Capítulo 5 Calor en la oscuridad
Camila no podía dormir.
El eco de los gritos seguía golpeando su mente, aunque sabía que esta vez no provenían del ala izquierda de la mansión, sino de su memoria.
Respiró hondo y decidió bajar por un poco de leche, tal vez eso la ayudaría a calmarse.
El pasillo estaba oscuro, y solo la luz tenue del refrigerador iluminó su rostro cuando abrió la puerta.
Entonces lo vio.
Adrián estaba allí, de pie frente al fregadero, con el torso desnudo y un vaso de cristal en la mano. No la había escuchado entrar.
Ella dio un paso, y el ruido la delató.
Cuando la vio aparecer en la puerta, vestida con una pijama ligera y el cabello suelto cayendo sobre los hombros, su cuerpo reaccionó antes que su mente.
El vaso se le escapó de las manos y se hizo trizas en el suelo.
El sonido del cristal rompiéndose resonó en la cocina como un disparo.
Camila se detuvo, observándolo con una media sonrisa.
—Parece que el nervioso esta noche es otro—dijo con voz baja, casi burlona.
Adrián la fulminó con la mirada, intentando recuperar la compostura.
—Estaba distraído —gruñó, inclinándose para recoger los trozos.
—Sí, claro —susurró ella, acercándose un poco.
Uno de los fragmentos le cortó la palma. Adrián frunció el ceño, pero no se quejó.
Camila vio la sangre y, sin pensarlo, fue hasta el botiquín que había sobre una repisa.
—Deme la mano —ordenó.
—No es nada —respondió él, intentando apartarse.
Pero ella no cedió. Le sostuvo la muñeca con firmeza, obligándolo a quedarse quieto.
—Déjese de orgullo, o va a terminar infectado.
El silencio se hizo pesado mientras ella limpiaba la herida.
Adrián la observaba de reojo, tratando de disimular el modo en que esa cercanía lo desarmaba.
La tela de su pijama se tensaba en cada movimiento, el escote dejaba entrever su piel cálida bajo la luz tenue, y su cabello suelto caía como una sombra perfumada sobre su hombro.
Sintió un calor extraño subirle por el pecho.
Camila, por su parte, notó su respiración contenida. Por primera vez, lo miró de cerca, realmente de cerca. Su torso desnudo, marcado y firme, brillaba con un leve sudor.
El pulso le tembló un instante, pero no apartó la mirada.
—Listo —dijo al fin, sin soltarle la mano.
—Gracias —respondió él, con la voz más áspera de lo habitual.
Por un momento ninguno habló.
Solo se miraron, atrapados en una tensión que ninguno de los dos quería reconocer.
Camila fue la primera en romper el silencio.
—Trate de no volver a romper nada, señor Monte Santo No todos los vidrios se pueden reparar.
Adrián la observó, sin saber si responder o marcharse.
Finalmente, solo se dio media vuelta y salió de la cocina sin decir palabra.
Camila quedó allí, con la respiración entrecortada y el corazón latiendo más rápido de lo que quería admitir.
Apretó los labios.
No podía permitirse sentir nada. No por él.
Y sin embargo…
su piel aún ardía donde sus dedos la habían rozado.
La mañana llegó demasiado pronto.
Camila apenas había dormido unas horas, pero cuando salió de su habitación, Adrián ya la esperaba en el pasillo, impecable, con una taza de café en una mano y su teléfono en la otra.
—Te ves agotada —dijo sin mirarla, mientras revisaba algo en la pantalla—. ¿Noche difícil?
—Nada que usted no haya causado —respondió ella con calma.
Él levantó la vista, una chispa divertida en su mirada.
—Hoy no habrá tiempo para ironías, Camila. Tenemos que salir.
—¿Salir?
—Necesitas ropa. No puedes infiltrarte en una empresa vestida como si aún estuvieras en prisión. —Su tono fue seco, casi autoritario—. Y mañana empezamos con tu plan.
Camila arqueó una ceja.
—¿Mi plan o el suyo?
Adrián sonrió, pero sus ojos seguían fríos.
—Ambos sabemos la respuesta.
El trayecto en el auto fue silencioso, cargado de tensión. Camila miraba por la ventana los edificios pasar, intentando ignorar la sensación de estar siendo observada incluso en los semáforos. Adrián conducía con la misma precisión con la que daba órdenes: firme, decidido, sin espacio para errores.
Cuando llegaron a la boutique, la encargada corrió a recibirlos.
Adrián apenas asintió y dijo:
—Todo lo que ella necesite. Que se vea elegante… pero llamativa.
Camila lo fulminó con la mirada.
—No soy una muñeca para su exhibición.
—No —replicó él con una calma peligrosa—. Pero en ese mundo, el poder también se mide con la mirada de los demás. Aprende a usarla.
Los probadores eran amplios y elegantes. Camila se midió el primer vestido: negro, ceñido, de tela suave que delineaba cada curva.
Al salir, Adrián la observó en silencio, sin pestañear.
—Demasiado sobrio —dijo al fin, con voz grave—. Prueba el rojo.
Ella se cruzó de brazos.
—¿Quiere que parezca que voy a seducir a alguien o a trabajar?
—Ambas —respondió sin inmutarse.
Camila entró de nuevo al probador con una mezcla de rabia y orgullo.
Sabía que la estaba desafiando, y también que él no lo admitiría.
El siguiente vestido era rojo sangre. Ajustado. Con un escote sutil, pero peligroso.
Cuando salió, Adrián bajó el teléfono lentamente, sin poder apartar la vista.
El aire pareció volverse más pesado.
—¿Y bien? —preguntó ella, con un brillo insolente en los ojos.
Él tragó saliva antes de responder.
—Funciona.
—¿Funciona para el plan o para usted? —disparó, divertida.
Adrián entrecerró los ojos, pero su voz apenas fue un murmullo.
—No te confundas, Camila. No eres mi tipo.
—Menos mal —dijo ella, volviendo al probador con una sonrisa que lo dejó descolocado.
Durante la siguiente hora, Adrián se mantuvo impasible, pero su mente no lo obedecía.
Cada vez que ella salía con un nuevo conjunto, era como si el control que tanto presumía se resquebrajara un poco más.
El perfume de su piel, su forma de caminar, la seguridad que desprendía... nada en ella coincidía con la prisionera que había sacado de aquel lugar.
Y eso lo irritaba.
Cuando al fin salieron de la tienda, cargados de bolsas, Camila iba delante de él, con la cabeza en alto y la mirada fija al frente.
Adrián la observó un instante y murmuró para sí:
—Contrólate, Monte Santo. Esto no es parte del plan.
Pero sabía que ya era demasiado tarde.
Porque cada paso que ella daba, era una provocación.
Y cada mirada que él intentaba evitar, lo hundía más en el mismo juego que había creado para destruirla.
