«Dante, estoy cerca...», jadeó contra mis labios.

—Yo... yo sí—admitió ella, con la voz entrecortada—. Pero me da miedo, Dante. ¿Y si nos estrellamos y nos quemamos?

—Entonces nos quemamos juntos—dije, con un tono feroz—. Prefiero eso a no tener nada. Ahora, recuéstate. Déjame hacerte sentir bien mientras conduzco.

Sus ojos se abrieron de par en ...

Inicia sesión y continúa leyendo