Capítulo 3 Los gritos del ala prohibida.

El coche se detuvo frente a una mansión de piedra blanca que emergía entre la neblina como una fortaleza olvidada. La lluvia se deslizaba lenta por los muros, como si quisiera borrar los años que pesaban sobre ellos. Desde la ventanilla, Camila observó aquella construcción con el gesto impasible de quien ya lo ha perdido todo.

Durante un segundo pensó en no bajar. Pero la puerta se abrió con un clic metálico, como si el destino no le concediera opción.

Adrián De la Torre descendió primero. Su silueta alta y recta, envuelta en un abrigo negro, proyectaba una autoridad que no necesitaba palabras. Caminaba con la seguridad de quien está acostumbrado a que el mundo se aparte a su paso. Ni siquiera la miró cuando dijo, con esa voz profunda y afilada que ya empezaba a reconocer:

—Camina.

Camila no respondió. Bajó del auto con paso firme, sin bajar la mirada, sin titubear. El aire helado le golpeó el rostro, pero ella siguió caminando. Cada pisada sobre el mármol de la entrada resonaba como un recordatorio de que ya no era una prisionera indefensa: había sobrevivido a peores jaulas.

El vestíbulo la recibió con un silencio denso. Era un espacio tan vasto que su voz podría haberse perdido allí sin eco. Las paredes estaban cubiertas de cuadros antiguos, algunos tan oscuros que apenas se distinguían las figuras. Un enorme candelabro de cristal colgaba sobre sus cabezas, reflejando destellos dorados sobre el suelo pulido. Había flores frescas en jarrones de porcelana y una fragancia leve a madera lustrada. Todo era perfecto… demasiado perfecto.

Camila pensó que aquella casa era como su dueño: impecable por fuera, peligrosa por dentro.

Adrian se detuvo en medio del salón, con las manos en los bolsillos.

—Aquí vivirás hasta que terminemos lo que empezó —dijo sin mirarla—. Puedes caminar por toda la casa… menos por el ala izquierda. Ese lugar está prohibido.

Camila arqueó una ceja.

—¿Y por qué? —preguntó con calma.

Él giró apenas la cabeza, con una media sonrisa que no alcanzó los ojos.

—Porque hay cosas que no te incumben. Cosas que podrían destruirte si las tocas. No vuelvas a preguntar.

Camila sostuvo su mirada sin apartarse. Luego soltó una breve risa, sin humor.

—No se preocupe —respondió, con voz serena—. No me interesa descubrir sus secretos. Ya tengo suficientes con los míos.

Por primera vez, algo cambió en el rostro de Adrián. Una sombra de sorpresa, apenas perceptible, cruzó su expresión. No estaba acostumbrado a que nadie le respondiera así.

—Eres más insolente de lo que imaginé —murmuró.

—No —replicó ella con suavidad—. Solo aprendí que el miedo no sirve para sobrevivir.

El silencio que siguió fue pesado. Por un instante, pareció que él iba a decir algo más, pero simplemente giró sobre sus talones.

—Desde mañana comenzarás a trabajar en tu nueva identidad —dijo mientras caminaba hacia el escritorio del salón—. Tendrás que parecer alguien digna de ser contratada por Damian De La Torre. Cambiarás tu cabello, tu forma de hablar, tu postura. —Se volvió a mirarla de arriba abajo—. Aún tienes ese aire de culpa que delata a los débiles. No te servirá.

Camila apretó los labios.

—Entonces dejaré de parecerlo.

—No es tan fácil borrar lo que fuiste.

Ella dio un paso hacia él.

—Créame, señor Monte Santo—susurró—. Los débiles no sobreviven cinco años en una celda.

La mirada de Adrián se endureció. La tensión entre ambos era casi tangible, un campo de fuerza que ninguno de los dos quiso romper primero. Finalmente, él tomó una carpeta negra del escritorio y se la tendió.

—Este será tu nuevo nombre, tu nuevo pasado. Léelo. Apréndelo. Desde hoy eres Elena Vargas, especialista en diseño corporativo. Es la fachada que te abrirá las puertas de De La Torre Enterprises.

Camila tomó la carpeta sin vacilar. La sostuvo con firmeza, sin apartar la mirada de él.

—Entendido.

Adrián se inclinó apenas hacia ella, lo suficiente para que su voz se volviera una amenaza susurrada.

—Camila, recuérdalo: la venganza no es justicia. Es arte.

Ella lo miró de frente, sin una sombra de miedo.

—Entonces prepárese, porque yo no pienso ser su obra maestra.

Adrián no respondió. La observó unos segundos más antes de alejarse hacia el pasillo oscuro que conducía al ala prohibida. Su figura desapareció lentamente entre las sombras, y por primera vez, Camila sintió que había logrado algo que pocos conseguían: desarmarlo, aunque fuera por un instante.

Cuando llegó la noche, Camila no podía dormir.

La habitación era demasiado silenciosa, demasiado pulcra, tan distinta al frío de la celda… y sin embargo, igual de asfixiante.

Cada respiración se escuchaba demasiado fuerte, cada crujido del piso le recordaba que, aunque ya no había barrotes, seguía atrapada.

Se levantó, caminó hasta la ventana y apartó la cortina. La noche cubría la mansión con un velo espeso de niebla. En el jardín, las sombras de los árboles parecían inclinarse sobre los muros como si observaran algo que ella no podía ver.

Iba a regresar a la cama cuando un grito desgarró el silencio.

Era una voz de mujer, desesperada, rota.

Camila se quedó inmóvil, con el corazón golpeándole el pecho.

El sonido provenía del ala izquierda de la mansión, el mismo lugar que Adrián Monte Santo le había prohibido pisar.

Un segundo grito la hizo estremecerse, seguido del ruido de algo que caía, un golpe seco contra el suelo. Luego… nada.

Solo el viento rozando los cristales.

Se acercó de nuevo a la ventana y forzó la vista hacia la oscuridad. Desde allí podía distinguir un ventanal encendido en la parte más alejada de la casa. La luz parpadeaba, como si alguien caminara frente a ella.

Camila frunció el ceño.

¿Había alguien más viviendo allí?

¿O era parte del siniestro secreto que Monte Santo se negaba a contarle?

El silencio volvió a romperse, no con gritos, sino con el sonido de una puerta abriéndose.

Camila contuvo el aliento y se inclinó apenas, lo suficiente para ver.

Desde el ala izquierda, una figura surgió del umbral iluminado.

Adrián.

Avanzaba con paso firme, impecable, con la camisa blanca arremangada y el rostro tenso.

En sus manos llevaba una bandeja metálica. Encima, una jeringa y un frasco pequeño, que reflejó un destello de luz antes de desaparecer bajo la sombra del pasillo.

Camila sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

No apartó la mirada. No podía.

El miedo quería hacerla retroceder, pero su curiosidad era más fuerte.

Adrián caminó unos metros y se detuvo. Miró hacia la ventana del pasillo, hacia la oscuridad exterior.

Por un instante, pareció oler el peligro, como si supiera que alguien lo observaba.

Camila retrocedió un paso, el corazón a punto de estallar.

Pero antes de apartarse por completo, lo vio girar lentamente el rostro.

Sus ojos —fríos, penetrantes— se dirigieron hacia su ventana.

Camila sintió que la sangre se le helaba.

No sabía si la había visto… pero el modo en que su mirada se detuvo justo allí, la convenció de que sí.

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