Capítulo 5

POV de Arlene

Él siempre le creería a Serafina. Siempre.

Alcé a mi hija en brazos y me subí a un taxi, con los recuerdos de mi vida pasada irrumpiendo como una pesadilla—

En la universidad, Serafina le había susurrado a Caspian que yo era una especie de zorra, que me estaba metiendo con un montón de tipos.

—Caspian, me da cosa hablar mal de Arlene, pero… la vi entrar y salir de hoteles con distintos tipos.

—Seguro solo está celosa de mí. Desde que tú y yo estamos juntos, me trae entre ceja y ceja.

Y Caspian se lo tragó completito.

Ni siquiera me preguntó.

Nunca me dio la oportunidad de explicarlo.

Desde entonces, a sus ojos yo no era más que una cualquiera celosa y manipuladora.

¿Pero la verdad?

Esos “tipos” eran mis compañeros de trabajo de medio tiempo: estábamos haciendo inventario en ese “hotel”, que en realidad era una cadena de moteles baratos.

Serafina nos vio, lo retorció todo y le sirvió las mentiras a Caspian con drama extra.

Intenté aclararlo una vez, pero él me cortó.

—Arlene, ahórrate las excusas. Serafina no me mentiría.

En el mundo de Caspian, sus palabras eran sagradas. ¿Las mías? Pura basura desesperada.

En mi vida pasada, Serafina me acusó de matar a mi propia hija, y él también se lo creyó.

Me metió a la cárcel, dejando que el mundo entero me marcara como una “asesina de bebés”.

Mientras tanto, Serafina tuvo su final feliz: se casó con Caspian y vivió entre lujos.

Cayó la noche.

Terminé de darle de comer a mi niña y la arrullé hasta que se durmió.

Justo cuando pensé que por fin el día había terminado, empezó a toser sin parar.

Su carita se puso roja como un tomate, respiraba con bocanadas cortas y entrecortadas, y los labios se le empezaron a poner morados.

El pánico me golpeó de lleno.

Jadeaba desesperada, cada inhalación era una lucha.

Ni siquiera agarré una chamarra: solo la arropé y paré un taxi directo a urgencias.

—¡Doctor! ¡Doctor! ¡Mi bebé no puede respirar!

La enfermera de turno le echó un vistazo y gritó:

—¡Doctor Hale!

En la sala de urgencias, un hombre con bata blanca se acercó a paso rápido.

Me la quitó de los brazos, le hizo una revisión veloz y se puso a trabajar de inmediato con el equipo de reanimación.

En ese momento, mi teléfono vibró.

Era Caspian.

Dudé, pero contesté.

—¡Arlene! —su voz era pura rabia y veneno—. ¿Ya estás contenta? ¡Mataste a mi hijo con Serafina!

Miré hacia el área de reanimación, donde mi hija luchaba por tomar aire, y una risa fría me burbujeó por dentro.

—¿Tu hijo se muere y ahora sí te acuerdas de llamarme?

—¡Tienes un descaro enorme! —rugió—. ¡Maldita perra! ¿Por qué tu mocosa sí puede vivir y el mío se muere?

Me quedé helada un segundo y luego solté una carcajada.

—Caspian, ¿te estás escuchando?

En mi vida pasada, después de que nuestra hija murió, él y Serafina siguieron como si nada.

Hicieron una fiesta de compromiso fastuosa, se pasearon como si fueran la pareja perfecta, como si mi bebé jamás hubiera existido.

—Caspian Valcour —dije, lenta y deliberadamente—, no tienes remedio. Ya te lo dije: no envenené nada. Cree lo que quieras. No tengo tiempo para tus berrinches.

Colgué.

La puerta del área de reanimación se abrió de golpe.

—Tiene hipoplasia pulmonar congénita —me dijo el doctor—. ¿Usted lo sabía?

—¿Hipoplasia pulmonar?

—Sí. Puede estar relacionada con estrés durante el embarazo. —Me miró con preocupación, sin juicio en los ojos, solo amabilidad—. Va a necesitar tratamiento continuo y controles.

Me quedé ahí, aturdida.

Estrés durante el embarazo…

Todo regresó de golpe.

Durante esos meses, Caspian intensificó su aventura con Serafina. Se besaban frente a mí, como si yo fuera invisible.

Una vez, en pleno aguacero, Serafina llamó diciendo que había dejado algo en mi casa y que necesitaba que se lo llevara.

Fui hasta su puerta con mi enorme panza, enfrentándome a la lluvia para llevarle un paraguas.

Cuando llegué, ella y Caspian estaban adentro, en plena faena.

Entreabrió la puerta con una sonrisa burlona y dijo:

—Gracias, Arlene. No te vayas a resfriar ahí afuera bajo la lluvia.

—Lo siento… —las lágrimas me corrían por la cara—. Es mi culpa… yo le hice esto…

—No te culpes —dijo el doctor con suavidad—. Está chiquita; con tratamiento a tiempo, puede llevar una vida normal como cualquier otro niño.

Me limpié las lágrimas con fuerza y asentí.

Él sacó una tarjeta y me la extendió.

—Soy Cornelius Hale. Llámame cuando quieras si necesitas ayuda.

Tomé la tarjeta y la miré—

Espera.

¿Hale?

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