Capítulo 2 Eso que nunca fue mío
Capítulo 1
Había aprendido a observarlo sin ser vista por los demás y había aprendido a memorizar los gestos pequeños que otros ignoraban de su rostro. Hasta había memorizado la forma en que se pasaba la mano por la nuca cuando algo lo incomodaba o el modo en que entrecerraba los ojos cuando estaba a punto de mentir, o también cómo sonreía con la comisura derecha de su labio, ya que era como si su boca dudara antes de entregarse al gesto completo.
Thiago León no era solo el mejor amigo de mi hermano de toda la vida. Él era una fuerza gravitacional y hasta tenía esa presencia brutal que no necesita hacer mucho ruido para ser sentida. A su favor no hablaba más de lo necesario, pero cuando lo hacía, todos los escuchaban. No porque alzara la voz para llamar la atención… sino porque al callar, lo decía todo con esos ojos grises casi eléctricos que tenía.
Yo lo amaba desde los quince años, tal vez menos, pero sé que no fue un flechazo adolescente como seguramente piensan. En realidad fue algo más oscuro, más profundo y arrollador. Una construcción lenta y obsesiva de sentimientos que se apilaban uno sobre otro, como un edificio sin cimientos que algún día, inevitablemente, se derrumbaría sobre mí.
Thiago siempre me veía como la hermanita pequeña de su mejor amigo. Como esa niña silenciosa que leía novelas románticas en las reuniones familiares y reía poco con tal de no ser vista. Él jamás me vio como mujer desde entonces, jamás como una opción y eso, precisamente eso, era lo que más dolía en todos los sentidos.
— ¿Otra vez estás perdida en tus mundos? — me susurró Alexia, mi mejor amiga, empujándome el hombro con complicidad.
Sacudí la cabeza con una sonrisa fingida al escucharla hablarme, ya que no podía confesarle que mi mundo tenía nombre y estaba justo por entrar por esa puerta en cuestión de segundos. Fue entonces que al pensarlo lo hizo y su presencia marcó la diferencia.
Thiago cruzó el umbral del salón de mi casa con la calma letal de quien no tiene prisa porque sabe que el tiempo se adapta a él en todo momento. El traje oscuro le abrazaba el cuerpo como una segunda piel, su cabello ligeramente despeinado le daba otro aire y la barba bien delineada era un delito hasta para él mismo. Tenía esa energía contenida que parecía prometer dos cosas en la vida, destrucción final… y placer. Sin embargo, al igual que otras veces, hoy no venía solo.
En esta ocasión una mujer diferente lo acompañaba. Alta, rubia, con curvas que gritaban sensual con un vestido rojo que parecía pintado sobre su piel. Ella sonreía con los labios pintados como cuchillas y tenía el porte de quien sabe que no compite con nadie, porque ya se lo ha ganado a él. Si yo estuviera en su lugar también haría lo mismo y me sentiría de la misma manera.
— Familia, buenas noches. Está noche quiero presentarles a Isabela — dijo él, con voz grave — Ella es mi novia, Isabela.
¿Mi novia? ¿Escuché mal? ¿Eso había dicho? Esa palabra me golpeó el pecho como una bala silenciosa y tuve que sostener la copa que tenía en mi mano con más fuerza para no delatar el temblor en mis dedos tras la noticia. Mis labios se estiraron en una sonrisa educada y delicada ante los demás, pero mis entrañas gritaban con desesperación ante lo sucedido porque ahora sí me dolía más que el alma.
Mi hermano como buen amigo le dio una palmada en la espalda ante la burla noticia de su noviazgo, mientras que otros. Otros, silbaron y rieron. Sin embargo, yo por mi parte… simplemente me deslicé hacia el rincón más oscuro del salón.como lo había hecho toda la vida. Invisible, observadora y rota.
Esta no era la primera vez que Thiago salía con alguien como ella, pero sí era la primera vez que la llamaba “mi novia” delante de todos incluyéndome a mí. Así que ahora el que lo hiciera le daba un panorama distinto a su vida y a lo que todos conocíamos sobre su persona.
En silencio me tragué las lágrimas que amenazaban con delatarme delante de todos los presentes y me bebí de un trago el contenido de la copa en mi mano. El vino ardió como lava en mi garganta o quizás era mi garganta la que ya estaba en llamas por querer gritar lo que sentía en ese preciso momento.
— ¿Estás bien, Sofía? —preguntó mi hermano Santiago, acercándose a mí con esa mirada que escaneaba mis emociones incluso antes de que yo misma las entendiera y asentí.
— Estoy bien, Santi. Solo estoy con un poco de dolor de cabeza esta noche, así que voy a recostarme un rato. Discúlpame con los demás si es necesario, pero ya no puedo seguir aquí.
