose de brazos—. Desde que pusimos un pie en esta ciudad estás distante, fría... Solo estoy buscando un momento para estar a solas con mi esposa y buscas un pretexto para rechazarme.

Giré la cabeza para mirarlo, sosteniendo su reclamo sin dejarme intimidar por su tono.

—Me siento presionada, Nikolay —respondí con serenidad, pero marcando cada palabra—. Te dije claramente que no me siento cómoda en esta casa. Me trajiste a un lugar donde tu madre me mira con desprecio, tu familia me juzga y el ambiente es absolutamente asfixiante. ¿De verdad esperas que actúe como si nada pasara y tenga ganas de intimidad cuando me siento atrapada en un lugar donde no quiero estar?

Nikolay apretó los dientes, molesto porque mis razones ponían en evidencia la incomodidad que sentía por culpa del lugar, por culpa de alguien.

—Esta es la casa de mi familia, Kattya. Es mi hogar. Esperaba que tuvieras un poco más de madurez para adaptarte —dijo con amargura, volviéndose a acostar y dándome la espalda bruscamente—. Si no estás de humor, da igual. Pero acostúmbrate, porque no nos vamos a ir. Es mi última decisión. 

Apagó la lámpara de golpe, dejando la habitación sumida nuevamente en la oscuridad.

A los pocos minutos, su respiración se volvió pausada y profunda, sumido en un sueño tranquilo.

Sin embargo, para mí, el sueño era algo inalcanzable.

El silencio de la noche era abrumador. Me quedé mirando el techo en la oscuridad, sintiendo la frialdad de la habitación colarse por mis huesos. Intenté cerrar los ojos, intenté pensar en mis proyectos de diseño, en las telas, en la vida que dejé en Italia... pero era inútil.

La figura de Dmitriy no salía de mi mente.

Sentía aún el fantasma de su presencia acorralándome hasta en mi mente, el peso de su cuerpo contra el mío, la vibración áspera de su voz pronunciando mi nombre. 

Me pasé una mano por la cara, frustrada y temblorosa. Era ridículo. Habían pasado cinco años, lo odiaba por lo que representaba, lo odiaba por haberme recordado la noche más humillante de mi vida, por ser el dueño de mi primera vez, de mi inocencia... pero no podía negar la reacción que su cercanía provocaba en mi cuerpo. 

Un peligro magnético, una corriente eléctrica que amenazaba con destruirme desde adentro.

Giré en la cama, mirando la silueta dormida de Nikolay. Estaba casada con el hijo, pero el fantasma del padre me estaba devorando viva. Y estar atrapada en esta casa bajo el mismo techo que Dmitriy Volkob, solo significaba una cosa, tarde o temprano, la tensión entre los dos terminaría haciendo estallar todo a nuestro alrededor.

No pude dormir, me senté unos cuantos segundos en el borde de la cama, sintiendo cómo la frustración me oprimía el pecho. Nikolay no entendía nada, ni tampoco le interesaba entenderlo. Su prioridad era encajar en el molde de su padre, aunque eso significara pasar por encima de mi tranquilidad.

Pasaron las horas. El reloj  de la mesa de noche marcaba las tres de la mañana cuando me di cuenta de que seguir en esa cama era inútil. No podía pegar el ojo ni un solo segundo y eso me estaba atormentando. 

La garganta me ardía por la sequedad y la cabeza me retumbaba de tanto dar vueltas a la misma situación.

En silencio, me puse una bata de seda negra sobre el camisón y salí de la habitación procurando no hacer ruido al cerrar la puerta.

Bajé la amplia escalera principal, con la intención de ir a la cocina por un vaso de agua helada que me ayudara a despejar la mente.

Al llegar a la planta baja, me adentré en la enorme cocina. La luz suave de la isla central iluminaba débilmente el espacio. Avancé hacia el refrigerador, pero me congelé a mitad de camino al notar una silueta de pie junto al ventanal.

Era Dmitriy, era ese maldito hombre.

Inesperadamente el aire se me atascó en la garganta. Él estaba de espaldas a mí, bebiendo un vaso de agua. Llevaba únicamente un pantalón de pijama oscuro que descansaba bajo sobre sus caderas, dejando al descubierto su torso completamente desnudo. 

A la luz de la luna que filtraba el ventanal, su espalda ancha, sus hombros prominentes y los músculos marcados de su abdomen se veían de una forma escultural y peligrosa… demasiado peligrosa para mí Tenía varias cicatrices finas cruzando su piel, marcas que me llamaban a tocar. 

En ese momento, al verlo así, comprendí que para mí no solo fue un hombre cualquiera con el que tuve mi primera vez, para mí es el hombre… el único hombre con el que me he sentido mujer.

---Empezamos con esta nueva historia de amor prohibido, espero les guste. No olviden dejar sus comentarios, agregar a sus bibliotecas y si es de su agrado, recomendar. Los leo...

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