Capítulo 4 El precio del control

La mañana amaneció fría, y el aire en la mansión tenía ese silencio pesado que antecede a la tensión.

Camila apenas había dormido. Las imágenes de la noche anterior seguían repitiéndose en su cabeza: los gritos, el ruido, y Adrián saliendo con aquella bandeja, la jeringa y el frasco pequeño.

Pero no podía permitirse el lujo del miedo.

No frente a él.

Cuando el reloj marcaba las ocho, la puerta se abrió de golpe.

Camila se giró con brusquedad. Adrián Monte Santo sin tocar, como si aquel lugar también le perteneciera.

Ella se exaltó, pero no retrocedió ni un paso.

Él lo notó y sonrió apenas, con esa mezcla de ironía y soberbia que lo caracterizaba.

—¿Asustada, Camila? —dijo con voz baja, casi burlona—. Pensé que decías no temerle a nada.

—No me asustó usted —replicó ella, firme—. Me sobresaltó su falta de modales.

Adrián avanzó con lentitud, rodeándola, estudiándola.

—Te ves nerviosa. Los débiles parpadean demasiado.

—Debe estar acostumbrado a verlos seguido —respondió ella con sarcasmo.

Él arqueó una ceja.

—Si viste algo anoche, más te vale olvidarlo.

Camila sostuvo su mirada sin un solo titubeo.

—No tengo tiempo para fantasmas —dijo con calma—. Ni vivos ni muertos.

Por un instante, el silencio los envolvió. Solo se oía el leve zumbido del reloj.

Adrián ladeó la cabeza, intrigado.

—Bien. Veo que no perdiste la lengua en prisión.

—Ni el orgullo —respondió ella.

Una chispa de molestia brilló en sus ojos, pero la contuvo.

—Hoy empieza tu verdadero trabajo —anunció con tono seco—. Si vas a infiltrarte entre mis enemigos, tienes que aprender a controlar cada parte de ti. Tu cuerpo, tu voz, tu mirada.

—¿Controlar? —repitió ella, cruzándose de brazos—. Creí que eso ya lo había hecho la cárcel por mí.

—La seducción no se aprende tras las rejas —dijo él, dando un paso hacia ella—. Y vas a necesitarla.

Camila sintió que la sangre le hervía.

—¿Perdón? —su voz salió cortante.

—Lo que oíste. —Adrián la miró de arriba abajo, sin disimular—. Estuviste cinco años encerrada con hombres y mujeres que no se parecen en nada a la gente con la que vas a tratar. No sabes cómo moverte, cómo hablar, cómo mirar. Pareces un macho. Y eso, en el mundo de Damián De La Torre, no sirve.

Camila apretó los puños. La rabia le subió por el pecho como fuego líquido.

—¿Un macho? —repitió, dando un paso hacia él—. ¿Eso soy para usted?

—Eso pareces —respondió él, impasible—. Dura. Rígida. Como si fueras a golpear a alguien en cualquier momento.

Ella soltó una risa seca, sin humor.

—Y usted es un experto en mujeres, ¿verdad?

—Soy experto en control —dijo él, acercándose más—. Y tú no tienes ninguno.

Camila lo miró a los ojos. Algo dentro de ella se rompió. O se encendió. Ya no sabía.

—Entonces enséñeme.

Las palabras salieron de su boca antes de que pudiera detenerlas. Y una vez dichas, no había vuelta atrás.

Adrián arqueó una ceja, sorprendido. Pero no retrocedió.

—¿Estás segura?

—No —admitió ella—. Pero no tengo nada que perder.

Él la estudió unos segundos. Luego, con una calma que dolía, dijo:

—Camina hacia mí. Como si quisieras algo de mí. Como si te murieras por tocarme.

Camila obedeció. Pero sus movimientos seguían siendo tensos, duros.

—No —cortó él—. Así no. Otra vez.

