Capítulo tres: Nuevas direcciones

Las paredes blancas y estériles de la habitación del hospital se desdibujaban mientras Jonah salía tambaleándose, con la respiración entrecortada. El aire, cargado con el olor a desinfectante y miedo, se sentía como un peso físico en su pecho. Recordaba el dolor punzante cuando lo apuñalaron, la sangre manchando su camisa, y luego nada. Más tarde había despertado en el hospital, la herida de la puñalada había desaparecido, reemplazada por un vacío inquietante. Estaba seguro de que lo habían experimentado.

Su corazón latía con fuerza contra sus costillas mientras se tambaleaba hacia la bulliciosa calle de la ciudad. Cada sombra parecía albergar hostilidad y cada rostro un posible problema. Se sentía como un fugitivo, huyendo de algo que no podía explicar. No podía llevarse a sí mismo a ir a casa. ¿Y si lo estaban esperando allí? ¿Y si habían convertido su casa en una trampa?

El miedo lo devoraba. Tenía que desaparecer, volverse invisible. Se metió en un callejón menos concurrido, el olor acre de chatarra y descomposición asaltando sus sentidos. Su mente corría, tratando de dar sentido al caos dentro de él. Había sido un don nadie, un nada que había sido apuñalado por intentar defender a su enamorada.

Salió del callejón, su cuerpo empapado en un sudor frío. Era un fantasma perdido en una ciudad de fantasmas. Se sentó en el pavimento frío y húmedo con la espalda contra la pared rugosa y se abrazó las rodillas.

Allí, bajo el parpadeante resplandor de una luz de la calle, estaba sentado un hombre sin hogar, su rostro arrugado por la edad y la lluvia. Llevaba ropa andrajosa, el hedor a desesperación se aferraba a él como una segunda piel. Se acercó arrastrándose, sus ojos fijos en el rostro preocupado del joven.

—Pareces llevar el peso del mundo sobre tus hombros, chico —croó el hombre sin hogar, su voz ronca y su español entrecortado y peculiar—. No es bueno llevar el mundo, chico. Tienes que soltarlo —aconsejó.

Jonah no respondió. No podía. El peso de su miedo era demasiado pesado.

El hombre sin hogar continuó, su voz un murmullo bajo.

—La vida es como un río, chico. A veces fluye suave, a veces es turbulento. Pero siempre fluye. No puedes detenerlo. No puedes luchar contra él. Solo tienes que dejar que te lleve —dijo.

Se inclinó más cerca, sus ojos apacibles.

—Tienes que dejar ir, chico. Deja ir el pasado, deja ir el miedo. Deja que el río te lleve a un nuevo lugar.

Jonah sintió una oleada de ira. ¿Cómo se atrevía este hombre, que no tenía nada, a darle consejos? Ni siquiera podía hablar. En su lugar, empujó al hombre bruscamente, enviándolo contra la pared.

Su sangre se heló al ver un corte desgarrado en el brazo del hombre sin hogar. La tela de su manga estaba rasgada, y la sangre brotaba, manchando la ropa sucia de rojo. Era un corte profundo, un corte que debería haber sido agonizante. Pero el hombre simplemente lo miró con una tristeza cansada en sus ojos.

—Te duele —raspó el hombre, su voz ahora más débil—. Pero sanarás, chico. Sanarás —dijo.

Jonah sintió una oleada de culpa abrumarlo. Había estado tan abstraído con su propio miedo que no había considerado el dolor que le había infligido a este hombre. Se puso de pie, su corazón lleno de una pesada culpa.

—Lo siento —dijo con voz ronca—. Lo siento mucho —se disculpó.

Extendió la mano, temblorosa, y levantó al hombre sin hogar con suavidad.

—Te llevaré al hospital —dijo, su voz quebrándose.

El hombre negó con la cabeza, sus ojos inquebrantables.

—No es necesario, chico. Es una pequeña mordida. Sanaré —dijo.

Un escalofrío recorrió la columna de Jonah. Sintió el pulso débil del hombre, la fragilidad de sus huesos bajo sus dedos. Sabía que debería llevarlo al hospital, pero una fuerza inexplicable lo detenía. Acercó su mano, sintiendo la textura áspera de la piel del hombre y la textura de su cabello enmarañado. Vio la respiración entrecortada, la sangre aún brotando de la herida. Sintió la impotencia y la desesperación.

Cerró los ojos, y al hacerlo, sus dedos se calentaron, una extraña calidez extendiéndose por su mano. Abrió los ojos para encontrar al hombre sin hogar mirándolo boquiabierto, una leve sonrisa en sus labios.

La herida había desaparecido. Era como si nunca hubiera estado allí. Solo quedaba una cicatriz tenue, apenas visible bajo la piel curtida del hombre.

Jonah estaba sin palabras, su mente dando vueltas. Sintió una sensación de hormigueo, una oleada de energía fluyendo por su cuerpo. Miraba al hombre sin hogar, pero era como si estuviera mirando en un espejo. Vio su propio miedo reflejado en los ojos del hombre. Vio su propio dolor reflejado en la tristeza del hombre.

—Eres un sanador, chico —dijo el hombre sin hogar, su voz ronca pero firme—. Tienes el poder de sanar, pero tienes miedo de tu propio poder. Tienes miedo de lo que eres. Tienes miedo de lo que puedes ser —dijo el hombre sin hogar.

Miró a Jonah con una nueva claridad.

—No puedes esconderte de lo que eres, chico. No puedes huir de tu destino —dijo.

Jonah estaba abrumado. Sintió una extraña sensación de claridad, una comprensión inesperada de su propio ser. Había estado asustado y confundido, pero ahora sentía un sentido de propósito, una llamada.

Miró al hombre sin hogar, al hombre que había sanado, y su cabeza amenazaba con explotar de pensamientos.

Las luces de la ciudad se desdibujaban a su alrededor. Sabía que tenía un largo camino por recorrer. Había encontrado un propósito, una dirección. Sentía como si finalmente le hubieran dado un propósito, pero aún había una sensación persistente en su estómago de que algo estaba terriblemente mal. ¡Tenía que andar con cuidado!

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