— Está bien pequeña, ve y descansa. Si alguien pregunta yo te cubro — dijo con una sonrisa.
Una vez más mentí, y me escondí, pero lo había hecho por mi propio bien. Así que solo subí las escaleras y cerré la puerta de mi habitación sin hacer ruido alguno. Fue ahí que me dejé caer sobre la cama aún vestida, con los tacones aún puestos y el corazón ahora sí en carne viva. Entonces lloré, lloré con esa desesperación silenciosa de quien sabe que no tiene derecho a estar triste porque amar en silencio es eso; sufrir sin poder reclamar nada.
Tal vez si antes hubiese tenido el dolor de hablar sobre mis sentimientos, entonces Thiago quizás estaría conmigo. Sin embargo, él no era mío, nunca lo había sido y aun así, lo había amado con cada respiración durante los últimos años de mi vida hasta ahora.
...
Los días siguientes transcurrieron con la torpeza emocional de quien camina con un zapato roto. Intentaba concentrarme en mis estudios, en la rutina de sobrevivir y en los libros pendientes que tenía por leer. Sin embargo, todo era ruido de fondo para mí y mi cabeza, esa que seguía repitiendo esa escena una y otra vez. Thiago presentando a Isabela como su novia con su bella sonrisa y su mano puesta en la cintura de ella. Además, también estaba la forma en que no me miró en lo absoluto... como casi siempre, hasta que llegó la cena familiar de esta noche.
Ya había pasado dos semanas desde lo ocurrido y mi padre de la nada organizó una cena familiar con la excusa de celebrar un nuevo contrato millonario. Sin embargo, había algo más que me gritaba que algo pasaría. Tal vez era el hecho de que mi padre estaba ocultando algo y eso lo sé porque lo conozco perfectamente como la palma de mi mano.
Esa noche Thiago estaba allí. Sentado a la derecha de papá, sin Isabela para mi mayor sorpresa. Él estaba impecable como siempre, pero con un gesto en el rostro que no le había visto antes. Su rostro tenía una seriedad extrema, casi de tensión. Así que yo a toda costa evité su mirada con toda la fuerza de mi cuerpo y de mi alma, aunque en el fondo me hubiese gustado quedarme viendo sus hermosos ojos.
En medio de la noche mi padre alzó la copa, pero no brindó. Más bien carraspeó y dejó caer esa bomba con la naturalidad de quien habla del clima.
— Como todo saben, antes de morir, mi viejo amigo dejó a mi cuidado a su preciado y único hijo. Al cual he criado como un miembro más de mi familia. Thiago es el vivo ejemplo de su padre y como guardián de todo su dinero, hoy le informo que en dos meses al fin podrá disponer de todo a su antojo. Sin embargo, para heredar toda su fortuna y adquirir el cuarenta por ciento de las acciones de la compañía de su familia, tal como prometí a su padre… el deberá casarse con mi hija en un mes.
Silencio, eso fue lo que hubo tras esa noticia. El tipo de silencio que no se crea… se impone. La sangre se me fue a los pies en cuanto escuché eso y el aire dejó de entrar en mi sistema. Thiago solo se giró hacia mí lentamente y sus ojos, oscuros y afilados, me miraron por primera vez en años como si yo existiera realmente. Sin embargo, esa mirada no fue de deseo o de ternura. Más bien fue algo entre furia y traición que me atravesó el alma.
— ¿Esto es una broma verdad? — pregunto él con su voz baja y tensa — Dígame que lo que acaba de decir es una broma de mal gusto.
— No, no lo es — dijo papá seriamente — Esto es una cláusula clara que está estipulado en tu testamento y si quieres puedes comprobarlo por ti mismo. Yo nunca miento y eso deberías de saberlo al conocerme desde hace tanto tiempo.
Yo no podía hablar después de esa noticia. Esa más, no podía siquiera moverme y había olvidado hasta de como hablar. Solo sabía que tenía ganas de llorar, gritar o reír como histérica al mismo tiempo. No obstante, lo último que pude ver fue como Thiago se puso de pie rápidamente y dejó de mala gana la servilleta sobre la mesa
— Pues que lo sepa. A mí no me importa lo que diga ese maldito testamento. Yo tengo una novia y no la voy a dejar solo por esto para casarme con Sofía — dijo bastante molesto y salió sin mirar a nadie.
En cuanto Thiago salió por la puerta del comedor nadie habló, nadie me miró y yo solo me quedé allí, congelada. Preguntándome a mi misma si mi padre acababa de arruinar mi vida por completo o me había hecho un favor.
