Capítulo 6 La máscara de Elena Vargas

Eran las 5:30 de la mañana. Camila había pasado la noche entera mirando el techo, con el estómago hecho un nudo y el corazón acelerado. Recién a las cuatro de la madrugada, agotada por la ansiedad y el miedo, sus párpados cedieron y logró conciliar un sueño profundo y pesado.

No pasó ni una hora y media cuando la puerta de su habitación se abrió de golpe, chocando contra la pared con un estruendo que la hizo saltar de la cama.

—¡Arriba! —ordenó la voz ronca y autoritaria de Adrián.

Camila parpadeó, desorientada, con el corazón latiéndole a mil por hora. Él estaba en el umbral, con el traje ya puesto a esa hora, la corbata perfectamente ajustada y una expresión de impaciencia letal en el rostro. No tocó la puerta, no pidió permiso. Solo entró como un huracán, pisando fuerte, invadiendo su espacio.

—¿Qué carajos te pasa? —gruñó ella, frotándose los ojos, con el cabello largo y suelto hecho un desastre sobre los hombros—. ¡No has tocado la puerta!

—No tengo tiempo para modales —contestó él, avanzando hacia ella con paso firme—. Se supone que deberías estar lista desde hace media hora. Levántate.

Camila se levantó de un salto, sintiendo la adrenalina correr por sus venas. La cercanía de él, su actitud déspota, su forma de mirarla como si fuera de su propiedad, le hervía la sangre.

—¿Lista para qué? Ni siquiera me has dicho qué voy a hacer hoy.

Adrián la tomó del brazo con firmeza, obligándola a caminar hacia la puerta del pasillo.

—Hay un estilista esperándote abajo. Tienes que estar en la oficina antes de las 8:00. No hay tiempo que perder.

La arrastró hasta la sala principal. En medio del salón, un hombre con un maletín de herramientas y un espejo de tocador la esperaba. Adrián la soltó, pero se quedó de pie junto a la silla, con los brazos cruzados y una mirada que no admitía réplica.

Camila se sentó, todavía furiosa. Se miró en el espejo. Vio su rostro de rasgos finos, su cuerpo que ya no era el de aquella mujer menuda y frágil que había entrado a la cárcel hace cinco años, sino el de una mujer de curvas marcadas y hombros fuertes. Y vio su melena larga, oscura, cayendo hasta la cintura.

—Quiero que lo tiñas de rojo —dijo Adrián de repente, rompiendo el silencio.

Camila se giró en la silla, con los ojos encendidos.

—¿Estás loco? —escupió, poniéndose de pie—. No me voy a tinturar. Odio teñirme, lo he odiado toda mi vida. No pienso hacerlo.

Adrián dio un paso hacia ella, acortando la distancia hasta que sus rostros quedaron a centímetros. Su presencia era abrumadora. Olía a madera y a autoridad.

—No es una sugerencia, Camila. Es una orden —dijo, con una voz tan baja y peligrosa que le erizó la piel—. ¿O prefieres que deje que te descubran? ¿Que todos en esa empresa vean que detrás de esa cara bonita sigue estando la Camila Hurtado a la que hundieron? ¿La que pisotearon? ¿La que humillaron en los periódicos?

Camila apretó los puños. Cada palabra era como una bofetada en su orgullo. La rabia le nublaba la vista, pero sabía que él tenía razón.

—Bien —gruñó ella, con la voz quebrada por la furia, sentándose de nuevo—. Pero hazlo rápido.

El estilista trabajó durante dos horas mientras Adrián vigilaba cada movimiento desde un rincón de la sala, sin apartar los ojos de ella ni un segundo. Cuando el hombre terminó, Camila se miró en el espejo.

Su melena ahora era de un rojo caoba intenso, brillante y salvaje. El color contrastaba con la palidez de su piel y hacía que sus ojos parecieran dos ascuas. El cabello le caía sobre los hombros, resaltando la fuerza de su cuello y la curva de su pecho.

