Capítulo 7 Llegando como la reina

Jimena caminó hacia el fondo de la oficina sin mirar atrás, esperando que Camila la siguiera. Se detuvo frente a un escritorio metálico y ruidoso, perdido entre la fotocopiadora y el área de los diseñadores junior. Estaba lejos de los ventanales y de las oficinas de cristal.

—Este será tu puesto —dijo Jimena, con una voz neutra, sin siquiera voltear a verla—. Aquí trabajan los que recién empiezan.

Camila miró la silla que cojeaba y la computadora antigua. No dijo nada. No le iba a dar el gusto de verla quejarse. Se sentó, encendió la pantalla y empezó a revisar los archivos del proyecto que tenía asignado. Jimena, al ver que no obtenía ninguna reacción, apretó los labios y se marchó con sus tacones resonando por todo el pasillo.

Una hora después, una asistente pasó por los escritorios.

—Los directores de diseño y los altos mandos, a la sala de juntas. Ahora.

Camila se levantó, se alisó la falda y caminó detrás de Jimena y los otros dos diseñadores seniors. Su estómago estaba hecho un nudo. Al abrir las puertas de la sala de juntas, el aire se le atascó en los pulmones.

La sala era imponente, con una mesa de mármol negro. En la cabecera, con el ceño fruncido y una taza de café en la mano, estaba Damián De La Torre. El hombre que la hundió. El hombre que pagó una fianza imposible para que se pudriera en la cárcel. Verlo ahí, en persona, respirando el mismo aire que ella, hizo que le hirviera la sangre. Tuvo que clavar las uñas en la palma de su mano para no saltarle al cuello.

Pero cuando sus ojos se desviaron hacia la derecha, el mundo se detuvo.

Ahí estaba Ernesto. Su ex prometido. El hombre que iba en el asiento de atrás del auto la noche del accidente. El hombre que se quedó callado mientras la esposaban. Estaba sentado junto a Damián, con su traje gris perfecto y su cara de niño bueno, hojeando unos papeles como si nada.

Camila se quedó paralizada.

Ernesto levantó la vista por casualidad. Sus ojos se encontraron con los de ella. El bolígrafo se le resbaló de los dedos y cayó sobre la mesa con un golpe seco. Se quedó pálido, con los ojos abiertos de par en par, como si hubiera visto un fantasma. ¿Esa es Camila? —pensó, con el corazón deteniéndose—. No, es imposible. No puede ser.

Sus ojos recorrieron el cuerpo de Camila. No era la mujer menuda y de pelo corto que él recordaba. Esta era una mujer alta, de curvas peligrosas, con una melena roja que le caía hasta la cintura. Era hermosa. Era intimidante. Y aunque sus rasgos eran los mismos, la fuerza en su mirada era completamente nueva. Ernesto parpadeó, tragó saliva y bajó la vista, intentando calmarse. No es ella, se repitió. Solo se parece.

Camila desvió la mirada, sintiendo que la rabia le subía por el pecho. Se sentó en el extremo más alejado de la mesa, al lado de Jimena, que ocupaba el puesto de jefa de diseño.

—Bien —dijo Damián, con su voz profunda y autoritaria—. Empecemos. Jimena, muéstranos el proyecto.

Jimena se levantó, segura de sí misma, y proyectó el diseño en la pantalla. Era un proyecto de diseño de interiores para unos clientes chilenos. Había renders de salas de estar, de oficinas, de espacios comunes.

—Hemos trabajado en este concepto durante meses —empezó Jimena, con una sonrisa—. Es un diseño moderno, minimalista, con toques de lujo…

—Esto es una porquería —la interrumpió Damián.

Su voz no fue un grito, fue un susurro ronco, letal, que heló el aire de la sala de inmediato. El silencio fue absoluto. Todos los presentes contuvieron la respiración, como si un solo movimiento pudiera desatar su furia.

Jimena se quedó congelada, con la boca abierta y la sonrisa a medio formar. El color se le drenó del rostro.

—¿P-perdón? —balbuceó, con la voz quebrándosele por el pánico.

Damián se levantó de su silla con una lentitud aterradora. Apoyó ambas manos sobre la mesa de mármol, inclinándose hacia adelante. Sus ojos oscuros eran dos pozos de hielo, cargados de una rabia fría y despiadada.

— Llevan meses trabajando en esto y este es el resultado. No entiendo cómo podemos tener a los mejores diseñadores del país y que me traigan esto. Los chilenos no van a comprar esta basura. Se van a reír en nuestra cara.

Jimena palideció. Los demás directores agacharon la cabeza. Ernesto se removió incómodo en su silla. Nadie se atrevía a decir nada.

Camila respiró hondo. Miró la pantalla. Vio los colores fríos, los espacios vacíos, la falta de vida. Vio los errores.

Se puso de pie.

—Yo creo que se puede mejorar —dijo, con una voz firme y clara.

Todas las cabezas se giraron hacia ella. Damián la miró con el ceño fruncido. Jimena la fulminó con la mirada.

—¿Y tú quién eres? —preguntó Damián, con un tono cortante.

—Elena Vargas —respondió ella, sin titubear—. La nueva diseñadora corporativa.

Damián la estudió unos segundos. Algo en su mirada cambió, pero no fue de interés, sino de molestia.

—Bien, Elena —dijo con un tono seco y despectivo, recostándose en su silla y haciendo un gesto con la mano como si espantara una mosca—. Cállate y siéntate. No tengo tiempo para que una simple diseñadora se crea mejor que la jefa de diseño.

El silencio en la sala fue sepulcral. Todos los directivos agacharon la cabeza, aterrados de que alguien osara contradecir al CEO. Jimena, que aún temblaba por la humillación anterior, levantó la barbilla con un destello de satisfacción malévola. Ernesto miraba la escena con el ceño fruncido, claramente incómodo.

Pero Camila no se sentó.

No apartó la mirada de él. Al contrario, se irguió aún más, con una seguridad que no pedía permiso. Se giró hacia la pantalla, ignorando la orden, y señaló el diseño con el dedo.

—El problema no es que sea feo —dijo, con una voz tan firme y helada que cortó el aire de la sala—. El problema es que no tiene alma. Están diseñando para los chilenos como si fueran europeos. Pero hay que pensar: ¿cómo viven los chilenos? ¿Qué comen? ¿Cómo se reúnen? En Chile, las familias son grandes, les gusta compartir. Necesitan espacios abiertos, cálidos, con colores tierra.

Hizo una pausa, recorriendo con la mirada a todos los presentes antes de volver a clavársela a Damián.

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