Ella respiró hondo. Cerró los ojos un instante. Y cuando los abrió, algo había cambiado.

Caminó hacia él con una lentitud deliberada. Sus caderas se movían con un ritmo nuevo, animal. Sus ojos no se apartaban de los de él. Cuando estuvo a un paso, se detuvo.

—¿Así? —preguntó, con la voz más ronca.

Adrián no respondió. Pero su mandíbula se tensó.

Camila dio otro paso. Ahora estaban tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo. Levantó una mano y la apoyó en su pecho. Sintió el latido bajo la tela. Rápido. Más rápido de lo que él quería admitir.

—¿Ve? —susurró—. No soy tan mala.

Deslizó la mano hacia arriba, hasta su cuello. Luego hasta su mandíbula. Y entonces, sin aviso, se inclinó hacia su oído.

Adrián contuvo la respiración.

Camila rozó su lóbulo con los labios. Primero suave. Luego, con los dientes, lo mordió.

No fuerte. Lo justo. Lo suficiente para que él sintiera un escalofrío que le recorrió la espalda entera.

Adrián soltó el aire de golpe. Sus manos se cerraron sobre los brazos de ella, apretando.

—Camila… —su voz salió ronca, rota.

Ella sonrió contra su piel.

—¿Qué pasa, señor Monte Santo? —susurró—. ¿No era que yo parecía un macho?

Adrián la apartó de golpe, pero no la soltó. La sostuvo frente a él, con los dedos clavados en sus brazos. Su respiración era pesada. Sus ojos, oscuros.

—No juegues conmigo —gruñó.

—No estoy jugando —respondió ella, mirándolo directo a los ojos—. Usted fue el que dijo que necesitaba aprender a seducir. Estoy aprendiendo.

Adrián la miró en silencio. Había algo en sus ojos que ella no había visto antes. Algo peligroso. Algo hambriento.

—No sabes lo que estás provocando —dijo él, con la voz baja y tensa.

—Entonces muéstreme.

El aire entre ellos se volvió espeso. Adrián bajó la mirada hasta sus labios. Un segundo. Dos. Parecía debatirse entre lo que quería y lo que debía.

Finalmente, la soltó. Dio un paso atrás. Se pasó una mano por el cabello, despeinándolo.

—Vete —dijo, con la voz ronca—. Ahora.

Camila no se movió.

—¿Tiene miedo de mí, señor Monte Santo?

Adrián la miró con una intensidad que dolía.

—Tengo miedo de lo que puedo hacerte —respondió—. Y de lo que puedo hacer contigo.

Ella sintió un escalofrío. Pero no retrocedió.

—Entonces deje de tratarme como una soldado —dijo—. Y empiece a tratarme como lo que soy.

Adrián no respondió. Solo la miró. Y en esa mirada había más verdad que en todo lo que le había dicho desde que la sacó de la cárcel.

Camila salió de la habitación con el corazón latiéndole en la garganta. Pero no huyó. Caminó con la cabeza alta.

Adrián se quedó inmóvil en el centro de la habitación.

La puerta se cerró. El silencio volvió. Y con él, la verdad.

Su respiración seguía agitada. Los puños, apretados. La mandíbula, tan tensa que dolía.

Se llevó una mano a la oreja. El lugar exacto donde ella lo había mordido. Todavía ardía.

—Maldita seas —murmuró, con la voz quebrada.

Cerró los ojos. Intentó respirar. No pudo.

La imagen de Camila se repetía en su mente: su mano en su pecho, sus labios en su oído, sus dientes en su piel.

Golpeó el escritorio con el puño. Una vez. Dos.

No era rabia. Era otra cosa. Algo que no quería nombrar. Algo que llevaba años sin sentir.

Se dejó caer en la silla. Se pasó las manos por la cara.

—No —dijo en voz alta, como si pudiera convencerse—. No voy a caer en su juego.

Pero sabía que ya había caído.

Y lo peor era que ella no lo sabía.

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