Adrián se acercó por detrás de ella, mirándola a través del espejo. Su expresión era dura, pero en sus ojos había un destello de posesividad pura.

—Ahora sí —murmuró, con una voz espesa—, pareces Elena Vargas.

Camila se levantó de golpe, sin darle tiempo a más. Tomó su bolso y caminó hacia su habitación para alistarse. No iba a darle el gusto de verla temblar.

Elena Vargas llegó a De La Torre Enterprises a las 7:45 AM.

El ascensor se abrió en el piso 25. Camila cruzó las puertas de cristal y, en cuanto puso un pie en la recepción del departamento de diseño, el murmullo de la oficina se apagó.

El silencio fue absoluto.

Todas las miradas se giraron hacia ella. El vestido de tubo negro abrazaba su cuerpo escultural, y su cabellera roja caía como una cascada de fuego sobre sus hombros. Caminó con la frente en alto, sintiendo el peso de las miradas, pero sin importarle. Soy Elena Vargas, se repitió. No le temo a nada.

Fue entonces cuando la vio.

Frente a la mesa de juntas, con una tableta en la mano y un traje color marfil, estaba Jimena Arcos. Su ex mejor amiga. La traidora.

Jimena levantó la vista. Y se quedó petrificada. La tableta tembló en sus manos. Se quedó mirándola, con los ojos abiertos de par en par, como si estuviera viendo un fantasma.

—Tú... —balbuceó Jimena, dando un paso atrás—. Tú...

Camila se detuvo frente a ella. La rabia la quemaba por dentro, pero mantuvo la máscara. Alzó una ceja, con una altivez que no tenía nada que envidiarle a la de Jimena.

—Tú.. tú —repitió Camila, con una voz fría y cortante—. ¿Acaso me conoces? ¿O es que es la única palabra que sabes decir?

Jimena parpadeó, intentando recomponerse. Se aclaró la garganta.

—Yo... —empezó, pero se detuvo. Su mirada recorrió el pelo rojo, el cuerpo fuerte, la postura desafiante. No parecía la Camila menuda y asustada que recordaba. Pero había algo en sus ojos... algo familiar—. ¿Cómo te llamas?

—Elena Vargas —respondió Camila, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Hoy es mi primer día de trabajo.

Jimena se quedó unos segundos en silencio, como si estuviera procesando la información. Luego, una sonrisa falsa se dibujó en sus labios.

—Ah, tú eres la famosa Elena —dijo, con un tono condescendiente—. La diseñadora que tanto recomiendan. Bueno, vamos a ver si es verdad.

Jimena extendió la mano hacia ella, con una cortesía que era puro veneno.

—Soy Jimena Arcos, la jefa de diseño. Un gusto.

Camila miró la mano extendida. No la tomó. Dejó que el silencio se alargara, que Jimena sintiera el peso de su desprecio. La sonrisa de Jimena empezó a tambalearse.

—Mucho gusto —dijo finalmente Camila, sin tocar su mano—. ¿Me enseñas mi puesto de trabajo? Tengo mucho que hacer.

Se dio media vuelta y caminó hacia su escritorio, dejando a Jimena con la mano estirada en el aire y la boca abierta.

Toda la oficina se quedó en silencio. Todos los empleados miraban la escena, expectantes. Camila no se detuvo, ni siquiera volteó.

Jimena, todavía con la mano en el aire, sintió cómo el calor de la humillación le subía por el cuello hasta la cara. Bajó el brazo lentamente, apretando los puños con fuerza y clavándose las uñas en las palmas. Su sonrisa falsa desapareció por completo.

¿Quién se cree que es? —pensó, sintiendo que la rabia le hervía en la sangre—. Nadie me deja con la mano estirada. Nadie.

Mientras Camila se alejaba con la cabeza en alto, Jimena apretó la mandíbula y murmuró para sí misma, con un veneno que escocía:

—Esto no se va a quedar así. Me la vas a pagar, Elena. Espérate y verás.

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