Capítulo 11 Él Me Gusta Y Yo Le Gusto
Sienna.-
Agradezco que sea fin de semana, finalmente entre los recuerdos de mi pasado y el acercamiento de mi extraño jefe me hace necesitar un descanso.
Después de la conversación con mi padrastro entendí que he sido injusta con mi madre. Ella solo quería que yo estuviera bien… a su manera.
Y pensándolo bien si me hubiese apoyado en mi sueño de ser escritora de igual manera hubiese fracasado, fueron mis decisiones las que me llevaron al foso.
Llevaba a Athena con su correa, ella caminaba a mi lado mientras disfrutaba de un cálido día en el centro.
Me paseé por las tiendas, incluso encontré una librería y no pude evitar entrar solo para saber si mi libro seguía en alguna estantería.
— ¡Disculpa! –Me acerqué al mostrador, una chica de unos dieciséis años estaba en la caja–. Me preguntaba si el libro Eco Del Deseo estaba disponible aquí.
— No, lo estuvo, pero la editorial solicitó retirar todos los ejemplares –Las palabras de la chica fueron un puñetazo directo a mi rostro, tomó mucho de mí no romper en llanto allí mismo.
— Gracias.
Salí de la librería completamente desanimada. Hubo tanto esfuerzo dedicado a ese libro, pasé noches sin dormir escribiéndolo, armando de manera meticulosa cada capítulo, que cada personaje fuera perfecto.
No puedo culpar a Mabel, ella muchas veces trató de abrirme los ojos fui yo la que no quiso ver lo que estaba frente a mis narices todo ese tiempo.
Me senté en una banqueta, limpiando mis lágrimas Athena me observó y trató de consolarme.
— Estoy bien, amiga ya no puedo llorar sobre la leche derramada fui la culpable de mi propia desgracia.
Me quedé ahí sentada recibiendo la brisa del parque Voinovich Bicentennial, observando el Lago Erie en compañía de Athena.
Me sentía desdichada, por otro lado tenía la posibilidad de levantarme cumpliendo con esa locura de contrato.
— Tengo que demostrar la inocencia de Román –Murmuré decidida, pensando en mi siguiente plan ahora que sé que no le soy indiferente.
De repente Athena se levanta, poniéndose en guardia y rugiendo de la nada.
— ¿Amiga que sucede? –comencé a girar para todos lados, sentí una sensación extraña de que alguien nos observaba… fue incomodo, Athena comenzó a ladrar intentando zafarse de la correa–. Athena, basta no puedo soltarte.
Siguió ladrando y rugiendo al mismo tiempo, mirando hacia un punto ciego del parque, solo se ponía así cuando había algo que no le agradaba o había… peligro.
Salté de la banqueta, la paranoia esparciéndose de repente en mi interior, miré para todos lados no había mucha gente solo un hombre que estaba haciendo ejercicios llevaba auriculares y miraba directamente al lago, no era él a quien ladraba Athena.
— Athena, ya está bien nos iremos, vamos –Tuve que halar la correa con fuerza para que me obedeciera no me gustaba, pero ella había percibido algo o a alguien que simplemente no le agradó.
Me alejé del parque, la sensación de ser observada disminuyó a medida que avanzamos y la cantidad de gente aumentaba. Me arrodillé frente a Athena.
— Estamos bien, no te preocupes –Athena no era una perra entrenada, ella solo tenía instinto y el suyo siempre se trataba de protegerme, es la primera vez que la noto tan alterada por algo o por alguien–. ¿Quieres que volvamos a casa? Tranquila, pequeña.
Sentí los latidos de su corazón, eran muy fuertes sea lo que sea que haya percibido las asustó.
(…)
Aquí estoy nuevamente, empezando la semana. Madrugué para llegar temprano a la oficina, lo menos que quería era alterar a mi jefe.
Preparé la taza de café, asegurándome que estuviera perfecto.
Sabía que había llegado antes que yo, podía ver su sombra a través de la rendija de la puerta. Inhalé y exhalé antes de tocar.
La mano me temblaba cuando di los tres golpecitos.
— Adelante –Su voz causaba estragos en mi interior, entré con cautela.
— Buen día, jefe, su café –coloqué la taza cuidadosamente en la mesa de centro, Eros se acercó oliendo el aroma del líquido y luego se alejó acariciando mis piernas, toqué su cabeza y me dispuse a salir rápidamente de la oficina sin nada de contacto visual.
— Señorita Harris –Me llamó justo cuando mi escape estaba a punto de ser exitoso.
— Sí, dígame señor Bennette –No quería darle la cara, pero me obligue a girar mientras tragaba grueso.
— Quiero hablar de lo que sucedió el viernes –Las piernas me temblaron, seguramente me despediría.
— Ya… ya le dije que no vi, ni escuché nada, señor –Mentí bajando la mirada, temerosa de que descubriera mi mentira.
Él se reclinó sobre su silla, mirándome fijamente y en silencio, fue tanto que tuve que alzar la mirada mientras él solo me observaba con los ojos entrecerrados.
— Quiero disculparme, por mi arrebato me gusta ser cuidadoso con mi… intimidad –Había un tono seductor en sus palabras, casi tentador tal vez me estaba probando esperando mi reacción y terminar confesando que sí, lo escuché gimiendo mi nombre mientras… se daba placer.
— Señor solo entré y coloqué las carpetas en su escritorio toqué, pero usted no respondió ya era mi hora de salida y sé que usted necesitaba esos contratos con urgencia –La nariz me crecería como la de pinocho en cualquier momento, no sabía que podía mentir con tanta facilidad–. No volverá a pasar.
Román se quedó en silencio, mirándome fijamente y poniéndome nerviosa.
— ¿Puedo preguntarle algo? –asentí con sorpresa–. ¿Qué hacía usted en Nueva York?
Un nudo apretó con fuerza dentro de mi estómago. Estaba a nada del desmayo ¿Será que ya me descubrió?
— Recuerdo haberla visto en el aeropuerto ¿Es usted de allí? –Hubo una parte de mí que se sintió aliviada, pero… ¿Por qué sacarlo ahora?
— No, señor no soy de allá soy de Cleveland, me mudé a Nueva York hace unos años para trabajar allí.
Medité con cuidado mis palabras, porque tenía la certeza de que me estaba probando. O peor tanteando mi lealtad hacia él o hacía quien me contrató.
— Puede retirarse, señorita Harris.
Me quedé de piedra, me moví de manera mecánica conteniendo la respiración. Esas preguntas fueron muy extrañas, los nervios me estaban matando, miré hacia la puerta, sin saber que pensar.
Había una parte de mí que quería que esto acabara, pero había otra… que solo quería seguir viéndolo a diario.
Ya establecimos que él me gusta y yo le gusto. Solo que él no sabe o eso quiero creer que estoy aquí para tenderle una trampa.
¿Cómo voy a demostrar su inocencia si es más hermético que una bolsa Ziploc?
